miércoles, 5 de enero de 2011

Queridos Reyes Magos:

Hace años que no os escribo. Muchos, muchísimos años. Yo creo que fue desde aquellas Navidades en que mi primo Rafa, cinco años mayor que yo, no supo morderse la lengua y me chivó que no érais verdad, que los regalos que aparecían en mi habitación los dejaban mis padres. Yo era menudita, poca cosa, toda ojos y rizos, y aun así tuve la fuerza suficiente para encararme con el perverso. Fue un ataque de histeria en toda regla. Le gritaba mentira, mentira, mentira, y hasta logré encajarle alguna que otra patadita mientras lloraba sin lágrimas. El follón se extendió por los cuatro puntos cardinales de mi familia, véase padres, abuelos y tíos, sobre todo por la casa de esos dos tíos que eran los desesperados padres de mi primo. El escándalo quedó para siempre en los anales familiares. La mañana del día seis amanecí como si me hubieran dado una paliza. Estaba hecha polvo. Me dolía insoportablemente (lo recuerdo tan bien que puedo sentir un rastro de aquel dolor) algo a lo que no supe darle nombre hasta unos años después. Se llama inocencia. La inocencia es un órgano intangible y muy delicado, cuya función es hacernos felices de la raíz a las puntas; su vida es breve, apenas supera la adolescencia. La inocencia se va diluyendo lentamente en nuestro ser, tanto es así que su muerte suele pasar desapercibida. Pero a mí me la empezaban a hacer trizas, y a la temprana edad de siete años, no era una muerte dulce y gradual precisamente, y eso, ya lo he dicho, duele una enormidad porque tiene mucho que ver con una amputación.
....Hoy he querido volver a vosotros y no me preguntéis por qué, no sabría qué decir, serían demasiadas cosas, demasiadas explicaciones que ya no aclaran nada, innecesarias por ellas mismas, totalmente ociosas. Sólo os preguntaré si recordáis la ventana de mi casa. Si me recordáis a mí, con la cara aplastada contra los cristales, los ojos como platos y el corazón al borde de la arritmia. Solía entrar furtivamente en la sala para trepar a esa ventana con la ilusión de descubriros entre las brumas nocturnas. Y una vez os vi, lejanos, difusos, érais sombras azuladas proyectándose sobre la piel de la luna, una vez os vi, una sola vez... Qué breves fuisteis en mi retina dilatada por la sorpresa... Con esta tardía carta quiero advertiros de que esta noche es posible que os aceche de nuevo. Espero ser reconocida. He cambiado mucho, naturalmente que sí, pero mis ojos conservan, en relativo buen estado, su capacidad para la sorpresa. Me quedan hilachas de inocencia, se han salvado de la quema por lo pelos, y con ellas os buscaré esta noche, con ellas intentaré recuperar aquel tiempo en que las manos de mi madre os abrían la puerta y os daban un caldito para calentar vuestro viaje.
....He sido buena, al menos nunca he dejado de intentarlo, así que, por favor, Majestades, permitid que os divise por segunda vez. Ése sería un hermoso regalo, quizás el mejor a estas alturas de mi vida.
....Y sin otro particular, Majestades, esta antigua niña os saluda muy respetuosamente.
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1 comentario:

Nómada planetario dijo...

Seguro que los magos de Oriente hacen un hueco en su agenda, pues se acuerdan hasta de los republicanos como yo.
Besos con sabor a roscón.