viernes, 27 de agosto de 2010

"Una visión del mundo"

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Geólogo, paleontólogo, sacerdote jesuita, Pierre Teilhard de Chardin ha sido ante todo un incansable investigador. Es uno de los primeros en proponer una síntesis de la Historia del Universo tal cual nos es generalmente explicada hoy por la comunidad científica. Su visión del mundo, presentada entre otras cosas en El fenómeno humano (1938-1940) está concebida alrededor del tema central de la evolución. Evolución como aumento de la complejidad que soporta la conciencia con la hipótesis de una convergencia en un punto "Omega". Él ha desarrollado, concretamente, el concepto de "noosfera", envoltura pensante de la Tierra, y explicitado el fenómeno de planetización en curso.

Religiosamente, ha identificado poco a poco Omega con el Cristo Universal de San Pablo. A todo lo largo de su carrera científica internacional, ha permanecido en contacto con el Museo Nacional de Historia Natural que acoge su Fundación.

Teilhard lanza sobre la materia una mirada nueva. Darwin acaba de presentar su teoría: ...¿¡el hombre descendería del mono!?... la Iglesia, pero no solamente ella, ¡protesta! Pero Teilhard comprende rápidamente que la evolución de las especies se inscribe en la realidad de los descubrimientos en curso de la antropología. A partir de ahí, en el lugar de la representación antigua del mundo, que era la de un mundo estancado, en donde la acción del Hombre, aparecido de golpe y "totalmente formado", en la naturaleza, se inscribía de manera inmutable entre los polos del bien y del mal, él propone una representación antropológica nueva desprendida de una visión del mundo entendido como un aumento de complejidad y de conciencia. La conciencia emergiendo progresivamente de las profundidades de la materia a medida que ésta se organiza. Emergencia procediendo por creación de entidades organicamente ligadas cada vez más complejas y conscientes como lo muestra la vida animal. Y todo eso hasta el nivel de lo humano. Pero progresivamente operando por medio de grandes rupturas separadas por fases de evolución lenta que preparan esos saltos: salto de la Vida, después salto del Hombre, es decir, aparición de una subconciencia o conciencia refleja (=conciencia de sí mismo). La Humanidad es la criatura más compleja. Si ya no es el centro del mundo, desde Galileo, ella es la cima de su complejidad -la flecha- que apunta a Dios, no menos, en el punto último de la trayectoria del Mundo. Este punto, Omega, no puede ser otro que el del encuentro esperado desde los orígenes (Alfa) por las entrañas del Mundo. El Hombre no es, pues, el fruto de un hazar. Él es requerido por su conciencia y su poder de acción. Por su conciencia refleja que ahora tiene las manos sobre las palancas de la evolución, así pues su responsable.

Para Teilhard la infancia de la humanidad se acaba. Una ultra-humanidad, unida, adulta y responsable, debe hacer eclosión ahora. Andamos por ahí, en el parto difícil de esta noosfera, de pensamiento humano unificado rodeando la Tierra (...mundialización -Internet-, etc.). Es el encendido del cuerpo siguiente del cohete. Evolución, que acelera bajo el empuje activo de la conciencia humana.

Religiosamente, Teilhard se inscribe en la cristología cósmica de San Pablo y San Juan ("...Yo soy Alfa y Omega...") que traduce así: "...el Redentor no ha podido penetrar el tejido del cosmos, empaparse de la sangre del universo (fasea Alfa), más que fundiéndose primeramente con la materia para renacer a continuación (fase Omega). Teilhard propone pues una lectura cristiana modernizada del universo que integra el conocimiento científico íntimo de la materia a la visión paulina del Cuerpo del Cristo Universal: un cuerpo cósmico en fase de sublimación bajo la acción transformadora de las energías del amor. No hay lugar en esta visión paulina de la Encarnación para un dualismo (=separación alma/cuerpo, estando el alma creada especialmente por Dios, mientras que el cuerpo no es más que una forma de la materia, lugar del sufrimiento y del mal) pues no hay cuerpo posible si está separado del alma, la cual tiene todas sus partes unidas. Desde ese punto de vista es innegable que Teilhard irrita todavía entre los cristianos residuos de dualismo heredados de los griegos y del modelo maniqueo del mal identificado con la materia.

