martes, 30 de junio de 2009

San Martzial jaiak

Hoy martes 30 de junio es San Marcial, el gran día de la muy entrañable ciudad de Irún. Mis mejores recuerdos de infancia se centran en sus fiestas patronales. La casa de mi tía Maritxu y mi tío Bixente -aquel último piso de la calle Fuenterrabía, con su inmenso y mágico balcón corrido- se adueña de mi memoria llenándola de felices imágenes. Allí me 'facturaban' mis padres todos los años, con la maletita bien repleta de mudas y vestiditos (sin olvidar la cinta y la boina rojas que adornarían durante las fiestas cualquier cosa que llevara debajo) para pasar el mes de junio. Mi primos Mari Carmen y Jesusín eran los anfitriones de mi talla. Tenían una tonelada de juguetes y hasta un cuarto propio en el que nos encerrábamos a cal y canto para jugar a nuestras anchas. Cuando llegaban las fiestas, el cuarto de los juguetes se trasladaba literalmente a la calle. Todo Irún era un cuarto de juguetes repleto de caballitos, autos de choque, norias, olas, globos, churros, chucherías... Otro juego, o más bien una aventura, suponían la contemplación del Alarde y la subida a San Marcial. Por las tardes nos esperaban las 'tapas' en el bar del Real Unión y por la noche, antes de los fuegos artificiales, las cenas en la sociedad de mi tío Bautista. Jolines y mecachis... Lástima que de niños no tengamos la capacidad bastante de valorar, además de gozar como nunca jamás volveremos a hacerlo, los momentos que vivimos. Sería como disfrutar dos veces al mismo tiempo de una misma cosa. Sería la leche. Perdón, debí decir la pera, que queda menos escatológico. Pero supongo que la Naturaleza es implacablemente rácana y no permite que el sabor del caramelo que nos manducamos en las jóvenes edades nos inspire toda una tesis existencial. Cada cosa a su tiempo debe de pensar Ella. Y no digo que no tenga razón. A nada que se piense con cierto raciocinio, las tesis son para otras etapas más despobladas y grises, las tesis son el producto de una conciencia disertante, es decir, vieja, es decir, a años luz de un cuarto de juguetes.
....En fin, que de nuevo han estallado los sanmarciales y mi nostalgia, y hoy, a cientos de kilómetros del monte San Marcial, a tantas vidas de distancia de aquella niña que se perdía de vista debajo una boina de dimensiones vizcaínas (¿dónde la compraría mi señora madre?), la romería perdida me duele un poco. En cualquier caso:
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Gora San Martzial!
Gora irundarrak!


....Y gora los niños que hoy viven sin saberlo una de las mejores etapas de su vida.

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sábado, 27 de junio de 2009

Algunos haikus de Benedetti


mientras revivo
acuden primaveras
a mi memoria

los grillos rezan
pero son oraciones
iconoclastas

con la alborada
renacen los mejores
remordimientos

con la piedad
a veces se organizan
lindas colectas

no te acobardes
son grises del crepúsculo
sombras de asombro



en la razón
sólo entrarán las dudas
que tengan llave

canción protesta
después de los sesenta
canción de próstata


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Con permiso de don Mario, dedico éste (que me acaba de inspirar) a June, Marisa y Soco:

la poesía
dice honduras que a veces
la prosa calla





viernes, 26 de junio de 2009

Íncipit de "Carta al padre"

Querido padre:
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Me preguntaste una vez por qué afirmaba yo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe qué contestar, en parte, justamente por el miedo que te tengo, y en parte porque en los fundamentos de ese miedo entran demasiados detalles como para que pueda mantenerlos reunidos en el curso de una conversación. Y, aunque intente ahora contestarte por escrito, mi respuesta será, no obstante, muy incomprensible, porque también al escribir el miedo y sus consecuencias me inhiben ante ti, y porque la magnitud del tema excede mi memoria y mi entendimiento.
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Para ti, el asunto fue siempre muy sencillo, al menos por lo que hablabas al respecto en mi presencia y también, sin discriminación, en la de muchos otros. Creías que era, más o menos, así: durante tu vida entera trabajaste duramente, sacrificando todo a tus hijos, en especial a mí. Por lo tanto, yo he vivido cómodamente, he tenido absoluta libertad para estudiar lo que se me dio la gana, no he tenido que preocuparme por el sustento, por nada, por lo tanto, y en cambio de eso, tú no pedías gratitud (tú conoces cómo agradecen los hijos), pero esperabas por lo menos algún acercamiento, alguna señal de simpatía; por el contrario, yo siempre me he apartado de ti, metido en mi cuarto, con mis libros, con amigos insensatos, con mis ideas descabelladas; jamás hablé francamente contigo, en el templo jamás me acerqué a ti, en Franzenbad no fui jamás a visitarte, tampoco he conocido el sentimiento de familia, ni me ocupé del negocio ni de tus otros asuntos, te endosé la fábrica y te abandoné luego, apoyé a Ottla en su terquedad, y mientras que por ti no muevo ni un dedo (si siquiera te traigo una entrada para el teatro), no hay cosa que no haga por mis amigos. Si haces un resumen de tu juicio sobre mí, surge que no me reprochas nada que sea en realidad indecente o perverso (excepto, tal vez, mi reciente proyecto de matrimonio), sino mi frialdad, mi alejamiento, mi ingratitud. Y me lo echas en cara como si fuese culpa mía, como si mediante un golpe de timón hubiese podido dar a todo esto un curso distinto, en tanto tú no tienes la menor culpa, salvo tal vez la de haber sido excesivamente bueno conmigo.

