domingo, 21 de marzo de 2010

Scott

Arpa del Norte, tú que por tanto tiempo estuviste abandonada bajo el olmo mágico que hace sombra al manantial de Sanfillan, y que aún vibraban tus cuerdas armoniosas cuando la yedra empezaba a rodearte con sus festones de verdor... Arpa de los trovadores, ¡quién volverá a hacer que suenen tus conciertos hechiceros! Permanecerás largo tiempo muda en medio del susurro de las hojas y el murmullo de los arroyos. No volverán a hacer que se sonría el guerrero y llore doncella. En los tiempos antiguos de la Caledonia mezclabas siempre tus sonidos melodiosos a los cantos de la fiesta, y un romance de amor desgraciado o el himno de gloria enternecía los corazones más feroces o animaba los más tímidos. Cuando el trovador callaba, empezabas tú a derramar tus acentos inspiradores y cautivabas la atención de las bellezas y los valientes; porque celebrabrabas así las gracias de la Castellana, como las hazañas de la caballería. Vuelve pues a resonar, Arpa del Norte, y por poco diestra que sea la mano que te pulse, y aunque no seas sino un débil eco de lo que fuiste en el tiempo antiguo, vuelve a las mías. No podré hacerte modular sino sonidos sin arte e impropios de los que diste; pero hagan palpitar por un momento el corazón de la que me escucha, y no me habrás inspirado inútilmente.

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(La Dama del Lago, Libro primero.).

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