lunes, 23 de agosto de 2010


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En mi primera exploración del sistema emocional creí descubrir que el ordenador cerebral negociaba con el individuo ofreciéndole premios, salarios o recompensas (sentimientos agradables) o bien amenazándole con castigos y torturas (sentimientos desagradables). Al fin he llegado a esta conclusión: no existen premios emocionales, sino solamente castigos; no existe el placer, sino el dolor. Descubrimos tres tiempos o fases en el proceso de negociación entre el ordenador cerebral y el sujeto: 1) antes de la acción; 2) en la acción; 3) después de la acción. Tomemos como ejemplo: 1) antes de comer; 2) durante la comida; 3) después de comer. Primero creí que antes de comer el ordenador cerebral, al ser informado de la situación del estómago, ofrecía al sujeto un contrato en estos términos: "Si comes ahora, te pagaré el grato placer de comer". Ahora he llegado a una conclusión muy distinta. El cerebro, una vez que ha sido informado de la necesidad de enviar alimentos a los laboratorios del estómago y, una vez consultado el programa digestivo, dispara automáticamente un sentimiento desagradable: el hambre. El ordenador cerebral empieza la negociación incordiando al sujeto. De hecho, el ordenador cerebral empieza la negociación en el primer tiempo, de esta guisa: "Si empiezas a comer, iré suprimiendo esta sensación incómoda grado a grado a medida que vayas enviando la mercancía prescrita al estómago". Supongamos que el sujeto decide aceptar este contrato: empieza a comer. Entramos en el segundo tiempo. El sujeto vive la ilusión de recibir un salario de placer por cada mordisco que le da a la pata de cordero lechal. En realidad, lo que ocurre es que el ordenador cerebral va rebajando la sensación ingrata del hambre en una proporción matemática: eliminar un grado de hambre por tal cantidad de alimento que llega al estómago. Finalmente llegamos al tercer tiempo: después de comer. El individuo no sabría cuándo debe dejar de comer, cuál es la cantidad precisa -ni más ni menos- que necesita su estómago en ese momento. El ordenador cerebral le dirá: "Basta", suprimiendo el último grado de hambre. "¡Qué bien me he quedado! ¡Ostras, Pedrín! ¡Qué hambre tenía y cómo estaba el cordero! ¡Ahora sí que me siento de maravilla!" En realidad, lo que ha ocurrido es que el ordenador cerebral ha cancelado del todo la sensación ingrata del hambre que le había obligado a padecer a tanto grados de intensidad.

Sócrates, minutos antes de beber la cicuta, nos cuenta Platón en los célebres Diálogos, como el carcelero le quitara de una de sus piernas una pesada cadena, exclamó: "Qué cosa tan extraña es eso que los hombres llaman placer, y qué estrechamente ligado está al dolor, aunque pensemos lo contrario, ya que el placer y el dolor no pueden nunca coincidir. Cuando experimentamos uno de los dos, tenemos que esperar al otro, como si ambos estuviesen inseparablemente unidos. Si a Esopo se le hubiera ocurrido esta idea, habría inventado una fábula. Habría dicho que Dios intentó conciliar a estos dos enemigos y no pudiendo lograrlo, tuvo que atarlos a los dos a la misma cadena. Desde entonces, cuando uno de los dos aparece, el otro no tarda en seguirle. Esto es lo que me acaba de ocurrir a mí ahora. Al dolor que me producían estas cadenas ha seguido una sensación de placer".

Muchas veces he leído y releído estos diálogos de Platón. Solamente después de haber escrito EL ORDENADOR CEREBRAL, este párrafo que acabo de citar me hizo exclamar para mis adentros: "¡Por Dios! Aquí Sócrates estuvo a una milésima de milímetro de descubrir esta ley (genética): lo que parece como placer, lo que parece al individuo que es placer no es en realidad más que la eliminación del dolor, de la sensación incómoda". No se dan de hecho, como creyó Sócrates y el sentido común da por bueno ("algo de cajón"), dos especies de sentimientos: el placer y el dolor. Solamente existe el dolor, el sentimiento ingrato, la sensación incómoda. El placer no es más que la eliminación del dolor. El individuo, por tanto, tiene que comprar el placer -como cree en el mundo de sus ilusiones- con el previo pago del dolor. El que no tiene previamente cadenas en su pierna, el que no adquiere previamente la moneda del dolor, no puede sentir o comprar el placer que consigue al eliminar el dolor. Si el hombre quiere obtener algún placer, necesita primero apechugar con algún dolor de las cadenas que sean. Esta es una de las leyes genéticas que creemos haber descubierto y que exploraremos desde diversos ángulos a lo largo de este estudio. El cerebro, como un ordenador automático y mecánico, negocia con el sujeto en estos términos: " Si te quitas ahora estas cadenas, -cualesquiera que sean las ganas y el trabajo correspondiente que deba realizarse-, dejaré de incordiarte con estas sensaciones ingratas.





2 comentarios:

Glo dijo...

Los estudios sobre psicología no son de mi agrado, pero toda tesis puede tener algo de positivo.

Un saludo.

Mertxe dijo...

A mí me apasiona, Glo. Y quizá no debiera ser así, porque luego vas por ahí analizándolo todo. Pero el temperamento manda...