Filosóficamente, Teilhard redujo el viejo antagonismo espíritu/materia dentro de una visión unificada de lo real: materia y espíritu, dos caras de una misma realidad.








lunes, 23 de agosto de 2010


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En mi primera exploración del sistema emocional creí descubrir que el ordenador cerebral negociaba con el individuo ofreciéndole premios, salarios o recompensas (sentimientos agradables) o bien amenazándole con castigos y torturas (sentimientos desagradables). Al fin he llegado a esta conclusión: no existen premios emocionales, sino solamente castigos; no existe el placer, sino el dolor. Descubrimos tres tiempos o fases en el proceso de negociación entre el ordenador cerebral y el sujeto: 1) antes de la acción; 2) en la acción; 3) después de la acción. Tomemos como ejemplo: 1) antes de comer; 2) durante la comida; 3) después de comer. Primero creí que antes de comer el ordenador cerebral, al ser informado de la situación del estómago, ofrecía al sujeto un contrato en estos términos: "Si comes ahora, te pagaré el grato placer de comer". Ahora he llegado a una conclusión muy distinta. El cerebro, una vez que ha sido informado de la necesidad de enviar alimentos a los laboratorios del estómago y, una vez consultado el programa digestivo, dispara automáticamente un sentimiento desagradable: el hambre. El ordenador cerebral empieza la negociación incordiando al sujeto. De hecho, el ordenador cerebral empieza la negociación en el primer tiempo, de esta guisa: "Si empiezas a comer, iré suprimiendo esta sensación incómoda grado a grado a medida que vayas enviando la mercancía prescrita al estómago". Supongamos que el sujeto decide aceptar este contrato: empieza a comer. Entramos en el segundo tiempo. El sujeto vive la ilusión de recibir un salario de placer por cada mordisco que le da a la pata de cordero lechal. En realidad, lo que ocurre es que el ordenador cerebral va rebajando la sensación ingrata del hambre en una proporción matemática: eliminar un grado de hambre por tal cantidad de alimento que llega al estómago. Finalmente llegamos al tercer tiempo: después de comer. El individuo no sabría cuándo debe dejar de comer, cuál es la cantidad precisa -ni más ni menos- que necesita su estómago en ese momento. El ordenador cerebral le dirá: "Basta", suprimiendo el último grado de hambre. "¡Qué bien me he quedado! ¡Ostras, Pedrín! ¡Qué hambre tenía y cómo estaba el cordero! ¡Ahora sí que me siento de maravilla!" En realidad, lo que ha ocurrido es que el ordenador cerebral ha cancelado del todo la sensación ingrata del hambre que le había obligado a padecer a tanto grados de intensidad.

Sócrates, minutos antes de beber la cicuta, nos cuenta Platón en los célebres Diálogos, como el carcelero le quitara de una de sus piernas una pesada cadena, exclamó: "Qué cosa tan extraña es eso que los hombres llaman placer, y qué estrechamente ligado está al dolor, aunque pensemos lo contrario, ya que el placer y el dolor no pueden nunca coincidir. Cuando experimentamos uno de los dos, tenemos que esperar al otro, como si ambos estuviesen inseparablemente unidos. Si a Esopo se le hubiera ocurrido esta idea, habría inventado una fábula. Habría dicho que Dios intentó conciliar a estos dos enemigos y no pudiendo lograrlo, tuvo que atarlos a los dos a la misma cadena. Desde entonces, cuando uno de los dos aparece, el otro no tarda en seguirle. Esto es lo que me acaba de ocurrir a mí ahora. Al dolor que me producían estas cadenas ha seguido una sensación de placer".

