jueves, 28 de julio de 2011

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Primero fue la sorpresa. En la oscuridad empezaron a oírse cuchicheos que iban subiendo de tono. Enseguida llegó el enfado. Sonaron pitos. El acomodador, blandiendo su linterna, subía y bajaba por el inclinado pasillo intentando localizar a los alborotadores. Pero llegó un momento en que tuvo que renunciar porque prácticamente la sala entera era un clamor. Además, ya debía de estar acostumbrado. Era el cuarto día de proyección en aquel cine de pueblo, pueblo grande, importante, sí, sí, todo lo que se quiera pero pueblo al fin. Y pueblo de los 60. Y en España. Entonces. Cuarto día de rechazo a todo lo que no fuera cine de alpargata. Sin duda a aquel buen hombre ya se le había formado un buen callo. Recuerdo que la gente se levantaba de sus asientos, ruidosa, violentamente y salía dando voces de la sala, reclamando la devolución de su entrada. Nosotros aguantamos hasta el final. Queríamos saber cómo terminaba aquella cosa. Pero tampoco esto lo tuvimos nada claro después de tanto blanco y negro, de tanta sombra aún en la luz más cruda, de tanta voz en off , de tantos corredores que no llevaban a ninguna parte, de tantas arañas deslumbrantes, de tantos tapices y alfombras, de tantas estatuas de interior y exterior, de tantos inacabables jardines...  Inclinados hacia adelante en nuestras butacas, con los ojos muy abiertos y reteniendo la respiración veíamos a X (Albertazzi) y A (Seyrig) alejarse lentamente  -cada uno arropado en su propia lejanía- por el inmenso, metafórico, onírico parque desnudo parque a la francesa (« … La línea recta, que marcaban espacios rígidos, superficies sin misterio. A primera vista parecía imposible perderse. A primera vista. A lo largo de la avenidas rectilíneas, entre las estatuas de gestos petrificados y las losas de granito donde usted estaba, ahora, ya, perdiéndose para siempre en la noche tranquila, sola conmigo ») y no supimos si ella se largaba de verdad con aquel plasta que había estado tratando de convencerla, a lo largo de 91 minutos, de que se conocían del año anterior y que el año anterior habían sido amantes y se habían comprometido a encontrarse de nuevo aquí, en Marienbad, para no volver a separse nunca más. Nos quedó la inmensa duda de si todo se resolvía en un sueño, de él, o de ella, incluso tal vez de M (Pitoëff) y, quién sabe si de alguna de aquellas figuras que habían deambulado ausentes por corredores, salas y jardines; o bien eran las estaturas interiores y exteriores las que soñaban; incluso pensamos (y esto nos ocurrió ya en la calle) que éramos nosotros quienes se había dormido en la sala y lo habíamos soñado todo.
.....Pasaron algunos años. Un día, por pura casualidad, descubrí que en el Petit Casino de Donosti, en una de las minúsculas salas de arte y ensayo, volvían a pasar L'Année Dernière... Entré. Nunca había estado sola en un cine y nunca me lo agradeceré bastante porque, gracias a este impulso hacia la soledad, miré y vi como debía hacerlo. Debía. Sí. Por lo visto, la película me había dejado un rastro poderoso a pesar de la confusión -y la tortura, la tortura de esperar un desenlace imposible- de aquella tarde en un amotinado cine de Rentería. Los rastros poderosos tienen la fastidiosa costumbre de enquistarse en el subconsciente, esa especie de fondo de armario mental, y tarde o temprano salen a la superficie. Reclamando atención. Imparables. Por eso entré sola en un cine, por primera y hasta el momento única vez en mi vida. Miré y . Primero, desde afuera. Porque es pictórica. Absolutamente plástica. Estática. Después, desde adentro. Porque es un sueño. Un ensueño. Algo que transcurre dentro de la mente, o de la memoria ficticia. ¿Hay una historia? Quizás. Pero es lo de menos. X (l'Inconnu) vuelve al balneario de Marienbad en busca de  A (la femme mariée), quien, el año anterior le había pedido ese tiempo de espera antes de abandonar a M (le mari). Ella está allí, con M, pero no recuerda en absoluto a X. En torno a este amago de argumento -que no lo es de ninguna manera- la fantasmagoría se adueña de todo. Y entonces empieza el trasvase de los sentidos de los protagonistas a los sentidos de los espectadores. Un verdadero desafío a Heráclito: "...en el reino del sueño cada uno se inscribe en el ámbito de su propia singularidad". Pues no. No aquí. Ellos hablan en una gran sala, gélida y solitaria, intercambian imágenes con nosotros:
....-¿Y si nos fuéramos a una playa? Una playa grande, desierta, en la que nos calentaríamos al sol...
....-¡Con el tiempo que hace en esta estación! ¡Pasaríamos el día encerrados, esperando que cesara la lluvia!
....-Entonces encenderíamos fuego en la gran chimenea...etc...
....Su entorno desaparecerá inmediatamente reemplazado por la playa o el saloncito que nos inducen a imaginar. La lluvia nos sorprenderá sobre la arena y luego oleremos a leña ardiendo...
....Todavía hoy me dura el hechizo de aquella tarde del Petit Casino. Juro que volvería a repetirla sólo por colgarme del brazo de X y errar juntos por el fastuoso palacio/hotel (« Siempre paredes, siempre corredores, siempre puertas, y del otro lado todavía más paredes..."), mientras se desgrana su voz en mis oídos,  buscándola a ella, ambos, él y yo, buscándola entre mármoles, estucos, ramajes, estatuas (son de piedra y de carne), espejos, salas repletas de gente como pintada, salas desiertas, buscándola a ella, buscándola a ella... Mientras el órgano, segunda piel de la voz en off, no deja de sonar.
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La película empieza...
Sigamos a la cámara que avanza por los pasillos del hotel, mostrando los detalles de la decoración (alfombras, arabescos estucos, estatuas, etc.) y escuchemos esas voces insistentes que se mezclan. La letanía solícita de Giorgio Albertazzi (« Siempre paredes, siempre corredores, siempre puertas, y del otro lado todavía más paredes. Antes de llegar hasta usted, antes de reunirme con usted, usted no sabe lo que ha sido necesario atravesar. Y ahora usted está donde yo la he conducido, y todavía se esconde. Pero está ahí, en ese jardín, al alcance de mi mano, al alcance de mi voz, al alcance de la mirada, al alcance de mi mano... ») que choca contra la súplica cansada y repetida de Delphine Seyrig : « Déjeme, se lo ruego. »
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