martes, 28 de septiembre de 2010


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El otoño ya es un hecho, está en el aire, en los árboles, en el mar. Huele a disolución, a pérdida constante, las cosas se encaminan al silencio, el silencio mismo crece y crece en el centro de un paisaje que parece desteñirse por momentos. Todo se desvanece a mi alredor. Hoy no volaban las aves, las he visto recostadas indolentes sobre las olas que el viento levantaba por los cielos, y en largos balanceos desplazarse de un extremo al otro de la playa vacía. Me fascinan las gaviotas. Su libertad llena de hambre y de espacios me da envidia, y cuando gritan, percibo su orgullo que ignoran, su pasión que desconocen, la rabiosa alegría de estar vivas sin enterarse demasiado. Me he quedado un rato en el espigón contemplando su danza, et nous ne savons ce que c'est que la vie, et nous ne savons ce que c'est que le jour, et nous ne savons ce que c'est que l'amour me ha soplado Prévert de pronto y me he dado cuenta de que era eso exactamente la felicidad, eso, vivir sin hacerse preguntas, columpiarse en los aires como ellas se columpian, o volar cuando toca, volar para buscarse la comida, volar más allá de la lluvia, volar, siempre volar sin saber por qué se vuela, por qué se vive, por qué se ama, quel jour sommes-nous, nous sommes tous les jours, porque el calendario es mentira y lo único que importa es el corazón, el pulso, la sangre que lo anima.

Cerca de las piscinas había unos niños muy pequeños. Alevines humanos que tampoco tenían la menor idea de dónde con mayúsculas estaban. Se reían y gritaban y uno de ellos se ha tirado al suelo protestando por algo. Ninguno me ha mirado y eso que he pasado muy, muy cerquita de ellos, casi rozando sus mochilas, sus ojos, su jolgorio. No me han visto, los niños no ven más allá de su infancia, su mundo está cerrado a cal y canto y un adulto en su camino es poco más que un árbol o un banco. Su orgullo ignorado, su pasión que desconocen, la rabiosa alegría de estar vivos sin saberlo demasiado, esta vez, esta vez..., esta vez me ha producido una punzada en el corazón. De nada me ha servido repetirme que ellos, yo, todos nosotros y las gaviotas somos toute la vie, la misma cosa palpitante y eterna, sin principio ni fin mientras nos dure esta realidad cotidiana, y me he alejado hacia la otra playa, rápidamente. Como los niños y las gaviotas son como son, los niños de momento y las gaviotas siempre, no creo que se haya notado lo más mínimo que huía.





jueves, 23 de septiembre de 2010

A María Rosa le dejaban latas de sardinas...

colgando de las ramas de los árboles. Dos campesinos vecinos y Olegario, que es minero, colocaban en las encinas estos raros frutos de piel hojalatada. Entonces María Rosa recorría el monte recogiendo su cosecha escabechada, y después se despatarraba entre las jaras, se abría, se ofrecía. Y la tomaban. María Rosa, dicen los psiquiatras. padece deficiencias mentales y vive en la frontera de lo opaco [...].

Enrique, el tío carnal de María Rosa, empezó el asunto cuando ésta era aún adolescente. Se adueñaba de ella en el granero. El tío Enrique no necesitaba regar el paisaje de conservas: la relación familiar es una relación de pertenencia.

María Rosa se quedó embarazada y nadie se dio cuenta de su estado: así de poco la miraban. Una noche parió bajo un cerezo. No poseía sentimiento maternal, era una carencia más entre carencias. Agarró al bebé de un pie y lo arrastró, sin saber qué hacer con él, entre la ginesta, entre las zarzas. Hay criaturas que nacen como inertes botones de carne y que no dan señales de vida hasta que no se les palmea vigorosamente en las espaldas. Pero el hijo de María Rosa lloraba, lloraba cuando se enganchaba en los espinos, lloró hasta que le mató a golpes contra el suelo. Así de implacable es la desgracia.

Eso pasó hace un año, cuando María Rosa tenía veintiuno. Desde entonces permanece encarcelada.