Muchas veces he leído y releído estos diálogos de Platón. Solamente después de haber escrito EL ORDENADOR CEREBRAL, este párrafo que acabo de citar me hizo exclamar para mis adentros: "¡Por Dios! Aquí Sócrates estuvo a una milésima de milímetro de descubrir esta ley (genética): lo que parece como placer, lo que parece al individuo que es placer no es en realidad más que la eliminación del dolor, de la sensación incómoda". No se dan de hecho, como creyó Sócrates y el sentido común da por bueno ("algo de cajón"), dos especies de sentimientos: el placer y el dolor. Solamente existe el dolor, el sentimiento ingrato, la sensación incómoda. El placer no es más que la eliminación del dolor. El individuo, por tanto, tiene que comprar el placer -como cree en el mundo de sus ilusiones- con el previo pago del dolor. El que no tiene previamente cadenas en su pierna, el que no adquiere previamente la moneda del dolor, no puede sentir o comprar el placer que consigue al eliminar el dolor. Si el hombre quiere obtener algún placer, necesita primero apechugar con algún dolor de las cadenas que sean. Esta es una de las leyes genéticas que creemos haber descubierto y que exploraremos desde diversos ángulos a lo largo de este estudio. El cerebro, como un ordenador automático y mecánico, negocia con el sujeto en estos términos: " Si te quitas ahora estas cadenas, -cualesquiera que sean las ganas y el trabajo correspondiente que deba realizarse-, dejaré de incordiarte con estas sensaciones ingratas.





jueves, 19 de agosto de 2010

"Nos hallamos ante un mundo desconcertante.