Esta consabida interpretación tuya me parece correcta sólo en lo que se refiere a tu falta de culpa en cuanto a nuestro distanciamiento. Pero también estoy yo igualmente exento de culpa. Si pudiera conseguir que reconocieras esto, entonces sería posible, no digo una vida nueva -para ello los dos somos ya demasiado viejos-, pero sí una especie de paz, no un cese, pero sí un atenuamiento de tus incesantes reproches.
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Es extraño pero tú tienes un presentimiento de lo que quiero decirte. Así por ejemplo, me dijiste hace poco: "Yo siempre te he querido, aunque no como ellos". Ahora bien, padre: yo en verdad nunca dudé de tu bondad para conmigo, pero no me parece que tu observación sea exacta. Tú no sabes fingir, eso es cierto, pero si pretendes, sólo por esa razón, afirmar que los otros padres fingen, se trata, o bien de simple terquedad, o bien de una expresión encubierta de que hay algo que no anda como debiera entre nosotros, y que tú contribuyes a causar, aunque sin culpa. Si realmente es ésa tu opinión, estamos de acuerdo...
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lunes, 22 de junio de 2009

Baudelaire: "Cartas a la Madre"

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                                                                                                                                      6 de mayo de 1861
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Mi querida madre, si posees realmente un alma maternal y si todavía no estás harta, ven a París, ven a verme, e incluso ven por mí. Yo, por mil razones terribles, no puedo ir a Honfleur en busca de lo que tanto desearía, un poco de ánimo y unas caricias. A fines de marzo te escribía: ¿Volveremos a vernos algún día? Me encontraba en una de esas crisis en que uno contempla la terrible verdad. No sé lo que daría por pasar unos días a tu lado, tú, el único ser de quien pende mi vida, ocho días, tres días, unas horas.
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No lees mis cartas con atención; tú crees que miento, o al menos que exagero, cuando hablo de mis desesperaciones, de mi salud, de mi horror a la vida. Te digo que querría verte y que no puedo correr a Honfleur. Tus cartas contienen numerosos errores e ideas equivocadas que la conversación podría rectificar y que volúmenes de escritura no bastarían para destruir.
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Cada vez que tomo la pluma para exponerte mi situación, tengo miedo de matarte, de destruir tu débil cuerpo. Y yo estoy sin cesar, sin que tú lo sepas, al borde del suicidio. Yo creo que tú me quieres apasionadamente; ¡está tan ciego tu entendimiento, pero tienes tanta grandeza de carácter! Yo, de niño, te he querido apasionadamente; más tarde, obligado por tus injusticias te he faltado al respeto, como si una injusticia materna pudiese autorizar una falta de respeto filial; y con frecuencia me he arrepentido, aunque, según mi costumbre, nada haya dicho. Ya no soy aquel niño ingrato y violento. Largas meditaciones sobre mi destino y sobre tu carácter me han ayudado a comprender todas mis faltas y toda tu generosidad. Pero, en resumidas cuentas, el mal ya está hecho, hecho por tus imprudencias y por mis faltas.
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Es evidente que estamos destinados a queremos, a vivir el uno para el otro, a acabar nuestra vida lo más decorosa y lo más tranquilamente que sea posible. Y no obstante, en las circunstancias terribles en que me encuentro, estoy convencido de que uno de nosotros matará al otro y de que terminaremos por matarnos mutuamente. Después de mi muerte, tú no podrás seguir viviendo, eso está claro. Yo soy el único motivo que te hace vivir. Después de tu muerte, sobre todo si murieses a consecuencia de un choque causado por mí, me mataría, eso es indudable. Tu muerte, de la que hablas a menudo con demasiada resignación, no modificaría en nada mi situación; el tutor seguiría (¿por qué no iba a seguir?), todo se quedaría sin pagar, y yo tendría, además de la pena, la horrible sensación de un aislamiento absoluto. Matarme yo, es absurdo ¿no es cierto? «Entonces, piensas dejar a tu anciana madre completamente sola», dirás. A fe mía que si no tengo estrictamente derecho, creo que la cantidad de pesares que he soportado casi treinta años me haría digno de disculpa: « i Y Dios! » dirás. Deseo de todo corazón (¡y nadie mejor que yo puede saber con qué sinceridad!) creer que un ser exterior e invisible se interesa por mi destino; pero ¿qué hacer para creerlo?
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(La idea de Dios me hace pensar en ese maldito cura. En medio de la penosa impresión que va a causarte mi carta, no quiero que le consultes. Ese cura es mi enemigo, tal vez por pura estupidez.)