De MARÍA ROSA Y LAS SARDINAS (El País). Rosa Montero




miércoles, 15 de septiembre de 2010

Sonaba el Concierto de Aranjuez

Y volvía el Aranjuez de aquella extraña primavera de 1991. Era un regreso abrupto, como de agua oscura despeñándose por laderas que modularan los nerviosos rasgueos de la guitarra. Ni siquiera el pianísimo de los contrabajos servía para atenuar la caída; muy al contrario, no hacía sino apresurarla con sus notas de repente compulsivas. En la oscuridad de la sala, un ligero temblor le agitó las manos.

El re mayor predominante infería al reencuentro una impronta de impaciencia, de ansias por huir del presente. Su cabeza se había hecho cauce transitado por un tumultuoso Tajo de recuerdos. En el insistente fluir de imágenes, de escenas, de imágenes y escenas en jardines polvorientos proclamando su sed a los pies de las fuentes apagadas, se sentía dividido en dos mitades. Una trabajaba arduamente desde la orilla para poner diques a la enloquecida corriente del recuerdo. La otra, justo enfrente, los abatía con sañudo alborozo.


A medida que la voz de la guitarra se intensificaba, los sueños, en perfecta catarsis, crecían también. En una vorágine se le presentaron aquel atribulado cielo de Aranjuez, ora tumultuoso, ora desierto, pero siempre abrasador, y los jardines, los jardines en cuyo seno de flores desoladas yacía cataléptico el invierno. Tuvo miedo y cerró los ojos desesperadamente, pero no pudo impedir que la puerta de su memoria se abriera de par en par. Aranjuez, sofocante y crepuscular, siguió en su retina como una silueta maléfica e indestructible.

En una vertiginosa escala descendente, la guitarra fue abordada por la cuerda, y enseguida toda la orquesta se puso a remedar el preludio. Se vio en los prados que presidía serena la fachada del palacio. Un rayo de sol había traspasado las nubes. La sombra de Elena se abrazó a la suya sobre las aguas turbias del estanque. Tuvo un estremecimiento. Violines. Algarabía de fantasmas y violines. Aranjuez, despiadado, le acercaba su vega exhausta, ahogada en polen y multitudinaria de insectos; los senderos atormentados por el calor y el polvo; silentes surtidores, en cuyos caños herrumbrosos burbujeaba el musgo.

Avanzaba el concierto y seguían abriéndose caminos en su memoria. Re mayor... La mayor... La menor... Segundo tema. El río. El río era una serpiente inacabable. Un festival de rumores disonantes, impúdico, alevoso profanador de riveras. Recordó que lo había observado con la cansina atención del turista al que nada interesa. Recordó a los patos, ridículos depredadores acuáticos, picoteando las aguas con la constancia de una máquina de coser. Pero iniciado el adagio todo cambió.

Los suaves arpegiados de la guitarra vinieron a remansar su cabeza. Tuvo la impresión de que su alma aprovechaba los ondulantes acordes para descender planeando de los atormentados parajes del aire en donde había sido hoja vapuleada por el viento del recuerdo. Ahora se le aquietaba, acurrucándose, dejándose mecer entre vaporosas armonías. Y cuando, dolorido y nostálgico, el corno inglés comenzó a recitar su serena amargura, la encontró adormecida, libre, inalcanzable para sus demonios. De nuevo cerró los ojos. Esta vez lo hizo suavemente, como quien corre las cortinas para que ninguna luz venga a perturbar el merecido descanso. La guitarra, envidiosa y apasionada, se puso a replicar melismáticamente al corno.

Sonrió ante la amenaza. Estaba a salvo, nada podría perturbarle ya. Su alma dormía plácidamente y las imágenes que aún vagaban por su cabeza no eran agresivas. En las postrimerías del concierto ya era capaz de evocar con toda nitidez la figura de ella. Cuando el tutti orquestal comenzó a adueñarse del espacio se sintió, desvaída, indefiniblemente, feliz.

