domingo, 5 de julio de 2009

La luz de los regresos

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Esta noche te has acercado otra vez hasta mis sueños. Llegabas de los confines de la ausencia para corretear por los campos de mi fantasía o, quizás, quién sabe, de la tuya. Durante algún tiempo me lo estuve preguntando y al fin concluí que la respuesta no cambiaría nada en absoluto, no iba a lograr que el tiempo retrocediese modificando con ello tu destino. Dejé, pues, de escrutar tan inútiles cuestiones y me aferré con pragmatismo a lo único que realmente contaba: tu presencia llenando conmigo esa onírica geografía que nos acoge y de la que no me urge saber si es el alma de alguno de los dos. No pretendo ser sabia, me conformo con ser razonablemente feliz y por eso cada noche, al cerrar los ojos y por primera vez en todo el día, pienso en ti. Desde mis más ignotas profundidades algo suave y a la vez pujante toma la palabra para entrar en coloquios contigo, y yo, que soy materialista diurna, al borde de los sueños me veo cometiendo la más vergonzosa de las apostasías para hacerme feligresa de variopintas metáforas religiosas. Amparada en la doble oscuridad de la habitación y de mis ojos cerrados a cal y canto, elevo plegarias a los dioses, les pido que, si realmente son, si verdaderamente están, te traigan a mí o me lleven a ti. Para ellos, para que perdonen mi camaleonismo, convierto mi nocturno corazón en una ofrenda desmesurada de templos y monumentos. Sé que es una liturgia promiscua, pero siento que debo participar en este pulso contra la naturaleza. Algo me lleva a incorporarme a las filas de esa humanidad que se entrega a lo impalpable. Desde el fondo de los tiempos, a este sino injusto de llegar y pasar disputamos el relativo derecho a no perdernos en la muerte; tanteamos, con la fe abierta o con la tenue esperanza, incluso con el escepticismo, tanteamos buscando disolver el gran misterio. Soñamos porque los sueños son la patria de los que no se resignan a ser hojas en el viento.
....En esta contienda, yo milito en la nutridísima célula de los fariseos. De día, pretendo que la razón alumbre todos mis actos. Practico el silogismo científico. Destesto la utopía. Soy muy seria. Pero llega la noche y entonces surge mi homo religiosus y me espanta todos esos rigores. Este invertebrado que vive en nosotros desde mucho antes de que tengamos conciencia de ser nosotros me pone en contacto con lo difuso y es así que vienen a ocurrir posiblemente nuestros encuentros. Sin embargo, este visitante es intermitente, ya lo sabes, por lo que suelen pasar las horas, la noche entera, una multitud de noches sin que acudas a mí, y entretanto mi ciudadela se va desmoronando, este derroche de piadosa arquitectura acaba exhibiendo su esqueleto de ruinas y es profanado por un tropel de sueños que cruzan como fantasmas las calles que fueron. Al despertar, mi memoria conserva vaga huella de su tránsito, apenas puedo recordar lo que me han contado, ni a quién pertenecen las elusivas sombras que los pueblan. Sé, desde luego, que tú no estabas y, cuando abro los ojos, no me siento ni bien ni mal, mi cuerpo ha respondido a una imposición biológica. Esperaré. Esperaré pacientemente a que mis presurosos y desharrapados sueños dejen paso, una noche cualquiera, al esplendor de tu presencia. Como ha sucedido hoy mismo, cuando he vuelto a encontrarme en ese recinto de paredes tibias y pegajosas donde el tiempo parece trabado en un presente continuo.