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Volviendo al suicidio, que no es una idea fija pero que reaparece en épocas periódicas, hay algo que debe tranquilizarte. No puedo matarme sin dejar en orden todas mis cosas. Todos los papeles que tengo en Honfleur están en una enorme confusión. Por lo tanto, tendría que trabajar duro en Honfleur, y una vez allí ya no podría irme de tu lado. Pues debes suponer que de ninguna manera iba a querer mancillar tu casa con una acción tan detestable. Además tú te volverías loca. Y ¿por qué el suicidio? ¿Es a causa de las deudas? Sí, y sin embargo, las deudas se pueden superar. Es, sobre todo, a causa de un cansancio espantoso resultado de una situación insostenible, demasiado prolongada. Cada minuto me demuestra que he perdido las ganas de vivir. Una gran imprudencia cometiste tú en mi juventud. Tu imprudencia y mis viejas faltas pesan sobre mí envolviéndome. Mi situación es atroz. Hay gente que me saluda, hay gente que me busca. Quizá la haya que me envidie. Mi situación literaria es mejor que buena. Podría hacer lo que quisiera. Me publicarán todo. Como tengo una clase de talento impopular, ganaré poco dinero, pero dejaré tras de mí una gran fama, lo sé, —siempre que tenga el valor de vivir. Pero mi salud espiritual, —detestable; tal vez perdida. Todavía tengo proyectos: Mi corazón al desnudo, novelas, dos dramas, de los cuales uno para el Teatro Francés ¿los haré algún día? Ya no lo creo. Mi situación en relación con la honorabilidad, espantosa, —eso es lo peor. Ni un momento de reposo, insultos, ultrajes, afrentas como no puedes hacerte idea y que corrompen la imaginación, la paralizan. Gano un poco de dinero, es verdad; si no tuviese deudas, y si ya no me quedase patrimonio alguno, SERIA RICO, fíjate en lo que te digo; podría darte dinero, podría sin peligro ejercer mi caridad con Jeanne. Volveremos a hablar luego de ella. Eres tú quien ha provocado estas explicaciones. Todo ese dinero se va en una existencia manirrota y malsana (pues vivo muy mal) y en el pago, o más bien en la amortización insuficiente, de antiguas deudas, en gastos de tribunales, en papel timbrado, etc...
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Enseguida pasaré a las cosas reales, es decir actuales; pues, en verdad, necesito que alguien me salve y sólo tú puedes hacerlo. Quiero hoy decirlo todo. Estoy solo, sin amigos, sin amante, sin perro y sin gato ¿a quién contarle mis penas? No tengo más que el retrato de mi padre, siempre mudo.
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Me encuentro en el mismo terrible estado de ánimo que experimenté en el otoño de 1844. Una resignación peor que la indignación.
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Pero mi salud física, que necesito para ti, para mí, para mis obligaciones ¡esa sigue siendo la cuestión! Tengo que hablarte de ella por más que tú le prestes tan poca atención. No hablaré de esas afecciones nerviosas que me destruyen día a día y que anulan el ánimo, vómitos, insomnios, pesadillas, desmayos. Con demasiada frecuencia te he hablado de ellas. Pero es inútil usar de pudor contigo. Ya sabes que siendo muy joven tuve una afección virulenta, que más tarde creí totalmente curada. En Dijon, después de 1848, tuve un rebrote. De nuevo se pudo paliar. Ahora vuelve en forma distinta, de manchas en la piel y de una extraordinaria fatiga en todas las articulaciones. Puedes creerme, sé de lo que hablo. Puede ser que dentro de la tristeza en que estoy sumido, el terror me haga creer mayor el mal. Pero necesito un régimen severo, y no es con la vida que llevo como podré librarme de aquello.
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Hubo en mi infancia una época de un cariño apasionado hacia ti; escucha y lee sin temor. Nunca te habré dicho tanto. Recuerdo un paseo en simón; acababas de salir de un sanatorio en donde habías estado recluida, y me enseñaste, para demostrarme que habías pensado en tu hijo, unos dibujos a pluma que habías hecho para mí. No dirás que no tengo una memoria tremenda. Más tarde, la plaza de Saint-André-des-Arts y Neuilly. ¡Largos paseos y mimos continuos! Recuerdo aquellos muelles tan tristes en el atardecer. ¡Ah!
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Para mí fue la época feliz de las caricias maternales. Perdóname si llamo época feliz la que sin duda para ti fue tan mala. Pero estaba siempre presente en ti; tú eras únicamente mía. Eras a la vez un ídolo y un compañero. Quizá te sorprenda que pueda hablar con tal pasión de un tiempo tan lejano. Yo mismo estoy sorprendido. Tal vez porque una vez más he acariciado el deseo de morir, cosas tan alejadas se recorten tan nítidamente en mi espíritu.