Queremos darle sentido a lo que vemos a nuestro alrededor, y nos preguntamos: ¿cuál es la naturaleza del universo? ¿Cuál es nuestro lugar en él, y de dónde surgimos él y nosotros? ¿Por qué es como es?
....Para tratar de responder a estas preguntas adoptamos una cierta "imagen del mundo". Del mismo modo que una torre infinita de tortugas sosteniendo a una Tierra plana es una imagen mental, lo es la teoría de las supercuerdas. Ambas son teorías del universo, aunque la última es mucho más matemática y precisa que la primera. A ambas teorías les falta comprobación experimental: nadie ha visto nunca una tortuga gigante con la Tierra sobre su espalda, pero tampoco ha visto nadie una supercuerda. Sin embargo, la teoría de la tortuga no es una teoría científica porque supone que la gente debería poder caerse por el borde del mundo. No se ha observado que esto coincida con la experiencia, ¡salvo que resulte ser la explicación de por qué ha desaparecido, supuestamente, tanta gente en el Triángulo de la Bermudas.
....Los primeros intentos teóricos de describir y explicar el universo involucraban la idea de que los sucesos y los fenómenos naturales eran controlados por espíritus con emociones humanas, que actuaban de una manera muy humana e impredecible. Estos espíritus habitaban en lugares naturales, como ríos y montañas, incluidos los cuerpos celestes, como el Sol y la Luna. Tenían que ser aplacados y había que solicitar sus favores para asegurar la fertilidad del suelo y la sucesión de las estaciones. Gradualmente, sin embargo, tuvo que observarse que había algunas regularidades: el Sol siempre salía por el este y se ponía por el oeste se hubiese o no hecho un sacrificio al disco del Sol. Además, el Sol, la Luna y los planetas seguían caminos precisos a través del cielo, que podían predecirse con antelación y con precisión considerables. El Sol y la Luna podían aún ser dioses, pero eran dioses que obedecían leyes estrictas, aparentemente sin ninguna excepción, si se dejan a un lado historias como la de Josué deteniendo el Sol.
....Al principio, estas regularidades y leyes eran evidentes sólo en astronomía y en pocas situaciones más. Sin embargo, a medida que la civilización evolucionaba, y particularmente en los últimos 300 años, fueron descubiertas más y más regularidades y leyes. El éxito de estas leyes llevó a Laplace, a principios del siglo XIX, a postular el determinismo científico, es decir, sugirió que había un conjunto de leyes que determinarían la evolución del universo con precisión, dada su configuración en un instante.
....El determinismo de Laplace era incompleto en dos sentidos. No decía cómo deben elegirse las leyes y no especificaba la configuración inicial del universo. Esto se lo dejaba a Dios. Dios elegiría cómo comenzó el universo y qué leyes obedecería, pero no intervendría en el universo una vez que éste se hubiese puesto en marcha. En realidad, Dios fue confinado a las áreas que la ciencia del siglo XIX no entendía.
....Sabemos que las esperanzas de Laplace sobre el determinismo no pueden hacerse realidad, al menos en los términos que él pensaba. El principio de incertidumbre de la mecánica cuántica implica que ciertas parejas de cantidades, como la posición y la velocidad de una partícula, no pueden predecirse con completa precisión.
....La mecánica cuántica se ocupa de esta situación mediante un tipo de teorías cuánticas en las que las partículas no tienen posiciones ni velocidades bien definidas, sino que están representadas por una onda. Estas teorías cuánticas son deterministas en el sentido de que proporcionan leyes sobre la evolución de la onda en el tiempo. Así, si se conoce la onda en un instante, puede calcularse en cualquier otro instante. El elemento aleatorio, impredecible, entra en juego sólo cuando tratamos de interpretar la onda en términos de las posiciones y velocidades de partículas. Pero quizá ése es nuestro error: tal vez no existan posiciones y velocidades de partículas, sino sólo ondas. Se trata simplemente de que intentamos ajustar las ondas a nuestras ideas preconcebidas de posiciones y velocidades. El mal emparejamiento que resulta es la causa de la aparente impredectibilidad.
....En realidad, hemos redefinido la tarea de la ciencia como el descubrimiento de leyes que nos permitan predecir acontecimientos hasta los límites impuestos por el principio de incertidumbre. Queda, sin embargo, la siguiente cuestión: ¿cómo o por qué fueron escogidas las leyes y el estado inicial del universo?
....En este libro he dado especial relieve a las leyes que gobiernan la gravedad, debido a que es la gravedad la que determina la estructura del universo a gran escala, a pesar de que es la más débil de las cuatro categorías de fuerzas. Las leyes de la gravedad eran incompatibles con la perspectiva mantenida hasta hace muy poco de que el universo no cambia con el tiempo: el hecho de que la gravedad sea siempre atractiva implica que el universo tiene que estar expandiéndose o contrayéndose. De acuerdo con la teoría general de la relatividad, tuvo que haber habido un estado de densidad infinita en el pasado, el big bang, que habría constituido un verdadero principio del tiempo. De forma análoga, si el universo entero se colapsase de nuevo, tendría que haber otro estado de densidad infinita en el futuro, el big crunch, que constituiría un final del tiempo. Incluso si no se colapsase de nuevo, habría singularidades en algunas regiones localizadas que se colapsarían para formar agujeros negros. Estas singularidades constituirían un final del tiempo para cualquiera que cayese en el agujero negro. En el big ban y en las otras singularidades todas las leyes habrían fallado, de modo que Dios aún habrían tenido completa libertad para decidir lo que sucedió y cómo comenzó el universo.
....Cuando combinamos la mecánica cuántica con la relatividad general, parece haber una nueva posibilidad que no surgió antes: el espacio y el tiempo juntos podrían formar un espacio de cuatro dimensiones finito, sin singularidades ni fronteras, como la superficie de la Tierra pero con más dimensiones. Parece que esta idea podría explicar muchas de las características observadas del universo, tales como su uniformidad a gran escala y también las desviaciones de la homogeneidad a más pequeña escala, como las galaxias, estrellas e incluso los seres humanos. Podría incluso explicar la flecha del tiempo que observamos. Pero si el universo es totalmente autocontenido, sin singularidades ni fronteras, y es descrito completamente por una teoría unificada, todo ello tiene profundas implicaciones sobre el papel de Dios como Creador.
....Einstein una vez se hizo la pregunta; "¿Cuántas posibilidades de elección tenía Dios al construir el universo?" Si la propuesta de la no existencia de fronteras es correcta, no tuvo ninguna liberdad en absoluto para escoger las condiciones iniciales. Habría tenido todavía, por supuesto, la libertad de escoger las leyes que el universo obedecería. Esto, sin embargo, pudo no haber sido realmente una verdadera elección; puede muy bien existir sólo una, o un pequeño número de teorías unificadas completas, tales como la teoría de las cuerdas heteróticas, que sean autoconsistentes y que permitan la existencia de estructuras tan complicadas como seres humanos que puedan investigar las leyes del universo e interrogarse acerca de la naturaleza de Dios.
....Incluso si hay sólo una teoría unificada posible, se trata únicamente de un conjunto de reglas y de ecuaciones. ¿Qué es lo que insufla fuego en las ecuaciones y crea un universo que puede ser descrito por ellas? El método usual de la ciencia de construir un modelo matemático no puede responder a las preguntas de por qué debe haber un universo que sea descrito por el modelo. ¿Por qué atraviesa el universo por todas las dificultades de la existencia? ¿Es la teoría unificada tan convincente que ocasiona su propia existencia? O necesita un creador y, si es así, ¿tiene éste algún otro efecto sobre el universo? ¿Y quién lo creó a él?
....Hasta ahora, la mayoría de los científicos han estado demasiado ocupados con el desarrollo de nuevas teorías que describen cómo es el universo para hacerse la pregunta de por qué. Por otro lado, la gente cuya ocupación es preguntarse por qué, los filósofos, no han podido avanzar al paso de las teoría científicas. En el siglo XVIII, los filósofos consideraba todo el conocimiento humano, incluida la ciencia, como su campo, y discutían cuestiones como ¿tuvo el universo un principio? Sin embargo, en el siglo XIX y XX, la ciencia se hizo demasiado técnica y matemática para ellos, y para cualquiera, excepto para unos pocos especialistas. Los filósofos redujeron tanto el ámbito de sus indagaciones que Wittgenstein, el filósofo más famoso de este siglo [XX] dijo: " La única tarea que le queda a la filosofía es el análisis del lenguaje". ¡Qué distancia desde la gran tradición filosófica de Aristóteles a Kant!
....No obstante, si descubrimos una teoría completa, con el tiempo habrá de ser, en sus líneas maestras, comprensible para todos y no únicamente para unos pocos científicos. Entonces todos, filósofos, científicos y la gente corriente, seremos capaces de tomar parte en la discusión de por qué existe el universo y por qué existimos nosotros. Si encontrásemos una respuesta a esto, sería el triunfo definitivo de la razón humana, porque entonces conoceríamos el pensamiento de Dios."