Las notas del allegro gentile le hallaron en paz. Su mitad sensata e ingeniera había conseguido que los diques fraguaran solidamente, haciendo enmudecer al río, ahora mansa agua desprovista de fragores incómodos.

La guitarra, única, inmensa protagonista del concierto, se había rendido en un pianissimo de pizzicati.

                    Silencio...
                                      Silencio...
                                                        Silencio...

En el arco de su memoria quedó enganchado un leve acorde del ayer. El eco lejanísimo y todavía ácido de sus palabras. Nada importante ya pero, por si acaso, sus dedos ejecutaron en el aire enmudecido un rápido, último, simbólico pizzicato.

                                                                                                                                              Silencio...



lunes, 13 de septiembre de 2010

"La selección natural; o la supervivencia de los más aptos"

 


                         



                         CAPÍTULO IV



      Sí, bajo condiciones variables de vida, los seres orgánicos presentan diferencias individuales en casi todas las partes de su estructura, cosa que no puede discutirse; si hay una lucha rigurosa por la existencia, debido a la proporción geométrica de aumento en alguna época, estación o año, y esto tampoco puede discutirse, considerando la infinita complejidad en las relaciones de todos los seres orgánicos entre sí y con sus condiciones de vida, origen de infinita diversidad de estructura, constitución y hábitos que han de ser ventajosos, sería un hecho muy extraordinario el que nunca se hubiesen producido variaciones útiles para el propio bienestar de cada ser, de la misma manera que se han producido tanta variaciones útiles para el ser humano.


      Mas si alguna vez se producen variaciones útiles para cualquier ser orgánico, seguramente los individuos así caracterizados tendrán la mayor probabilidad de ser conservados en la lucha por la vida; y debido al fuerte principio de la herencia, tenderán a producir descendencia caracterizada de un modo parecido. A este principio de conservación, o supervivencia de los más áptos, yo le he dado el nombre de Selección Natural. Conduce a la mejora de toda criatura en relación con sus condiciones orgánicas e inorgánicas de vida; y por consiguiente, en la mayoría de los casos, a lo que debe considerarse como un progreso en la organización. Sin embargo, las formas bajas y simples durarán mucho tiempo si están bien adaptadas para sus condiciones de vida también simples.


      La selección natural, basada en el principio de que las cualidades se heredan en las edades correspondientes, puede modificar el huevo, la semilla o la cría, tan fácilmente como al adulto. Entre muchos animales, la selección sexual habrá prestado su ayuda a la selección ordinaria, asegurando a los machos más vigorosos y mejor adaptados el mayor número de descendientes. La selección sexual dará también caracteres útiles a los machos solos, en sus luchas o rivalidad con otros machos; y estos caracteres serán transmitidos a un solo sexo o a ambos sexos, según la forma de herencia que predomine.


      Si la selección natural ha actuado realmente de este modo adaptando las diversas formas de vida a sus diversas condiciones y estaciones, debe juzgarse por el tenor general y el número de las pruebas en pro y en contra que presentamos en los capítulos siguientes. Pero ya hemos visto que ello acarrea la extinción, y hasta qué punto la extinción ha actuado en la historia del mundo, la geología nos lo indica claramente. Asimismo, la selección natural conduce a la divergencia de carácter; porque cuanto más diverjan los seres orgánicos en estructura, hábitos y constitución, tanto más puede sostenerse un número grande de individuos en la misma región, de lo cual tenemos una prueba con sólo mirar a los habitantes de cualquier lugar pequeño y a las producciones naturalizadas en tierras extranjeras. Por lo tanto, durante la modificación de los descendientes de cualquier especie, y durante la lucha incesante de todas las especies por aumentar en número, cuanto más diversificados lleguen a ser los descendientes, mayores serán sus probabilidades de éxito en la lucha por la vida. Así, las pequeñas diferencias que distinguen a las variedades de la misma especie tienden constantemente a aumentar, hasta que igualan las mayores diferencias entre las especies del mismo género, o incluso de géneros distintos.


