miércoles, 24 de marzo de 2010

Byron

George Gordon Byron, según un cuadro de Thomas Phillips de 1813

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..........¿Recuerdas?


Hubo un tiempo, ¿recuerdas?, su memoria
Vivirá en nuestro pecho eternamente.
Ambos sentimos un cariño ardiente;
El mismo, ¡oh virgen!, que me arrastra a ti.
¡Ay! Desde el día en que por vez primera
Eterno amor mi labio te ha jurado,
Y pesares mi vida han desgarrado,
Pesares que no puedes tú sufrir;
Desde entonces el triste pensamiento
De tu olvido falaz en mi agonía:
Olvido de un amor todo armonía,
Fugitivo en su yerto corazón.
Y, sin embargo, celestial consuelo
Llega a inundar mi espíritu agobiado,
Hoy que tu dulce voz ha despertado
Recuerdos, ¡ay!, de un tiempo que pasó.
Aunque jamás tu corazón de hielo
Palpite en mi presencia estremecido,
Me es grato recordar que no has podido
Nunca olvidar nuestro primer amor.
Y si pretendes con tenaz empeño
Seguir indiferente tu camino,
Obedece la voz de tu destino:
Que odiarme puedes; olvidarme, no.

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domingo, 21 de marzo de 2010

Scott

Arpa del Norte, tú que por tanto tiempo estuviste abandonada bajo el olmo mágico que hace sombra al manantial de Sanfillan, y que aún vibraban tus cuerdas armoniosas cuando la yedra empezaba a rodearte con sus festones de verdor... Arpa de los trovadores, ¡quién volverá a hacer que suenen tus conciertos hechiceros! Permanecerás largo tiempo muda en medio del susurro de las hojas y el murmullo de los arroyos. No volverán a hacer que se sonría el guerrero y llore doncella. En los tiempos antiguos de la Caledonia mezclabas siempre tus sonidos melodiosos a los cantos de la fiesta, y un romance de amor desgraciado o el himno de gloria enternecía los corazones más feroces o animaba los más tímidos. Cuando el trovador callaba, empezabas tú a derramar tus acentos inspiradores y cautivabas la atención de las bellezas y los valientes; porque celebrabrabas así las gracias de la Castellana, como las hazañas de la caballería. Vuelve pues a resonar, Arpa del Norte, y por poco diestra que sea la mano que te pulse, y aunque no seas sino un débil eco de lo que fuiste en el tiempo antiguo, vuelve a las mías. No podré hacerte modular sino sonidos sin arte e impropios de los que diste; pero hagan palpitar por un momento el corazón de la que me escucha, y no me habrás inspirado inútilmente.

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(La Dama del Lago, Libro primero.).

lunes, 15 de marzo de 2010

Coleridge



          

          Escarcha a medianoche
              (Versión de Jordi Doce)

La escarcha ejerce su secreto oficio,
sin ayuda del viento. Y cruza el aire
el agudo ulular de una lechuza,
¡y otra vez!, tan agudo como antes.
Los moradores de mi hogar, dormidos,
me han arrumbado en esta soledad
que favorece abstrusos pensamientos:
excepto que a mi lado, en paz, dormita
mi hijo en su cuna. ¡Cuánta calma! Tanta,
que perturba y hostiga al pensamiento
con su extraña y extrema discreción.
Mar, colina y bosque, ¡qué pueblo afluente!
¡Mar, y colina, y bosque,
con los innumerables ajetreos
de la vida, inaudibles como sueños!
Ya no tiembla en mi hoguera moribunda
la tenue llama azul; sólo su aura*,
que aleteaba en la parrilla, ondea
aún, única forma en movimiento.
Pienso que su ademán, en el sosiego
de la naturaleza, le da sordas
simpatías conmigo, que estoy vivo,
convirtiéndola en una afable imagen,
cuyas débiles lenguas y arabescos
el indolente espíritu interpreta
a su forma -buscando en todo un eco
o un espejo de sí- y hace juguete
del pensamiento.

¡Ah, con qué frecuencia
en la escuela, con mente siempre crédula,
colmado de presagios, contemplé
sobre el hierro a ese inquieto visitante,
cuántas veces, con párpados abiertos,
soñaba con el pueblo de mi infancia
y la vetusta torre de la iglesia
cuyas campanas, sola música de los pobres,
tañían desde el alba hasta el ocaso
en los días de fiesta y de calor,
tan dulces que me hablaban y rondaban
con un gozo salvaje, descendiendo
en mis oídos, casi como notas
trabadas de sucesos venideros!
Así miraba yo, y aquel sosiego
de las cosas soñadas me adormía,
y al dormir proseguían mis ensueños.
Luego rumiaba toda la mañana,
temeroso del ceño ensombrecido
de mi maestro, fija la mirada
con fingida atención en mi cuaderno:
menos cuando la puerta se entreabría,
y capturaba una visión furtiva,
y el corazón volvía a darme un salto,
pues aún esperaba ver el rostro
del visitante, alguien de la aldea,
o una tía, o mi tan querida hermana,
compañera de juegos y de ropas.
Hijo mío, que duermes a mi lado
en tu cuna, tu suave aliento, oído
en el silencio, colma los vacíos
intercalados y las momentáneas
pausas del pensamiento. Y tan hermoso
reposas, que mi corazón se enciende
con sencilla alegría al verte así,
y pensar que tendrás otras costumbres,
y en muy otro lugar. Pues yo crecí
en la enorme ciudad, encarcelado
entre los claustros sombríos, y no tuve
más belleza que el cielo y las estrellas.
Pero tú, hijo mío, vagarás
como el aire por lagos y arenosas
riberas, bajo el filo de montañas
venerables, y bajo aquellas nubes
cuya masa es reflejo de los lagos,
de la orillas, del filo de los montes:
escucharás, pues, y serás testigo
de las hermosas formas y sonidos
del eterno lenguaje inteligible
que profiere tu dios, quien se revela
desde la eternidad en todo, y todo
lo revela en sí mismo. ¡Gran Maestro
Universal! Pues tu alma ha de formar,
y con su don dar pie a tus plegarias.

Así la rueda de las estaciones
te será dulce, ya el verano vista
la tierra de verdor, o el petirrojo
se pose y cante en la desnuda rama
del musgoso manzano, entre manojos
de nieve blanda, mientras a su lado
la techumbre de paja humea al sol:
ya caigan del alero iluminado
las gotas de rocío, sólo audibles
en la quietud que sigue a la tormenta,
o el oficio secreto de la escarcha
las torne estalactitas refulgentes,
calladas bajo la callada luna.





*Nota del autor en la versión de 1798: "En todas las regiones del reino estas auras reciben el nombre de visitantes, pues se supone anuncian la llegada del algún amigo ausente."