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Capítulo XI. CONCLUSIÓN




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viernes, 13 de agosto de 2010

Benito Jerónimo Feijoo y el materialismo


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Carta decimoquinta, que trata de los Filósofos Materialistas

1. Muy Señor mío: Díceme V.S. que habiendo leído la Gaceta de Madrid de 28 de Marzo del presente año de 52, y en ella el Edicto del Señor Arzobispo de París contra las Conclusiones que en la Sorbona defendió el día 28 de Febrero del mismo año el Bachiller Juan Martín de Prada; entre muchas cualificaciones con que declara la perniciosidad de algunas de dichas Conclusiones, notó la de favorables a la impiedad de los Filósofos Materialistas. Notó, dice V.S. esta cualificación; porque habiendo leído muchos Catálogos de proposiciones condenadas, ya por los Soberanos Pontífices, ya por los Santos Tribunales de Roma, y de España, en ninguno halló otra semejante; lo que le excitó un vivo deseo de saber, qué significa la expresión de Filósofos Materialistas, o qué nueva casta de Filósofos es esta, haciéndome a este fin la honra de servirse de mí para su explicación; lo que jecutaré lo menos mal que me sea posible.

2. La casta de los Filósofos Materialistas no es nueva, antes muy antigua, sin que esa antigüedad sirva para cualificación de su nobleza, siendo la más ruín de todas; ya porque pretende envilecer al alma racional, degradándola de su espiritualidad; ya porque conduce derechamente al Ateísmo. Digo que es muy antigua; pues Aristóteles atribuye la opinión del Materialismo del alma a algunos de los Filósofos que le precedieron, como a Demócrito, Leucipo, y parte de los Pitagóricos. Pero no sé con qué justicia incluye en ellos a su Maestro Platón, imputándole la sentencia de que el alma se compone de los cuatro Elementos, para lo cual le cita en el Timeo; pues yo puedo asegurar, que ni en el Timeo, ni en otro alguno de los libros de Platón vi vestigio de este sentir; antes, por lo común, habla muy dignamente del alma, reconociendo en ella cierta especial participación de la Naturaleza Divina.


