viernes, 27 de mayo de 2011

(Interior salón)
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Ellos me miran desde la segunda estantería de la izquierda, con el morro descansando sobre la madera. Tienen por vecinos de rellano a un reloj-caja regalo de la Kutxa y al pato de mimbre que despliega, a modo de única ala, un ramillete de gardenias de trapo sobre las que se recuesta una muñequita de melena azul. Son cuatro simulacros de animalito. Cuatro presencias mudas. Cuatro volúmenes minimizando el vacío. Por la izquierda: un mamífero inclasificable, un conejo, una vaca y un perro. Sus colores son suaves. Vainilla y nata. Dulzura e inocencia. Me gustan particularmente sus ojos marrones -cuatro pares de botones abombados- en los que se acumula el candor.
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Justo en su vertical hay un gran sillón tapizado en verde y cubierto por una funda de tela del mismo color. Es tan cómodo y elegante que fue durante años objeto de codicia y escenario de incruentas batallas entre mi aita y mi gata. Casi siempre ganaba él y entonces ella volaba, con un prodigioso impulso, al alto respaldo para contemplar, con esa mirada entre pensativa y distraída de los gatos, dos cuartas por debajo de la suya la cabeza de su rival. No era el lugar más cómodo pero sí el más  elevado, y como para un gato dominar la cumbre es dominarlo todo, ¿alguien duda de la victoria era realmente suya? Los cuatro inquilinos de la estantería no saben nada de estas historias, sin embargo, algo debe debe de haber sobrevivido, algún rastro de esas dos beligerantes ausencias, porque a veces les sorprendo observando el trapo con el mismo interés con que se mira la síndone de Turín. Cuando levanto mis ojos hacia ellos, siento las punzadas de la nostalgia, nostalgia de niñez, en realidad todo es un juego de analogías, una mentira de los sentidos que tratan de evadirse del último dígito del calendario. Ha empezado a llover.
....Desapacible y ventosa se ha puesto la mañana. Pero lo peor es su color desvaído. Y también la tristeza de felpa que me mira desde la estantería.


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2 comentarios:

Glo dijo...

Yo no soporto el pasado en ninguna de sus formas. No soy capaz de ver un álbum de fotos y me horrorizan los escritos. Especialmente los míos. Me resultan abominables apenas he doblado la primera esquina del tiempo. Mis yoes del pasado son siempre extraños que no reconozco y que me parecen no tener nada que ver con el de ahora.

Tus peluches me han recordado los de mi hija, que también miran desde lo alto del armario. Y al considerar estas cosas me acuerdo de Ravel, Exupery, y de algún otro cultivador del paraíso perdido de la infancia. Y me pregunto, cómo envejeció en ellos todo eso.

Mertxe dijo...

Yo me voy aficionando al pasado. Son cosas de la edad, supongo. Y supongo también que de las circunstancias. Creo que a ambas las llevo aceptablemente, porque siempre he entendido la vida como una geometría curva y hay un momento en que se empieza a retroceder aunque parezca que avanzamos. Ahí sitúo yo ese reencuentro con el pasado. Pura biología. (Por cierto, mis antiguos yoes se me presentan ahora como entes ejemplares... jis... jis...)