lunes, 15 de marzo de 2010

Coleridge



          

          Escarcha a medianoche
              (Versión de Jordi Doce)

La escarcha ejerce su secreto oficio,
sin ayuda del viento. Y cruza el aire
el agudo ulular de una lechuza,
¡y otra vez!, tan agudo como antes.
Los moradores de mi hogar, dormidos,
me han arrumbado en esta soledad
que favorece abstrusos pensamientos:
excepto que a mi lado, en paz, dormita
mi hijo en su cuna. ¡Cuánta calma! Tanta,
que perturba y hostiga al pensamiento
con su extraña y extrema discreción.
Mar, colina y bosque, ¡qué pueblo afluente!
¡Mar, y colina, y bosque,
con los innumerables ajetreos
de la vida, inaudibles como sueños!
Ya no tiembla en mi hoguera moribunda
la tenue llama azul; sólo su aura*,
que aleteaba en la parrilla, ondea
aún, única forma en movimiento.
Pienso que su ademán, en el sosiego
de la naturaleza, le da sordas
simpatías conmigo, que estoy vivo,
convirtiéndola en una afable imagen,
cuyas débiles lenguas y arabescos
el indolente espíritu interpreta
a su forma -buscando en todo un eco
o un espejo de sí- y hace juguete
del pensamiento.

¡Ah, con qué frecuencia
en la escuela, con mente siempre crédula,
colmado de presagios, contemplé
sobre el hierro a ese inquieto visitante,
cuántas veces, con párpados abiertos,
soñaba con el pueblo de mi infancia
y la vetusta torre de la iglesia
cuyas campanas, sola música de los pobres,
tañían desde el alba hasta el ocaso
en los días de fiesta y de calor,
tan dulces que me hablaban y rondaban
con un gozo salvaje, descendiendo
en mis oídos, casi como notas
trabadas de sucesos venideros!
Así miraba yo, y aquel sosiego
de las cosas soñadas me adormía,
y al dormir proseguían mis ensueños.
Luego rumiaba toda la mañana,
temeroso del ceño ensombrecido
de mi maestro, fija la mirada
con fingida atención en mi cuaderno:
menos cuando la puerta se entreabría,
y capturaba una visión furtiva,
y el corazón volvía a darme un salto,
pues aún esperaba ver el rostro
del visitante, alguien de la aldea,
o una tía, o mi tan querida hermana,
compañera de juegos y de ropas.
Hijo mío, que duermes a mi lado
en tu cuna, tu suave aliento, oído
en el silencio, colma los vacíos
intercalados y las momentáneas
pausas del pensamiento. Y tan hermoso
reposas, que mi corazón se enciende
con sencilla alegría al verte así,
y pensar que tendrás otras costumbres,
y en muy otro lugar. Pues yo crecí
en la enorme ciudad, encarcelado
entre los claustros sombríos, y no tuve
más belleza que el cielo y las estrellas.
Pero tú, hijo mío, vagarás
como el aire por lagos y arenosas
riberas, bajo el filo de montañas
venerables, y bajo aquellas nubes
cuya masa es reflejo de los lagos,
de la orillas, del filo de los montes:
escucharás, pues, y serás testigo
de las hermosas formas y sonidos
del eterno lenguaje inteligible
que profiere tu dios, quien se revela
desde la eternidad en todo, y todo
lo revela en sí mismo. ¡Gran Maestro
Universal! Pues tu alma ha de formar,
y con su don dar pie a tus plegarias.

Así la rueda de las estaciones
te será dulce, ya el verano vista
la tierra de verdor, o el petirrojo
se pose y cante en la desnuda rama
del musgoso manzano, entre manojos
de nieve blanda, mientras a su lado
la techumbre de paja humea al sol:
ya caigan del alero iluminado
las gotas de rocío, sólo audibles
en la quietud que sigue a la tormenta,
o el oficio secreto de la escarcha
las torne estalactitas refulgentes,
calladas bajo la callada luna.





*Nota del autor en la versión de 1798: "En todas las regiones del reino estas auras reciben el nombre de visitantes, pues se supone anuncian la llegada del algún amigo ausente."




3 comentarios:

Glo dijo...

La lectura sosegada de este poema promete...

Mertxe dijo...

A mí me están haciendo mucho bien estos románticos ingleses.

Mis saludos en esta luminosa y fresquita mañana maresmina.

María Socorro Luis dijo...

Qué paz y qué ternura...

Auténtica delicia.

Muchos besos, desde nuestra bahía. Soco