3. La opinión, que Aristóteles atribuye a Platón, es reconocida comúnmente en Galeno; pues lo mismo es constituir el alma en la Amonía de las cuatro primeras cualidades, como la constituía Galeno, que componerla en los cuatro Elementos.


4. Mas si entre los antiguos hubo uno, u otro Filósofo que afirmase la corporeidad del alma, parece que entre los modernos creció considerablemente el número de los Sectarios de este delirio, a quienes se da el nombre de Materialistas, pues no admiten substancia alguna, que no sea material, o corpórea. Yo ningún autor he visto de los que sostienen tan pernicioso dogma, y ojalá ninguno parezca por aquí jamás. Pero vi varios Autores extranjeros, que amargamente se quejan de que esa impía doctrina tiene bastante séquito, por lo menos en Inglaterra. Tomás Hobbes, ingenio muy celebrado en aquella Nación, todos asientan que en sus libros la procuró establecer. Juan Locke, a quien algunos hacen Príncipe de los Metafísicos de estos últimos tiempos, parece debe agregársele, aunque acaso no se explicó muy claramente. ¿Pero qué quiere decir el que no repugnan algunos grados de entendimiento en una piedra? Para este desbarro le vi citado en buenos Autores.


5. El Edicto del Arzobispo de París suficientemente da a entender, que el partido de los Materialistas es algo numeroso; pero mucho más claramente lo expresa el del Obispo de Montalbán, a que dieron ocasión también las Conclusiones del Bachiller Prada, o Prades (este segundo pienso que es su verdadero apellido), y se lee en nuestra Gaceta de Madrid de 18 de Abril. Nótense estas palabras suyas: "Hasta aquí el Infierno había vertido su veneno, por decirlo así, gota a gota. El día de hoy ya son raudales de errores, y de impiedad, que tiran nada menos que a sumergir la Fe, la Religión, las Virtudes, la Iglesia, la Subordinación, las Leyes, y la Razón. En los siglos pasados se vieron nacer sectas que impugnaban algunos Dogmas; pero respetaban cierto número de otros. Estaba reservado para el nuestro el ver a la impiedad formar un sistema que los derribe todos de una vez, que ejecutase todos los vicios, y que por abrirse un camino más ancho, y más tranquilo, aparte de nosotros el temor de los tormentos eternos, no dando otro término al hombre que el sepulcro; que no pudiendo resistir a la evidencia la confesión de la existencia de Dios, no le representa sino como un ser insensible a las injurias que le hace el hombre; que bajando al hombre a la condición de los brutos, no le atribuye más que un alma material, y le reduce a la vergonzosa necesidad de buscar siempre lo que más lisonjea su amor propio; que confundiendo todos los estados, y todas las clases, trata la subordinación de derecho bárbaro, la obediencia de debilidad, y el Principado de tiranía".


6. Esta es la filosofía del Materialismo Universal (que ese nombre veo dan algunos modernos a esta especie de diabólica secta), y que, como dije arriba, derechamente conduce al Ateísmo, o por mejor decir en sí mismo le envuelve; pues aunque la voz Ateísta, o Ateo significa hombre que niega a Dios la existencia, equivalencia suya es negarle la providencia; y para el efecto de inducir los hombres a vivir como brutos, igual, o poco menor fuerza tiene lo uno que lo otro; pues quitado enteramente el temor de la Deidad, respecto del castigo, ¿qué freno queda al hombre para retraerle de aquellos que puede, o espera ocultar a los demás hombres? Esto, y nada más sonaba el Ateísmo de Epicuro, el cual dejaba a los idólatras contemporáneos en el respeto de sus mentidas Deidades; y a las Deidades en la posesión de sus templos, y sus cultos; mas ni el respeto, ni el culto, por el motivo del bien que podían esperar de su favor, o el mal que podían temer de su enojo; sí sólo del homenaje que era justo rendir a la excelencia superior de su Divina Naturaleza.