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Más tarde, sabes qué atroz educación quiso tu marido que se me diera; tengo cuarenta años y no puedo pensar sin dolor en los colegios, lo mismo que en el temor que me inspiraba mi padrastro. No obstante le quise y hoy, por lo demás, tengo la suficiente sensatez como para hacerle justicia. Pero es verdad que fue poco hábil hasta la obstinación. No quiero insistir, porque veo lágrimas en tus ojos.
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Finalmente, pude hacer mi vida y desde ese momento se me dejó caer del todo. Sólo me atraía el placer, una excitación permanente; los viajes, los muebles preciosos, los cuadros, las mujeres, etc. Hoy recibo cruelmente el castigo por ello. En cuanto al tutor judicial, sólo una palabra: hoy sé del inmenso valor del dinero, y comprendo la trascendencia de todo lo que se relaciona con él; concibo que hayas podido creer que lo hacías con acierto, que trabajabas por mi bien; pero con todo una pregunta, una pregunta que siempre me ha obsesionado. ¿Cómo es que jamás no te planteaste en tu fuero interno la siguiente idea: «Es posible que mi hijo no llegue a tener nunca el sentido de lo que es comportarse en el "sino grado que yo; pero también puede ocurrir que llegue a ser un hombre notable en otros aspectos. En ese caso ¿qué haré yo? ¿Lo condenaré a una doble existencia contradictoria; por una parte a una existencia digna de respeto, odiosa y despreciada, por otra? ¿Lo condenaré a tener que llevar hasta la vejez una marca lamentable, una marca perjudicial, un motivo de impotencia y tristeza?». Es evidente que si no hubiera habido tutor, todo se lo habría llevado la trampa, no habría habido más remedio que tomarle el gusto al trabajo. Ha habido tutor, todo se lo ha llevado la trampa y soy viejo y me siento desgraciado.
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Rejuvenecer ¿es posible? En eso radica la cuestión. Toda esta vuelta hacia el pasado no tenía otra finalidad que mostrar que puedo hacer valer ciertas disculpas, cuando no una completa justificación. Si notas algún reproche en lo que escribo, que sepas bien al menos que lo anterior en nada altera mi admiración por tu gran corazón, mi agradecimiento por tu abnegación. Siempre te has sacrificado. Lo tuyo es sólo el sacrificio. Menos razón que caridad. Yo te pido más, te pido, a la vez, consejo, apoyo, que nos entendamos completamente bien tú y yo, para salir de esto. Te suplico que vengas, que vengas, tengo los nervios al final de mis fuerzas, estoy a punto de que me falle el valor, a punto de perder la esperanza. Veo una continuidad en el horror. Veo mi vida literaria obstaculizada para" siempre. Veo una catástrofe. Por ocho días, podrías sin duda pedir hospitalidad a algún amigo, a Ancelle, por ejemplo. No sé lo que daría por verte, por abrazarte. Presiento una catástrofe y ahora no puedo irme contigo. París me es dañino. Ya por dos veces he cometido una imprudencia grave que tú calificarás más severamente; voy a acabar por perder la cabeza.
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Te pido la felicidad tuya y te pido la mía, mientras todavía seamos capaces de conocerla.
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Me has permitido que te confiase un proyecto, es el siguiente: Pido un término medio. Enajenación de una fuerte suma limitada a diez mil, por ejemplo, dos mil para liberarme ya; dos mil en poder tuyo para hacer frente a necesidades imprevistas o previstas, gastos en vivir, en ropa, etc., durante un año (Jeanne estará en una casa donde se le pagará lo estrictamente necesario). Por otra parte, luego te hablaré de ella. Una vez más eres tú la que lo ha provocado. Por último seis mil en poder de Ancelle o de Marin, y que se irán gastando poco a poco, sucesivamente, prudentemente, de manera que se puedan pagar tal vez más de diez mil y se evite toda conmoción y todo escándalo en Honfleur.
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Ya tenemos un año de tranquilidad. Por mi parte sería un tonto de remate y un pillo redomado si no lo aprovechase en renovar fuerzas. Todo el dinero ganado durante ese tiempo (diez mil, a lo mejor sólo cinco mil) se depositará en tus manos. No te ocultaré el menor asunto, la menor ganancia. En lugar de tapar huecos, el dinero se seguirá aplicando a las deudas y así sucesivamente en los años venideros. De este modo, tal vez pueda, gracias al rejuvenecimiento operado ante tus ojos, pagarlo todo, sin que mi capital disminuyese en más de diez mil sin contar, es verdad, los cuatro mil seiscientos de los años anteriores. Y así se salvará la casa, que es una de las consideraciones que tengo siempre presente.