      Ya hemos visto que la especie que más varía es la especie común, muy difundida y muy distribuida, perteneciente a los géneros más numerosos dentro de cada clase; y estas especies tienden a transmitir a sus modificados descendientes aquella superioridad que ahora las hace ser dominantes en sus propios países. La selección natural, como acaba de observarse, conduce a la divergencia de carácter y a una gran extinción de las formas de vida menos perfeccionadas e intermedias. A base de estos principios puede explicarse la naturaleza de las afinidades y las distinciones generalmente bien definidas entre los innumerables seres orgánicos dentro de cada clase en el mundo entero. Es un hecho realmente maravilloso (pero tendemos a no considerarlo maravilloso, porque estamos familiarizados con el mismo) el de que todos los animales y todas las plantas a través de todo el tiempo y de todo el espacio se relacionen unos con otros formando grupos, tal como observamos en todas partes, a saber, variedades de la misma especie estrechamente relacionadas, formando secciones y subgéneros, especies de distintos géneros mucho menos estrechamente relacionados, y géneros relacionados en diferentes grados, formando subfamilias, familias, órdenes, subclases y clases. Los varios grupos subordinados dentro de cualquier clase no pueden clasificarse en una sola fila, sino que parecen estar arracimados alrededor de puntos, y éstos alrededor de otros puntos, y así sucesivamente en ciclos casi interminables. Si las especies hubiese sido creadas independientemente, no habría sido posible explicar esta clase de clasificación pero se explica por la herencia y la acción compleja de la selección natural, que provoca la extinción y la divergencia de carácter, según hemos visto ilustrado en el diagrama.


      Las afinidades de todos los seres de la misma clase se han representado a veces mediante un gran árbol. Creo que este símil dice en gran parte la verdad. Las ramas verdes y florecientes pueden representar las especies que existen; y las producidas durante años anteriores pueden representar la larga sucesión de especies extinguidas. En cada período de crecimiento, todas las ramas, al crecer, han tratado de extenderse en todos los sentidos y de superar y matar a las ramitas y ramas que las rodeaban, de las misma manera que las especies y los grupos de especies han vencido en todo tiempo a otras especies en la gran lucha por la vida. Los troncos divididos en grandes ramas y éstas en ramas más y más pequeñas, fueron también en otro tiempo, cuando el árbol era joven, retoños florecientes; y esta conexión de los brotes antiguos y actuales en los ramificados brazos puede representar a las mil maravillas la clasificación de todas las especies extinguidas y vivientes en grupos subordinados a otros grupos. De los muchos retoños que florecieron cuando el árbol no era más que un arbusto, sólo dos o tres, convertidos en grandes ramas, sobreviven todavía y sostienen las otras ramas; lo mismo ocurre con las especies que vivieron durante los remotos períodos geológicos, las cuales muy pocas han dejado en pos de sí descendientes vivientes y modificados. Desde el primer crecimiento del árbol, más de una rama de todos los tamañosse ha deteriorado y caído; y estas ramas caídas de diversos tamaños pueden representar aquellos órdenes, familias y géneros enteros que ahora no tienen representantes vivientas y que sólo nos son conocidos en su estado fósil. De la misma manera que aquí y allá vemos una ramita solitaria que sale de la parte baja del tronco de un árbol, que por alguna circunstancia fortuita ha sido favorecida y todavía está viva en su parte superior, así vemos ocasionalmente un animal como el ornitorrinco o el lepidosiren, que en grado exiguo enlaza por sus afinidades a dos grandes ramas de la vida y que, al parecer, se ha salvado de la fatal competencia por haber habitado en un paraje resguardado. Del mismo modo que los retoños dan origen, al crecer, a otros retoños, y éstos, cuando son vigorosos, se ramifican y dominan por todos lados a muchas ramas más débiles, así creo que ha sucedido, por medio de la generación, con el gran Árbol de la Vida, que llena la corteza de la Tierra con sus ramas muertas y rotas, y cubre la superficie con sus incesantes y hermosas ramificaciones.