....Es un limbo en el que permanezco enroscada lo mismo que un embrión. Existo, de alguna forma extraña puedo saber que existo, pero es como habitar el mundo de las ideas de Platón, soy un molde de mí misma, vivaqueo bajo un cielo ciego y circular que me protege como lo haría una nutriente placenta. Hasta que tú apareces como un mesías de luz. Entonces, el blando y glauco silencio se rompe unos instantes con el vuelo ondulante de tus manos, dos aves en el aire buscando el nido de las mías. El inacabable amanecer que te acompaña me revela de pronto todas las verdades del universo, entre otras, quién soy exactamente y qué hago allí. A partir de este prólogo repetido fielmente cada vez, nuestros encuentros ya no responden a ningún guión. Precisamente era esta escenografía la que me llevaba a desconfiar de lo activo de mis aventuras oníricas. Me preguntaba quién soñaba a quién. Era fantástica la duda y, hasta cierto punto, inevitable dado que, si bien es cierto que la imaginería de los sueños no tiene límites, todo este atrezo recreando mi nacimiento no tenía aspecto de ser un mero capricho estructural. Algo en mí se negaba a admitir tanta frivolidad. En aquellos días de preocupada búsqueda recordaba tu fascinación por la mitología griega, en particular, por la leyenda de Zeus concibiendo en su cabeza a la Ojizarca.
....Pero ya te he dicho que no me interesaba la posesión de ninguna verdad última. Ni soy quién para encontrarla ni tengo los medios, ¡pobre de mí!, ¿qué medios?, debo quedarme con estos sueños que abren tan agradables paréntesis a tu ausencia, gracias a los cuales aún puedo recuperarte. Esta noche he encerrado tus manos en las mías y me he lanzado al interior de tu mirada para descubrir mi propia imagen recostada en un mullido e irisado lecho. Sensaciones serenas, sin algaradas emocionales, como si no te hubieras ido nunca, como si no te hubiera llorado tanto, todo transcurriendo entre tu paz y la mía, entre mi vida y tu muerte. Me he visto recorriendo una comarca de contornos y colores imprecisos. A medida que avanzábamos, este territorio se desplegaba con nosotros, como si nuestros pies estuvieran sobre un caleidoscopio y la tierra brotara y brotara debajo, siempre nueva y siempre alejándose. Nacía el paisaje a cada instante, nacía con tu luz cayendo sobre su huidiza epidermis como una lluvia serena. Si Rimbaud no lo hubiera hecho ya, hoy podría decir que he soñado la noche verde de nieves deslumbradas. Por las cuatro esquinas de mi deslumbrada noche he sido privilegiada Atenea que oía tu mirada, veía tu palabra y hablaba con tu corazón. Por la mañana, en mis manos persistía el eco fragante de las tuyas y, en mi cabeza, la evidencia de que jamás te he querido tanto como te quiero en estos sueños.
....Mis ojos se han abierto pesadamente en la penumbra de la habitación. Tras la persiana había un fulgor amarillo y urgente. Una presencia sofocante a pesar de lo temprano de la hora se aplastaba contra la madera haciéndola crujir. A través de las ranuras introducía una artillería de dedos luminosos y ávidos; penetraban como cuchillos apuñalando la oscuridad que, malherida, se retiraba hacia los ángulos más distantes de la ventana. Allí los dedos crecían y se ahuecaban hasta producirse en ellos una metamorfosis cónica. En esas turbias gargantas he visto rotar a cámara lenta miles de cenicientas partículas en las que he reconocido los miasmas del sueño que el día venía a desbaratarme. He extendido el brazo hacia el lugar que suele ocupar Antton, pero sólo quedaba el hueco tibio y ligeramente húmedo de su cuerpo.
Desde la cocina llegaba su voz mezclada con el llanto de la niña insoportablemente mimosa por las mañanas. Las dos mujeres de Antton lo esclavizan, pero esto no parece importarle en absoluto, más bien al contrario, juraría que goza con su vasallaje. Tras esa sonrisa un poco malévola, tan milimétricamente exacta a la tuya, con que nos obsequia cuando le lloramos o le reñimos, se adivina una entrega inmensa. Por unas décimas de segundo, algo parecido a un sentimiento de culpabilidad ha podido echarme de la cama para poner un poco de orden entre padre e hija, pero se ha desvanecido, tan