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Si adoptases este proyecto de beatitud, me gustaría haberme mudado ahí de nuevo a fines de mes, quizás ahora mismo. Te autorizo a que vengas por mí. Sin duda comprendes que hay una multitud de detalles que no incluye una carta. En una palabra, quisiera que no se pagase ninguna suma hasta que tú no dieses tu consentimiento, hasta no haberlo debatido a fondo entre tú y yo, en una palabra, que tú te convirtieses en mi verdadero tutor. ¿Es posible que llegue uno a verse obligado a asociar una idea tan horrorosa a otra tan dulce como la de una madre?
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En este caso, desgraciadamente, habrá que decirle adiós a las pequeñas sumas, a las pequeñas ganancias, cien por aquí, doscientos por allá, que supone la rutina de la vida parisiense. Entonces sería el turno de las grandes especulaciones, de los grandes libros, cuyo pago se haría esperar más tiempo. No consultes más que contigo misma, con tu conciencia y con tu Dios, ya que tienes la suerte de creer. No hagas partícipe de tus pensamientos a Ancelle a no ser con reservas.
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Es una buena persona; pero tiene la mente estrecha. No puede creer que un mal sujeto por voluntad propia, que ha tenido que llamar al orden, sea un hombre importante. Me dejará reventar por cabezonería. En vez de pensar únicamente en el dinero, piensa un poco en la gloria, en el descanso y en mi vida.
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En este caso, digo, no iría a pasar temporadas de quince días y de uno o dos meses. Sería una estancia permanente exceptuados los casos en que vendríamos juntos a París.
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El trabajo de las pruebas de imprenta puede hacerse por correo.
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Otra idea tuya equivocada que debes rectificar y que reaparece una y otra vez en tu pluma. No me aburro nunca en soledad, no me aburro nunca a tu lado. Lo único es que sé que lo pasaré mal a causa de tus amigos, pero lo acepto.
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Alguna vez se me ha pasado por el pensamiento convocar un consejo de familia o presentarme ante un tribunal. Bien sabes que tendría cosas muy sabrosas que decir, aunque sólo fuera esto: He producido ocho volúmenes en condiciones horribles. Puedo ganarme la vida. ¡Se me está asesinando con deudas de juventud!
No lo he hecho por respeto a ti, por consideración hacia tu horrible sensibilidad. Dígnate agradecérmelo. Te lo repito; me he obligado a no recurrir a nadie más que a ti.
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A partir del año próximo, dedicaré a Jeanne la renta del capital restante y ella se irá a algún sitio en que no esté en una soledad absoluta. Esto es lo que le ha sucedido: su hermano la metió en un hospital para quitársela de encima y cuando ha salido ha descubierto que le había vendido una parte de su mobiliario y de su ropa. Desde hace cuatro meses, desde mi huida de Neuilly, le he dado siete francos.
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Te lo suplico, paz, dame paz, dame el trabajo y un poco de ternura.
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Es evidente que entre mis cosas actuales hay algunas horriblemente urgentes; así, he cometido de nuevo la falta, en medio de esos tejemanejes inevitables de los bancos, de apropiarme para mis deudas personales de varias centenas de francos que no me pertenecían. Me he visto absolutamente obligado a ello; ni que decir tiene que esperaba reparar el mal inmediatamente. Una persona, en Londres, me niega los cuatrocientos francos que me debe. Otra, que había de remitinne trescientos, está de viaje. Siempre lo imprevisible. - Hoy he tenido el terrible valor de escribir a la persona concernida confesándole mi falta. ¿Cuál va a ser la reacción? No tengo idea. Pero he querido quitarme un peso de la conciencia. Confío en que, por consideración a mi nombre y a mi talento, no se armará un escándalo y se querrá esperar.
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Adiós. Estoy extenuado. Entrando en detalles de salud, no he dormido ni comido desde hace casi tres días; tengo un nudo en la garganta, - y hay que trabajar.
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No, no te diré adiós, pues espero verte.
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Por lo que más quieras léeme con mucha atención y trata de comprender.
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Sé que esta carta te afectará dolorosamente, pero en ella hallarás a buen seguro un tono de dulzura, de ternura e incluso de esperanza que muy rara vez has oído.
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Y te quiero.



