miércoles, 19 de mayo de 2010

"Frater, ave atque vale"

CATULO

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      Carmen CI

Después de recorrer muchos países
y mares, he llegado, hermano mío,
para asistir a tus exequias tristes,
para rendirte el último tributo
y vanamente hablarle a tus cenizas
mudas, porque el destino te ha apartado
de mi lado a traición, injustamente.
Ahora, toma al menos esta ofrenda,
que según la paterna tradición
se tributa a los muertos, recubierta
por completo de lágrimas fraternas.
Éste es mi último adiós, querido hermano.





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jueves, 13 de mayo de 2010

    Mañana hará justamente ocho años que mi aita, mi gata y yo desembarcamos en Mataró. Todavía conservo los billetes. Es curioso de qué manera tres papeles pueden hacer que se tambalee una serenidad trabajosamente adquirida. Los he buscado hoy, los tengo sobre mi escritorio y, a pesar del desbarajuste de sentimientos que me han organizado, no me arrepiento en absoluto porque debo enfrentarme a los arañazos del pasado, por dolorosos que sean.
    Eran las nueve y media de la mañana cuando llegamos a Sants. Nos esperaban familiares y amigos, la alegría del reencuentro, la aventura que se iniciaba. Acabábamos de poner mucha tierra de por medio entre nosotros y una realidad que no aceptábamos. Una nueva vida nos aguardaba y esperábamos que sería un premio al exhaustivo sopesar durante meses los pros y los contras de una decisión tan importante como lo es cambiarse de mar a tan altas alturas de la vida. Atrás quedaban las raíces; creo que una parte de nosotros no logró desasirse porque, aunque hemos sido muy felices aquí, nunca nos sentimos completos.
    ¿Por qué hicimos las maletas? Mucha gente nos lo preguntó entonces y todavía hoy los amigos que dejamos, la familia que dejamos, los nuevos amigos que hemos hecho aquí, todos, todos se interesan con más o menos disimulo por las razones que nos llevaron a un cambio tan drástico. Soy consciente del morbo. Y no me importa, nunca me ha importado; si las personas nos dejáramos ser lo que en realidad somos, entenderíamos perfectamente que el corazón manda mucho, y cuando se puede y se encuentra la oportunidad, ¿por qué no obedecer sus órdenes? Nosotros, más que razones, tuvimos un sentimiento: partir. Lo que fuimos y todo aquello que nos perteneció se había ido muriendo de sí mismo; de pronto, el camino se nos antojó insoportablemente solitario, el mundo se nos vaciaba y la tristeza empezó a pesarnos demasiado. Partir... Partir... Sístole y diástole de nuestro corazón, partir. Poco a poco, la necesidad de otros paisajes se fue insinuando en nuestras cabezas y, así, un día cualquiera, un conjunto de situaciones vinieron a decidir por nosotros. Hicimos las maletas y, sin girar la cabeza, nos subimos al tren. Aquella noche, tendidos en las literas, charlamos interminablemente mientras un paisaje intuido desfilaba vertiginosamente por la ventanilla. Recordaré hasta el último día de mi vida las conversaciones que he tenido con mi padre en estos últimos años, sin embargo, la de esa madrugada se ha constituido en una especie de corolario de todas las palabras que hemos cruzado en la vida. Lo que nos dijimos en la oscuridad del departamento no fue importante, pero el sosegado desgranar de las palabras y los silencios que a ambos nos hacían retroceder en el tiempo fueron creando una atmósfera mágica. Nunca he sentido tan cerca el espíritu de mi padre. Nunca pensé que llegara a entender tan perfectamente a otro ser. Me veo incorporada frente a la ventanilla, mirando el cielo luminoso, todas aquellas estrellas, lo único inmóvil en mi carrera, mirándome a mí misma en una sorprendente reflexión de la escena, y vuelve a tomarme la emoción del instante. No sé cuándo nos quedamos dormidos, no sé si tuve algún sueño aquella noche pero, por la mañana, cuando el revisor nos dio unos toquecitos en la puerta, me desperté relajada, liviana y al mirarme en el espejo vi en mis ojos el rastro de la pasada nocturna paz. Supe entonces que todo iría bien, que la nueva vida sería una buena vida, y que ese mar que nos esperaba nos iba a querer.
    Hoy me propongo volver sobre mis pasos. Satisfecha y dolorida tengo que regresar a mi tierra. Soy como los salmones y, antes de morir, incluso para poder morir cuando me toque, necesito de mi hogar. Además, ya he dicho que una parte de mí me espera y, cuando nos reunamos, sé que lo haremos frente a la bahía de La Concha. Es mi Meca emocional, allí han tenido lugar los acontecimientos más importante de mi vida y quiero sacarlos a la superficie. Llevan demasiado tiempo entre los galeones, ahí, en el fondo de la bahía, por eso los llamaré a gritos, les diré ya estoy aquí, he venido a rescataros, os quiero conmigo, a todos, a todos, los que fueron hermosos y los que fueron lo que fueron. Cuando ya estén conmigo, sentaditos en las gradas del Peine del Viento, entonaremos el decíamos ayer. El dolor seguirá fluyendo, mansamente, el dolor está en el tiempo, es algo natural, inevitable porque vivir es dolerse de algo, y aunque a veces el dolor se difumina, parece que no existe, lo cierto es que nos acompaña en todo momento. Mi padre estará a mi lado, será el dolor impalpable, el dolor asumido, será también la prueba de que vivir junto a seres de tal calidad humana merece la pena.




viernes, 7 de mayo de 2010

Viendo la ceguera y la miseria del hombre

...mirando todo el universo mudo, y al hombre sin luz, abandonado a sí mismo y como extraviado en ese rincón del cielo, sin saber quién lo ha puesto ahí, lo que ha venido a hacer, lo que será de él al morir, incapaz de todo conocimiento, empavorezco como un hombre al que se hubiera llevado dormido a una isla desierta y espantosa y que se despertara sin saber dónde está, y sin medios para escapar de ese lugar. Y entonces yo admiro cómo no nos desesperamos en tal estado miserable. Veo a otras personas cerca de mí, con una naturaleza parecida: les pregunto si están mejor instruidas que yo; me dicen que no; y entonces, habiendo visto unos objetos agradables, se han entregado a ellos y se han encariñado con ellos. Yo no he podido encariñarme y, considerando cuanto más hay en ellos de apariencia que de algo que no veo, he buscado si ese Dios no hubiera dejado quizás alguna señal de sí mismo." (Artículo XI. Fragmento del punto 693)