martes, 14 de junio de 2011

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Es una foto de color sepia, oval, pegada sobre el cartón amarillento de un libro, muestra a un bebé encaramado en sus tres cuartas partes sobre unos cojines festoneados, superpuestos. Está vestido con una camisa bordada, de un sola presilla, ancha, sobre la cual hay un grueso nudo tras el hombro, como una gran flor o las alas de una mariposa gigante. Un bebé a todo lo largo, poco carnoso, cuyas piernas separadas se adelantan, estiradas, hasta el reborde de la mesa. Bajo sus cabellos morenos recogidos en tirabuzones sobre una frente abombada, los ojos se le abren de par en par con una intensidad casi devoradora.
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Cuando yo era pequeña, creía -debían habérmelo dicho- que era yo. No soy yo, eres tú.
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No sé si se piensa mucho delante de las tumbas. Delante de la de los padres, yo me detengo un momento. Es como si les dijera "aquí estoy", y les contara lo que ha sido de mí durante el último año, lo que había hecho, escrito, esperaba escribir. Después paso a la tuya, a la derecha, miro la estela, leo siempre la inscripción en grandes caracteres dorados, demasiado rutilantes, repasados burdamente en los años noventa, por encima de los antiguos, más pequeños, que se habían vuelto ilegibles. Por su cuenta, el marmolista ha suprimido la mitad de la inscripción originaria, eligiendo no dejar bajo tu apellido y nombre de pila más que esta única mención, ciertamente porque él la juzgaba primordial: "Fallecida el Jueves Santo de 1938". Eso es lo que me impresionó la primera vez que vi tu tumba. Fue como la prueba inscrita en la piedra de la elección de Dios y de tu santidad. Desde hace veinticinco años yo vengo a estas tumbas, a ti jamás tengo nada que decirte.
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Evidentemente, esta carta no te está destinada y no la leerás. Son otros, los lectores, tan invisibles como tú cuando escribo, quienes la recibirán. Sin embargo, una suerte de pensamiento mágico en mí quisiera, de manera inconcebible, analógica, que ella te llegara como me llegó antaño, un domingo de verano, quizás aquél en que Pavese se suicidaba en una habitación de Turín, la noticia de tu existencia por medio de una confidencia que tampoco me estaba destinada.

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6 comentarios:

Glo dijo...

Ya tardaba en aparecer por aquí la prosa de esta mujer... Y la verdad es que se agradece.

Después de mis conclusiones desastradas acerca de su obra, he pensado que ya iba siendo hora de aprender algo con fundamento y me he bajado un ensayo titulado "Escritura y humillación"... Veremos si tengo tiempo y ánimo para abordarlo.

Mertxe dijo...

Me he tomado mi tiempo. Esta autora siempre me exige una segunda lectura. En cuanto al ensayo que citas, pues sí, es ilustrativo, no cabe duda, pero más allá de lo que nos diga sobre la autora, éste y otros trabajos, está la mujer que escribió, en un ejercicio inusitado de honradez, sobre sí misma. No se escondió tras los personajes, al menos no lo suficiente y trató infructuosamente de curarse el alma línea a línea. Exagerando o minimizando situaciones, sí, ¿por qué no?, todos los hacemos frente a ese falaz interlocutor que es el pasado. Es para mí muy seguro que donde la Ernaux se retrató de manera perfecta es en 'La Place'. A partir de ahí todo fue un recitado de lo mismo, como de aguas discurriendo por un canal circular. Ella sabrá por qué resultó tan tocada por la vida, incluso si esa impronta fue tan terrible como pretende, en cualquier caso somos muchos los que hemos encontrado en su escritura una forma de salvación y en absoluto una humillación.

Buenos días, Glo.

Glo dijo...

Querida Mertxe:

Quizá no te importe, pero por si no fuera así, me gustaría informarte de que la foto de la entrada siguiente no redunda en tu privacidad.

Un fuerte abrazo.

Mertxe dijo...

Pues me coge de sorpresa, amiguito mío. La he considerado una foto muy inocua puesto que ofrece una vista general, de todas formas si hay algo más, no sé, quizás alguna manera especializada de localizar un domicilio, te ruego me la hagas saber.

Gracias, muchas gracias, Glo.

Glo dijo...

Yo estoy especializado en ese trabajo de identificación y la imagen suministra suficiente información. De ella puedo deducir, con poco margen de error, la calle, el número de portal y la planta.

Obtener información de fotografías es mi vocación y mi trabajo. Sólo por el reflejo en un vidrio puedo averiguar una dirección, como es el caso del domicilio del autor de "Ne faites pas le fier" en Bordeaux, y por algunas fotografías de su patio, el de "Arponauta" en Madrid.

Todo esto no va a ninguna parte en mi caso. Es mera curiosidad.

Mertxe dijo...

¡Cielos! Voy presta a reemplazarla... ¡Mil gracias! ¡Millones de gracias!