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sábado, 20 de junio de 2009

Eduardo Puelles García

En memoria de Eduardo Puelles Garcia, asesinado hoy, en Arrigorriaga, por el terrorismo nacionalista vasco.


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lunes, 15 de junio de 2009

"Leer"



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Leer, leer, leer, vivir la vida
que otros soñaron.

Leer, leer, leer, el alma olvida
las cosas que pasaron.
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Se quedan las que quedan, las ficciones,
las flores de la pluma,
las olas, las humanas creaciones,
el poso de la espuma.
.Leer, leer, leer, ¿seré lectura
mañana también yo?
¿Seré mi creador, mi criatura,
seré lo que pasó?
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El cuerpo canta;
la sangre aúlla;
la tierra charla;
el mar murmura;
el cielo calla
y el hombre escucha.

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miguel de unamuno
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miércoles, 10 de junio de 2009

Todas las épocas tienen sus músicas




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En los albores de la mía sonaban, entre otras, estas tres que por razones estrictamente subjetivas llevo incrustadas para siempre en la memoria:
....a) El sobresaltado tema musical de los diarios hablados de Radio Nacional, más conocidos como 'Partes' (reminiscencias militares sin duda), de las dos y media de la tarde y diez de la noche. Hora de comer, hora de cenar. Horas ambas de darse oficialmente con un canto en los dientes si se pensaba que algo de lo que ocurría en el mundo exterior iba a llegar a los oídos de los españolitos que yantaban.
....b) El imperialmente imperioso tema del NO-DO, que hacía de marco magistral para toda la grandilocuencia de las imágenes nacionales que nos embutían. Y no era para menos ya que la inauguración de pantanos, las demostraciones sindicales y demás eventos expresivos de las instituidas adhesiones inquebrantables no tenían parangón en el mundo entero. O eso nos decían.
....c) La Romanza del Concertino para guitarra y orquesta, op. 72, de Salvador Bacarisse. El tío Marcos trajo el disco de París y desde entonces la cocina de mis abuelos ganó mucho. Es difícil expresar con palabras lo que siente una niña en los umbrales de la adolescencia al escuchar cosas como ésta. Me cogió con trece años, en pleno follón hormonal. Con la infancia resistiéndose a retroceder y la mujer acercándose a grandes zancadas, mi almita estaba hecha unos zorros. En medio de semejante jaleo, a mi abuela Florentina no se le ocurría nada mejor que ponerme el disco en cuanto tenía ocasión, y la ocasión solía tener forma de manzanas asadas. Ella me esperaba en el balcón, acechando mi vuelta del colegio camino de la casa de mis padres.  Me llamaba y yo subía al galope sabiendo que me esperaba la fuente repleta de manzanas asadas oliendo a canela. Así era como mi pícara abuela me daba de merendar y de soñar. Así fue como conocí el Concertino. Ahora ha vuelto a ponerse muy de moda la Romanza. Parece ser que las nuevas generaciones han descubierto esta pieza sublime gracias a una emergente cadena de radio y televisión que la ha convertido en tema musical de uno de sus programas. Cuando oigo esta composición, los recuerdos se me amotinan, se me vuelven locos de remate, me gritan, me acosan, me dan una tabarra insoportable hasta que los coloco en la moviola de mi memoria.
....En uno de esos recuerdos solamente estoy yo. Vuelvo del cole a eso de las cinco y cuarto de una luminosa tarde de junio. Mi recorrido es corto, apenas doscientos metros emparedados entre la carretera general y la arteria principal de Rentería, la calle Viteri, la grande, donde está mi casa. Ni un alma se cruza conmigo. Atravieso un paisaje sin más figura que la mía. Las figuras ausentes, más concretamente las figuras de las amas de casa, se han quedado en su casa escuchando la radio con el corazón en vilo. Es la hora del recogimiento espiritual, porque el serial de las cinco exige la misma entregada devoción con que los campesinos de Millet oyen el Ángelus. Ni más ni menos. Yo camino ajena e ignorante a la expectación que reina intramuros. Camino despacito, balanceando distraidamente la cartera mientras mi otra mano revuelve en el bolsillo las cuatro canicas de cristal que me he ganado por hacerle los deberes de aritmética a una niña medio tonta pero con patrimonio bastante para cubrir sus deficiencias intelectuales. No tengo ninguna prisa. Cuando llegue a casa mi madre me empapuzará de leche con galletas