jueves, 18 de febrero de 2010

Keats






ODA A UN RUISEÑOR

Me duele el corazón y una soñolienta modorra amenaza
mis sentidos, como si hubiera bebido cicuta
o vaciado alguna pipa de opio hasta la última brizna
hace un solo minuto, y se hubieran hundido hacia el Leteo.
No es porque tenga envidia de tu feliz suerte,
sino porque soy extremadamente feliz por tu dicha,
que tú, dríade de alas ligeras de los árboles,
en alguna melodiosa parcela
de verdes hayas e innumuerables sombras
cantas al verano a plena garganta con facilidad.

¡Oh, quién paladeará un sorbo de vino que haya sido
refrescado durante largo tiempo
en las profundas bodegas de la tierra,
con sabor a Flora y al verde campo,
danzas, canciones provenzales y bronceada alegría!
¡Oh, porque una copa llena de vino del sur cálido,
llena de la verdadera, de la ruborosa Hipocrene,
con burbujas de adorno parpadeando en el borde
y la boca coloreada de púrpura,
que pudiera beber y abandonar el mundo sin ser visto
y contigo desaparecer en la penumbra del bosque;
desaparecer lejos, desvanecerme y olvidar por completo
lo que tú entre las hojas nunca has sabido:
la fatiga, la fiebre y el hastío,
aquí, donde los hombres se sientan
y se escuchan unos a otros su gemir;
donde el temblor agita algunas, tristes, últimas canas;
donde los jóvenes crecen pálidos, delgados como espectros, y mueren;
donde pensar es ya sólo un tormento
y un plúmbleo desespero;
donde la belleza no puede conservar los ojos brillantes,
ni el nuevo amor serle fiel más allá de mañana.

¡Lejos! ¡Lejos! Porque volaré hacia tí,
pero no en la carroza de Baco y sus leopardos,
sino en las alas invisibles de la poesía,
aunque el aburrido cerebro lo dude y se retrase.
¡Ya estoy contigo! Cariñosa es la noche,
y quizá la Reina Luna esté en su trono,
guardada alrededor por todas sus hadas de estrella;
pero aquí no hay luz,
salvo la que viene del cielo traída por la brisa
a través de oscuros verdores y caminos tortuosos de musgo.

No puedo ver las flores que hay a mis pies,
ni el suave incienso que baja de las ramas,
pero en la embalsamada oscuridad adivino la belleza
que el mes de la estación procura
a la hierba, la espesura y los frutales silvestres;
el espino blanco y la eglantina pastoral;
las violetas de corta vida cubiertas de hojas
y el mayor entre los nacidos a finales de mayo,
la rosa de almizcle, llena de vino de rocío;
y el nido murmurante de insectos en las tardes de verano.

En esta oscuridad escucho y más de una vez
me he medio enamorado de la muerte fácil
llamándola con tiernos nombres de melodioso ritmo,
para que recibiera en el aire mi silencioso aliento;
ahora más que nunca parece dulce morir;
abandonar a medianoche sin dolor,
mientras que tú estás vertiendo tu alma fuera
¡en tal éxtasis!
Seguirás cantando, y ya de nada me servirían mis oídos,
convertido en un terrón de césped ante tu maravilloso canto.

¡Tú no has nacido para la muerte, pájaro inmortal!
Ninguna generación hambrienta te ha derribado.
La voz que escucho esta misma noche la han escuchado
en antiguos tiempos emperadores y bufones;
quizás la misma canción que encontró una senda
a través del triste corazón de Ruth cuando, añorando su hogar,
se deshizo en lágrimas entre los trigos extranjeros;
la misma que a menudo ha encantado
ventanas mágicas abriéndose sobre la espuma
de peligrosos mares, en tierras de hadas olvidadas.

¡Olvidadas! La misma palabra es como una campana,
cuyo tañido me devolviera de tu compañía a mi soledad.
¡Adiós! La fantasía no puede engañar tan bien
como su fama parece contar, decepcionante elfo.
¡Adiós! ¡Adiós! Tu elegíaco himno se acalla
pasando las llanuras cercanas, sobre la tranquila corriente,
subiendo por la ladera de la colina,
y ahora queda profundamente enterrado
en los calveros de los próximos valles.
¿Fue una visión o un sueño de vigilia?
La música ha volado: ¿estoy despierto o dormido?





sábado, 13 de febrero de 2010

Wordsworth


Fragmentos de la Oda
 Intimations of Inmortality



..
Oda nº X, Los signos de la Inmortality
..
Pues aunque el resplandor que en otro tiempo fue tan brillante
hoy esté por siempre oculto a mis miradas,
aunque nada pueda hacer volver la hora
del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos, pues encontraremos
fuerza en el recuerdo,
en aquella primera simpatía
que habiendo sido una vez, habrá de ser por siempre,
en los consoladores pensamientos que brotaron
del humano sufrimiento
y en la fe que mira a través de la muerte,
y en los años, que traen consigo las ideas filosóficas.

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Y Gemma me aporta el fin del poema:

Gracias al corazón humano, por el cual vivimos,
gracias a su ternura, a sus alegrías, y a sus temores,
la flor más humilde, al florecer, puede inspirarme,
ideas que, a menudo, se muestran
demasiado profundas para las lágrimas..



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