sábado, 29 de enero de 2011

Y hablando de retornos...


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Yo he experimentado uno, inapreciable en el tiempo cósmico pero gigantesco en el psicológico. He regresado a mi tierra. He vuelto a ver a mis gentes.
....Ha sido mi particular eterno retorno, que materializaba los que venían produciéndose en mis sueños. A penas tres días, uno para viajar, dos para respirar el aire que me alimentó durante cincuenta y siete años, cuatro meses y trece días. A penas tres días para burlar mi nostalgia. A penas tres días para abrazarme a los vivos que me siguen queriendo y los fantasmas que también me reclaman. Tenía miedo. Es verdad que mis motivos para el viaje no eran precisamente turísticos, sin embargo, no acababa de justificarse en mí esa reacción. En fin, que reconociendo lo que decía Pascal, eso de que el corazón tiene razones que la razón no conoce ni de vista, una se dispuso a plegarse a las verdades del sentimiento metiendo con decisión la marcha atrás.
....En casi nueve años mi pueblo se había transformado. No era la primera vez que mutaba su apariencia. Rentería siempre estuvo sacudido por los cambios, pero lo había hecho cuidando escrupulosamente su alma campesina. No pudo con ella la revolución industrial del diecinueve, ni pudo con ella esta otra revolución provocada por el enfebrecido ladrillo. En mayo de 2002 yo dejé un pueblo ortopédicamente hermoso y, no obstante, a veces todavía era posible detectar en sus calles los olores de la hierba recién cortada en los caseríos, y en las noches de verano oír nítidamente a los grillos. No le sentaba mal la ingeniería urbanística, pero se iba diluyendo en otra realidad.
....Llegué el pasado viernes. Ya era de noche. Luces, cuántas luces... Me deslumbró una orgía de tiendas de todo tipo. Los bazares chinos estaban por todas partes. Pero lo que más impresionó fue, sin lugar a dudas, la transformación de Niessen (aquella fábrica...) en un centro comercial, con mercados, más tiendas, cines, auditorios... En esta Babel urbana descubrí calles nuevas y, sobre todo, gentes nuevas, gentes de todos los colores y clamores, gentes de otros mundos atraídos por el engañoso esplendor occidental. Se habían multiplicado los bares de tapas y de copas, y los restaurantes y las cafeterías. Con cierta angustia busqué en aquella maraña los comercios de siempre. Sólo dos o tres sobrevívían en el bosque nuevo y desmesurado, al resto lo había ahogado la nueva maleza comercial. La calle Viteri de toda la vida, la calle Viteri grande, mi calle, también era otra. Con precaución me planté delante de mi casa. Era de noche y casi estaba helando. Miré la ventana, tras la cual estuvo nuestra sala, y el balcón (un balcón ocupado por un adefesio parabólico), tras el cual estuvo mi cuarto. Luego, mis ojos recorrieron de arriba a abajo la fachada, una vez, dos veces... Las sombras la pintaban de olvido, desdibujaban su piel, me pareció que no era mi casa, que nunca estuve entre sus muros. Entonces me tenté el miedo como se tientan las ropas cuando queremos buscar algo. Ni rastro. Me di cuenta de que tampoco iba a quedar rastro de los sueños que estos últimos años habían mimado mi descanso, devolviéndome a la casa grande y luminosa, desbordante de vida, que alborotaba mi infancia. Y de pronto, algo infinitamente peor que el miedo me invadió. Esa sensación de vacío y extrañeza me acompaña en estos días del regreso. Es posible que sea pasajera, que esta sequía de imágenes y escenas no aguante mucho, al fin y al cabo la piel nunca olvida y no sería nada del otro mundo que los ecos del ayer volvieran a resonar por mis sueños futuros.
....¡Qué frío he pasado en mi tierra! En realidad, si lo pienso con detenimiento, han sido dos fríos, dos, y de muy distinta naturaleza. Pero ya están ambos superados. El atmosférico, porque un calido y sonriente Mediterráneo me tendió sus brazos luminosos al volver. Y el otro, porque pude encerrarlo tras una piedra cuadrada.




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Versos de mi amiga Soco a mi retorno:
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...Y regresé
al lugar donde viví mi infancia,
pero no lo encontré.
Nuestra casa
de madera y de piedra,
ahora es un gran cubo
de hormigón y cristal.
¿Dónde quedó mi patio?...
La dulzura inclinada
de la higuera?...
El prado con lirios silvestres,
luciérnagas,
y revuelo de alondras?...
La fuente de la plaza
que arrullaba
mis sueños infantiles
se convirtió en estatua
indescifrable.
Y el paseo arbolado en
moderna autopista
de cuádruple carril.
Reflejos de neones
ocultan las estrellas.
No pude ver la luna que entonces se colaba
por mi ventana abierta.
Y me fui desolada a llorar mansamente...


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7 comentarios:

María Socorro Luis dijo...

No sabes cómo te comprendo Mertxe...

Esas mismas sensaciones las sentí, cuando despues de dieciocho años visité mi pueblo de la infancia.

Por eso, en esos dos días tuyos en Pente, y con el agregado de tus circustancias, me acordé tanto de tí.

Es la vida, nuestro mundo...

Muxusss zuri

Glo dijo...

Yo he sido, desde que tengo memoria, extraño en mi propio pueblo. Tan inhóspito me pareció siempre. Tardé mucho en acostumbrarme al lugar en el que había nacido. Parece mentira. Pero después llegó la paz. Quizá porque ambos pusimos un poco de nuestra parte.

Juan Luis dijo...

Hola, Mertxe. Tienes toda la razón. Hace mucho frío por aquí. Y lo malo es que no se espera mejoría alguna. Hay que abrigarse.

Un abrazo.

Mertxe dijo...

Te entiendo, Glo, te entiendo porque yo también me sentí en una larga etapa de mi vida, ciertamente ajena a mi pueblo. Lo cambié por Donosti, todos lo hicimos en cuanto nos llamaron los estudios y el trabajo. Al final, no dejaba de ser lo mismo, Rente y Donosti y todo lo que había entre las dos, sin embargo, por aquellos años eiempre sentí como un regusto a traición... Después redescubrí mi pueblo, y me gustó a trancas y a barrancas, a pesar de los cambios, a pesar de todo lo que a él y a mí nos fue transformando. Lo de ahora ha sido casi brutal. Pero ya me voy recomponiendo, ya me voy haciendo a la idea.

Saluditos, Glo.

Mertxe dijo...

¡Juan Luis! Que no te había visto... Luego me daré un garbeo por tu página... porque de nuevo has vuelto, ¿sí?

hestia dijo...

si buscamos con paciencia en aquellos lugares que alguna vez amamos, siempre encontraremos un banquito donde comernos nuestras magdalenas.
abrazos, desde mi ahora fria la laguna.

Mertxe dijo...

En ésas estoy, Atecitxu, en procurarme ese banquito. De momento, ensayo con las magdalenas todas las mañanas

Un abrazo y paciencia en el Paraíso, que pronto volverá [a reír] la primavera.