y luego, si quiero bajar a jugar al barrio -y querré- antes me empapuzará de deberes. Mi madre no tiene nada de minimalista y se pasa el día empapuzando a la gente. Entonces no lo entendía, pero ahora ya sé que empapuzar a propios y extraños es una manía contraída en tiempos de abundancia por individuos que en tiempos de escasez las pasaron canutas. Mi santa madre se pasaba el día quejándose de que no comíamos lo suficiente, y eso que mi aita comía como un animal y el perro Bobi como cualquier hombre que comiese como un animal. Sólo tenía razón en cuanto a mí, no voy a negarlo, pero tampoco era para armar las que armaba sobrealimentándome en el desayuno, acercándose a la escuela a la hora del recreo para sobrealimentarme con un bollo de nata, sobrealimentándome en la merienda y en la cena, y porque me hacía la profundamente dormida a eso de las once de la noche que, si no, me hubiera sobrealimentado con otro vaso de leche. Dice que estoy escuchimizada y que dónde se ha visto que una hija suya vaya por la vida en los huesos porque sólo come tonterías como chocolate. "Éstos no han pasado una guerra, mucho vicio es lo que tienen, y eso sí que no lo voy a consentir, pues buena es una..." (Escribo al dictado porque la estoy oyendo ahora.) La perorata sigue y, naturalmente, sigue en plural, pero no viene al caso que siga yo, total, tiene montones de estribillos y ninguno de ellos le aporta novedades al tema central. No, no tengo ninguna prisa, la cita con mi excesiva madre puede esperar, así que me demoro cuanto puedo mirando cómo se desliza la sombra de los árboles sobre los adoquines, cómo asoma el morro de una lagartija por las grietas de una fachada y cómo sube y baja mi cartera. La escena se me antoja ahora en blanco y negro quizás porque, andando el tiempo, me enteré de cosas terribles sobre aquella época. Mi memoria ha podido contaminarse de grisuras, y es por eso que se me viste de NO-DO para la ocasión. La memoria tiene razones que la razón no conoce, eso lo aprendí andando el tiempo, y es que andando el tiempo se aprenden cosas importantísimas, todas verdaderas aunque ni una sola sea de fiar precisamente por ese aura de veracidad que las envuelve. Yo me entiendo la tesis.
....Dejo atrás el frontón. Me interno en la entonces Avenida del Generalísimo. Todas las ventanas y balcones, abiertos de par en par, derraman generosamente sobre las calles el melodrama radiado. Todavía no me he enterado de que el melodrama radiado no sólo ocurre a esta hora, el melodrama radiado precede y sucederá a mi recuerdo, a todas horas y en todo tiempo y lugar, porque la propaganda del franquismo es el nuevo rayo que no cesa. La propaganda del franquismo se ha fabricado un fantasma que no se deja ni un centímetro de España por recorrer. La propaganda del franquismo nunca duerme, es el nuevo vigía de occidente y vela por que nuestro pensamiento no se escaquee ni tanto así del Pensamiento Único. La proganda del franquismo abarca todos los géneros desde el BOE a los anuncios de pirulís, siendo el principal la prensa y, de la prensa, su estrella El Diario Hablado de Radio Nacional de España, que es como otro serial pero aquí en serio, así que cuidadito, mucho cuidadito con reírse o llorar, aquí sólo se permiten recias emociones de orgullo patrio y admiración por su Caudillo.
....La Avenida de Navarra es un estruendo que ninguno de los camiones que la atraviesan puede acallar. El aire está plagado de voces educadas en la interpretación, que conversan o monologan, que lloran o gritan o susurran. Nada, salvo el eventual chisporroteo de los aparatos de radio, enturbia la emisión del serial de las cinco. Y entre chisporroteo y chisporroteo, una España de mujeres desgraciadas y hombres malvados hace llorar a las madres, a las hijas, a las nietas, a las primas, tías y demás elenco femenino congregado en torno al receptor. No recuerdo cómo se llamaban los seriales que me acompañaron en esos años de infancia del cole a mi casa, sólo me acuerdo de uno, Ama Rosa. Pero ése me pilló al mismo tiempo que Bacarisse, quizás sea la razón por la que tengo ambos eventos íntimamente asociados.
....He buscado el You-Tube de la Romanza interpretada por Narciso Yepes. Resulta que no permiten su copia, así que me lanzo a la versión con arpa, que tampoco tiene desperdicio. Pocas veces se ha logrado una melodía tan perfecta, tan bella que resulta sublime. Escucharla es situarse fuera del tiempo. Como ocurre con El concierto de Aranjuez todo se detiene, todo es dulce melancolía, suave tristeza, y entonces el espíritu se reclina en sus emociones y sueña.