leve era su textura. Estaba despierta, de vuelta, sin embargo, el esfuerzo de un viaje demasiado intenso y distante me exigía un período de aclimatación antes de retomar mi vida de siempre. Era lo mismo que suele experimentarse a la vuelta de las vacaciones. Por unos días deambulamos como sonámbulos de aquí para allá, malviviendo entre los paisajes perdidos y los recuperados, no se pisa firme porque aún no estamos completos, una parte de nosotros sigue moviéndose tozudamente por alguna playa distante, haciendo incluso que nuestros ojos de aquí reciban insinuantes tarjetas postales. Pero regresa al fin ese veraneante remolón que se abraza desesperadamente al espectro del verano, regresa tan agotado que sólo es capaz de colgarse pesadamente de su otra mitad y será un haragán durante algún tiempo. He permanecido en la caliente oscuridad hasta que los alborotadores de la cocina se han marchado. Después, cansada, muy cansada, agobiando con mi peso a mi mitad responsable, he comparecido en mis días sin ti.
....La cocina era un caos, aunque ya hace tiempo que decidí no quejarme de los desbarajustes perpetrados por Antton. Supongo que mi silencio es una especie de indemnización moral que ofrezco a mi marido por mis escapadas. No la de ida, claro está, pero sí la de la vuelta. Mientras se calentaba el café ha sonado el teléfono. En el hospital vuelven ha cambiarme el turno, así que hoy también llegaré a casa de madrugada. Me he acercado al balcón con la taza en la mano, dejando que el aliento del café se paseara por mi rostro. Me gusta esta caricia húmeda, me conforta y me anima. En las próximas horas habrá otros cafés y ninguno tendrá la calidez y el sabor de éste. De pronto, los ojos se me han ido al encuentro de una pequeña gaviota que planeaba en círculos, casi en vuelo rasante, sobre las ocres y quietas olas de los tejados próximos. No es la primera que veo a estas horas, está muy cerca el mar y algunas de estas aves anidan por las terrazas de mis vecinos. Pero esto es diferente. Muy diferente. Me ha extasiado el espectáculo hasta el punto de olvidarme del café, y no era para menos. El ave, gradualmente, había ido convirtiendo su vuelo en un auténtico alarde acrobático y, por alguna misteriosa razón, yo estaba convencida de que los rizos ascendentes, las barrenas vertiginosas, las paradas en seco a escasos centímetros de aquel mar de barro cocido, todo, todo ese alarde me estaba destinado. Inesperadamente, se ha posado muy cerca de mi balcón, tanto que distinguía perfectamente los dos puntitos ambarinos de sus ojos. He pensado en Juan Sebastián Gaviota. En realidad, pensaba en ti regalándome una inusual despedida antes de volver con tu bandada al litoral donde vives ahora.
....Me esperaba tu habitación, ahora la de Nere, para arreglarla. Todavía me domina un poco este cuarto. Aunque no piense en ello de una manera clara, noto que mis piernas ceden levemente en el umbral. En esta mañana en que me siento tan remisa a abandonarte han vuelto a flaquear al tiempo que en mi cabeza alguna cuerda de los violines de la memoria se tensaba peligrosamente. Ha sido inevitable retroceder a aquella tarde aciaga en que entré en este cuarto por primera vez dos semanas después de tu muerte. Los días anteriores había estado debatiéndome atrapada en un crepúsculo interminable, a veces gritando, a veces riendo, a veces llorando desgarradamente. Luego, en el fondo de aquella locura me acogió un caritativo sopor, una suerte de coma del que poco faltó para que no saliera. Pero volví. Con todas las bocas de mi dolor abiertas me reincorporé a la vida y a los brazos de Antton. Hoy puedo decir que mis heridas están cicatrizadas. Es cierto que son visibles, que son feas, pero ya no muerden. No obstante, hay una que no se ve, no se ve y es la peor de todas. Nada tiene que ver contigo, me sobrevino