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domingo, 8 de agosto de 2010

Claudio Rodríguez camino del conocimiento


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          De Don de la ebriedad (1951)

          IV

Las imágenes, una que las centra
en planetaria rotación, se borran
y suben a un lugar por sus impulsos
donde al surgir de nuevo toman forma.
Por eso yo no sé cuáles son éstas.

Yo pregunto qué sol, qué brote de hoja
o qué seguridad de la caída
llegan a la verdad, si está más próxima
la rama del nogal que la del olmo,
más la nube azulada que la roja.

Quizá pueblo de llamas, las imágenes
encienden doble cuerpo en doble sombra.
Quizá algún día se hagan una y baste.

¡Oh, regio corazón como una tolva,
siempre clasificando y triturando
los granos, las semillas de mi corta
felicidad! Podrían reemplazarme
desde allí, desde el cielo a la redonda,
hasta dejarme muerto a fuerza de almas,
a fuerza de mayores vidas que otras
con la preponderancia de su fuego
extinguiéndolas: tal a la paloma
lo retráctil del águila. Misterio.

Hay demasiadas cosas infinitas.
Para culparme hay demasiadas cosas.
Aunque el alcohol eléctrico del rayo,
aunque el mes que hace nido y no se posa,
aunque el otoño, sí, aunque los relentes
de humedad blanca... Vienes por tu sola
calle de imagen, a pesar de ir sobre
no sé qué Creador, qué paz remota...


          De Conjuros (1958)

          Alto jornal
Dichoso el que un buen día sale humilde
y se va por la calle, como tantos
días más de su vida, y no lo espera
y, de pronto, ¿qué es esto?, mira a lo alto
y ve, pone el oído al mundo y oye,
anda, y siente subirle entre los pasos
el amor de la tierra, y sigue, y abre
su taller verdadero, y en sus manos
brilla limpio su oficio, y nos lo entrega
de corazón porque ama, y va al trabajo
temblando como un niño que comulga
mas sin caber en el pellejo, y cuando
se ha dado cuenta al fin de lo sencillo
que ha sido todo, ya el jornal ganado,
vuelve a su casa alegre y siente que alguien
empuña su aldabón, y no es en vano.


          De Alianza y condena (1965)

          Ajeno
Largo se le hace el día a quien no ama
y él lo sabe. Y él oye ese tañido
corto y duro del cuerpo, su cascada
canción, siempre sonando a lejanía.
Cierra su puerta y queda bien cerrada;
sale y, por un momento, sus rodillas
se le van hacia el suelo. Pero el alba,
con peligrosa generosidad,
le refresca y le yergue. Está muy clara
su calle, y la pasea con pie oscuro,
y cojea en seguida porque anda
sólo con su fatiga. Y dice aire:
palabras muertas con su boca viva.
Prisionero por no querer, abraza
su propia soledad. Y está seguro,
más seguro que nadie porque nada
poseerá; y él bien sabe que nunca
vivirá aquí, en la tierra. A quien no ama,
¿cómo podemos conocer o cómo
perdonar? Día largo y aún más larga
la noche. Mentirá al sacar la llave.
Entrará. Y nunca habitará su casa.





martes, 3 de agosto de 2010

Francisco Brines, otro gran amigo de Cavafis



...............De La última costa (1995)
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....El Regreso del Mundo
     (A Andrés Trapiello)
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....Abrir los ojos, después de que la noche
recluyera los astros en su amplia cueva rasa,
y ver, tras del cristal,
ya visibles los pájaros
en el fanal aún pálido del sol.
moviéndose en las ramas.
Y cantos que hacen mía la bóveda del aire.
Y sentir que aún me late en el pecho
el corazón del niño aquel,
y amar, en la mañana,
la vida que pasó,
y esta maga sorpresa
de amar aún el mundo en la mañana.
Y en el nombre del mar, que está lejano
y azul, siempre tendido
desde el remoto amanecer del mundo,
persignarme la frente, luego el pecho,
los delicados hombros que ahora rozo,
y besar, con los labios del niño rescatado,
este mundo tan viejo,
que hoy no alcanzo a saber
por qué, si el amor no se ha muerto,
me quiere abandonar.
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