viernes, 5 de junio de 2009

"El sujeto de la memoria colectiva"


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No sólo es necesario hacer justicia,sino mostrar públicamente que se hace justicia.” HANNA ARENDT.
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Hay una forma de la memoria de los seres humanos que recoge, preserva y transmite las voces de los victimados a través de las generaciones. Ningún siglo ha explotado esta forma de la memoria como el pasado siglo XX, puesto que nunca como ahora los estados nacionales habían logrado producir técnicamente, en tan corto plazo, tan alto número de víctimas. Esta situación, que podemos caracterizar como la de una creciente monopolización de la violencia en manos del Estado, ha creado al mismo tiempo una multiplicación y dispersión de voces que reclaman el derecho a ser oídas, es decir, demandan un lugar y un tiempo donde contar el relato de las injusticias sufridas a manos de los poderes políticos y tecnológicos. Pero, la dispersión puede ser atronadora: hoy en día y en nombre de la memoria se justifican empresas etnocidas (la guerra de Bosnia es un ejemplo, otro sería la guerra entre el estado de Israel y los palestinos), empresas etnocidas -insisto- de dimensiones violentas preocupantes. Es posible decir, entonces, que la memoria puede llegar a ser excesiva, abusiva. El exceso, aunque no sea imputable exclusivamente al desarrollo tecnológico que acompaña a las sociedades de mercado en las cuales habitamos, es de manera importante un exceso técnico-político: la memoria ha experimentado también, como cada uno de nosotros, los efectos de pantalla de una sociedad del espectáculo y la estetización de la experiencia. La memoria ha llegado a la televisión antes considerada el reducto de la historia oficial. Con todo, las memorias jamás serán prescindibles, son lo único que tenemos o conocemos que puede erigirse en contra de las historias oficiales que son siempre historias de los vencedores (llámese el vencedor liberalismo, leyes del mercado, gobierno nacional, imperio, etc.).


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miércoles, 3 de junio de 2009

Flight Air France 447 Rio de Janeiro - Paris-Charles de Gaulle




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França homenageia vítimas do voo 447 na Notre-Dame e na Grande Mesquita de Paris
Foram lidos textos em francês, inglês e português e a prece foi acompanhada por cânticos em francês, latim e alemão da Maîtrise de Notre-Dame de Paris e do Coral da Air France. Ao final da celebração, o poema "Passos sobre a areia", do poeta brasileiro Ademar de Barros, foi lido por um funcionário brasileiro da Air France, que teve que interromper a leitura para se acalmar. A mensagem de condolência enviada pelo Papa Bento XVI também foi lida durante a cerimônia.
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Uma noite, eu tive um sonho,
Eu caminhava pela praia, lado a lado com o Senhor, deixando uma dupla

pegada na areia, a minha e a do Senhor.
Veio-me a idéia – era um sonho – de que cada um dos meus passos

representava um dia da minha vida. (…) Mas observei que em certos
lugares em vez de duas pegadas, havia apenas uma. Então, dirigindo-me
ao Senhor, ousei repreendê-Lo:
“O Senhor nos havia no entanto prometido de estar conosco todos os dias!
Por que não cumpristes a vossa promessa?
Por que me deixastes sozinho no pior momento da minha vida?
Nos dias em que eu mais precisava da vossa presença.”
Mas o Senhor me respondeu:“Meu amigo, os dias em que tu vês uma única

marca de passos sobre a areia, são os dias em que Eu te carreguei.”


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