viernes, 3 de septiembre de 2010

Un poema a sus verdugos

Giordano Bruno




Decid, ¿cuál es mi crimen?, ¿lo sospecháis siquiera?
¡Y me acusáis sabiendo que nunca delinquí!
Quemadme, que mañana, donde encendáis la hoguera,
Levantará la historia una estatua para mí.
Yo sé que me condena vuestra demencia suma,
¿Por qué?... Porque las luces busqué de la verdad,
No en vuestra falsa ciencia que el pensamiento abruma
Con dogmas y con mitos robados a otra edad,
Sino en el libro eterno del Universo mundo,
Que encierra entre sus folios de inmensa duración
Los gérmenes benditos de un porvenir fecundo,
Basado en la justicia, fundado en la razón.
Y bien, sabéis que el hombre, si busca en su conciencia
La causa de las causas, el último porqué,
Ha de trocar muy pronto la Biblia por la Ciencia,
Los templos por la escuela, la sinrazón por la fe,
Yo sé que esto os asusta, como os asusta todo,
Todo lo grande, y quisiérais poderme desmentir.
Más aun, vuestras conciencias, hundidas en el lodo
De un servilismo que hace de lástima gemir...
Aun allá, en el fondo, bien saben que la idea
Es intangible, eterna, divina, inmaterial.
Que no es ella el Dios y la religión vuestra
Sino la que forma, con sus cambios, la historia universal.
Que es ella la que saca la vida del osario,
La que convierte al hombre de polvo en creador,
La que escribió con sangre la escena del calvario,
Después de haber escrito con luz la de Tabor.
Mas sois siempre los mismos, los viejos fariseos,
Los que oran y se postran donde los puedan ver,
Fingiendo fe sois falsos llamando a Dios, ateos,
¡Chacales que un cadáver buscáis para roer!
¿Cuál es vuestra doctrina?, tejido de patrañas;
Vuestra ortodoxia, embuste; vuestro patriarca, un rey;
Leyenda vuestra historia fantástica y extraña;
Vuestra razón, la fuerza; y el oro vuestra ley.
Tenéis todos los vicios que antaño los gentiles.
Tenéis las bacanales, su pérfida maldad;
Como ellos sois farsantes, hipócritas y viles;
Queréis, como quisieron, matar a la Verdad.
Mas... ¡vano empeño! Si en esto vence alguno,
Soy yo porque la historia dirá en lo porvenir:
"Respeto a los que mueren como muriera Bruno",
Y en cambio vuestros nombres... ¿quién los podrá decir?
¡Ah! Prefiero mil veces mi muerte a vuestra suerte:
Morir como yo muero no es una muerte, ¡no!,
Morir así es la vida; vuestro vivir, la muerte.
Por eso habrá quien triunfe, y no es Roma, ¡soy yo!
Decid a vuestro Papa, vuestro señor y dueño,
Decidle que a la Muerte me entrego como a un sueño,
Porque es la Muerte quien nos conduce a Dios.
Mas no a ese Dios siniestro, con vicios y pasiones
Que al hombre da la vida y, al par, su maldición,
Sino a ese Dios-Idea que, en mil evoluciones,
Da a la materia forma, y vida a la creación.
No al Dios de las batallas, sí al Dios del pensamiento,
Al Dios de la conciencia, al Dios que vive en mí,
Al Dios que anima el fuego, la luz, la tierra, el viento,
Al Dios de las bondades, no al Dios de ira sin fin.
Decidle que diez años, con fiebre, con delirio,
Con hambre, no pudieron mi voluntad quebrar,
Que niegue Pedro al Maestro Jesús, que a mí,
Ante el martirio, de la verdad que sepa
No me haréis apostatar.
Mas... ¡basta! ¡Yo os aguardo! Dad fin a vuestra obra,
¡Cobardes!, ¿qué os detiene?, ¿teméis al porvenir?
¡Ah!... Tembláis. Es porque la fe a mí me sobra,
Miradme. Yo no tiemblo. ¡Y soy quien va a morir!




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