domingo, 31 de julio de 2011

En este verano extraño, lleno de lluvia y de recuerdos, me paseo por la red, cosa que no hago a menudo salvo que necesite material para mis trabajos. Pero hay que pasar el rato como sea. Porque hace calor. Porque la gente se va de vacaciones y a mi alrededor crecen los huecos y el silencio. Porque... Y porque a mi alrededor bullen los numerosos fantasmas de mi vida. Me aburren, nos lo hemos dicho ya todo, y me aburro yo sola, es un antiguo mal que me aflige por derecho, me aburro tanto que me he cargado, en dos semanas, a gran velocidad, dos libros gordísimos, gordísimos. Hay que pasar el rato. Si. Sí. Hay que distraerse de la lentitud de las horas. La política, tan odiada por mí en estos últimos años -tan odiada y tan deseada a la vez- también calla por vacaciones. (Calla, exceptuando en los EE. UU., que están con el agüita al cuello por culpa, dice el Obama, del Tea Party y los republicanos que se apañaron sus votos, como aquí nos apañamos con los nacionalistas, para salvar puntuales calveros en el bosque electoral. ) Me paseo por la red, en este verano extraño, lleno de lluvia y de recuerdos, hoy, ahora, en esta sobremesa caliente y tormentosa de domingo, cafecito con hielo en una mano y la otra chinchando al mouse. Y me encuentro con una vieja historia que pone chispitas en mi ojitos. Desde la página Revista de la Universidad de México, Juan Ramón vuelve a alegrarme la vida. Se trata, nada menos, del célebre bromazo ultramarino que le gastaron dos poetas, rendidos admiradores suyos, a fin de asegurarse la lectura exhaustiva de su obra. Desde Perú con amor. Desde el poeta con dolor. Un gran dolor que vertió en este magnífico poema, posiblemente uno de los mejores que hayan salido de su mano. Perdón, de su corazón desgarrado. Si París bien vale una misa, este asunto no se quedó a la zaga.

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CARTA A GEORGINA HÜBNER EN EL CIELO DE LIMA


JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
El cónsul del Perú me lo dice: “Georgina Hübner [ha muerto”…



¡Has muerto! ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Qué día?
¿Cual oro, al despedirse de mi vida, un ocaso,
iba a rosar la maravilla de tus manos
cruzadas dulcemente sobre el parado pecho,
como dos lirios malvas de amor y sentimiento?


Ya tu espalda ha sentido el ataúd blanco,
tus muslos están ya para siempre cerrados,
en el tierno verdor de tu reciente fosa,
el sol poniente inflamará los chuparrosas…
¡Ya está más fría y más solitaria La Punta
que cuando tú la viste, huyendo de la tumba,
aquellas tardes en que tu ilusión me dijo:
“¡Cuánto he pensado en usted, amigo mío!”…
¿Y yo, Georgina, en ti? Yo no sé cómo eras…
¿Morena? ¿Casta? ¿Triste? ¡Sólo sé que mi pena
parece una mujer, cual tú, que está sentada,
llorando, sollozando, al lado de mi alma!
¡Sé que mi pena tiene aquella letra suave
que venía, en un vuelo, a través de los mares,
para llamarme “amigo”… o algo más…no sé…
algo que sentía tu corazón de veinte años!
—Me escribiste: “Mi primo me trajo ayer su libro”…
—¿Te acuerdas? —Y yo, pálido: “Pero… ¿usted [tiene un primo?”.

Quise entrar en tu vida y ofrecerte mi mano
noble cual una llama, Georgina… ¡En cuantos barcos
salían, fue mi loco corazón en tu busca…
yo creía encontrarte, pensativa, en La Punta,
con un libro en la mano, como tú me decías,
soñando, entre las flores, encantarme la vida!…
Ahora, el barco en que iré, una tarde, a buscarte,
no saldrá de este puerto, ni surcará los mares,
irá por lo infinito, con la proa hacia arriba,
buscando, como un ángel, una celeste isla…

¡Oh, Georgina, Georgina! ¡Qué cosas! ...Mis libros
los tendrás en el cielo, y ya le habrás leído
a Dios algunos versos… tú hollarás el poniente
en que mis pensamientos dramáticos se mueren…
desde ahí, tú sabrás que esto no vale nada,
que, salvado el amor, lo demás son palabras…
¡El amor! ¡El amor! ¿Tú sentiste en tus noches
el encanto lejano de mis ardientes voces,
cuando yo, en las estrellas, en la sombra, en la brisa,
sollozando hacia el sur, te llamaba: Georgina?
Una onda, quizás, del aire que llevaba
el perfume inefable de mis vagas nostalgias
¿pasó junto a tu oído? ¿Tú supiste de mí
los sueños de la estancia, los besos del jardín?

¡Cómo se rompe lo mejor de nuestra vida!
Vivimos… ¿Para qué? ¡Para mirar los días
de fúnebre color, sin cielo en los remansos…
para tener la frente caída entre las manos,
para llorar, para anhelar lo que está lejos,
para no pasar nunca el umbral del ensueño,
ah, Georgina, Georgina! ¡Para que tú te mueras
una tarde, una noche… y sin que yo lo sepa!
El cónsul del Perú me lo dice: “Georgina Hübner [ha muerto”…

Has muerto. Estás, sin alma, en Lima,
abriendo rosas blancas debajo de la tierra…
Y si en ninguna parte nuestros brazos se encuentran,
¿qué niño idiota, hijo del odio y del dolor,
hizo el mundo, jugando con pompas de jabón?



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