al regreso del infierno y vive en mi conciencia. Cuando miro a Antton, si no ando con cuidado, se pone a rezumar un humor blancuzco y espeso que me envenena como sólo puede hacerlo la vergüenza... Mi pobre y desolado Antton de aquellos días terribles en que tuvo que beberse ríos de lágrimas. Mi pobre y desolado Antton... ¿Dónde lloraría al fin? ¿Por qué rincones apartados de mi egoísmo fue liberando su dolor? Sola y valiente, estúpidamente sola y valiente, entré en tu habitación creyendo que con eso demostraría mi fortaleza a todo el mundo. Sobre tu mesa de trabajo se hallaba uno de los tomos del diccionario. Procuré ignorarlo. Fui de un lado a otro sin atreverme a tocar nada. Miraba. Los ojos se me enganchaban de cada objeto, de cada detalle. El ordenador lleno de polvo, un par de bolígrafos apuntando bajo una carpeta, la bufanda de la Real sobre una silla, el armario entreabierto. Miraba. Miraba, pero en mi cabeza la poderosa imagen del dicionario lo borraba todo. Una extraña urgencia se apoderó de mí. El diccionario parecía llamarme a grandes voces. Lo cogí para colocarlo en su estanteria, y un folio doblado se deslizó de sus páginas cayendo a mis pies. Al recogerlo, mi corazón se alborotó al ver tu letra, grande y redonda, aquella letra poderosa, conformando un poema dedicado a una desconocida Maider. El miedo se hizo relámpago en mi cabeza, sin embargo, su trallazo no consiguió disuadirme. Leí: "Tus manos en mi frente, aladas caricias, se detienen. / Cierro los ojos para verte. / Sello mis labios para hablarte. / Abro los batientes de mi corazón para que entres"... De pronto, me di cuenta de que tu voz retumbaba por la habitación. Cada una de tus palabras era un cañonazo que conmovía las paredes, penetrando en mi cerebro todavía con más violencia. Quise gritar pero ya la desesperación era una sierpe reptando por mi garganta. Caí vencida sobre la cama y entonces un denso silencio se echó a mi lado y me abrazó. No sé cuánto tiempo me tuvo atrapada aquel inquietante compañero, lo que sí recuerdo con toda claridad es un leve roce en mi frente, un apretar los ojos y los labios, y mi corazón de par en par, de par en par... Salí del cuarto como sale un barco de la tormenta y a pesar de mi destrozo aún pude distinguir tu sonrisa un poco malévola, tan milimétricamente exacta a la de tu padre. Hubiera pulverizado aquel retrato pero no me quedaban fuerzas, y hoy, delante de ese rostro anclado en una adolescencia que difumina la pátina de los años, tu sonrisa está tan atenuada que hasta me parece ver en ella una inesperada dulzura. Ha vuelto a sonar el teléfono, y en algún lugar de mi pecho se ha cerrado suavemente una puertecilla.
....Esta noche reincidiré en mi soborno a lo impalpable. Seré otra vez Acrópolis y lanzaré tentadores pentélicos guiños a todos los dioses habidos y por haber. No vendrás, sé que tardarás en volver y no me importa, no me importa en absoluto. He aprendido a esperarte. He conseguido la preciada luz de los regresos y la dejo cada noche, junto con mi amor, en todos los altares.

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13 comentarios:

María Socorro Luis dijo...

" Soñamos porque los sueños son la patria de los que no se resignan a ser hojas en el viento".

Ay, Mertxre, no sabes como me identifico con esas palabras...
Esa realidad otra que nos arrastra...

Me encantó el texto. Voy a leerlo de nuevo, ahora despacito, concentrada. Y, mientras tanto, un abrazo
por vías ultrasensoriales...

Glo dijo...

Comento aquí la entrada de Benedetti, cuyos haikus me recuerdan lejanamente los micropoemas de Gloria Fuertes. Aunque Gloria era poco de andar midiendo versos. Los comenzaba con elegancia, conseguía la primera rima tremebunda, y después, raro era que no tropezasen consigo mismos, pisándose una zapatilla y rodando escaleras abajo, para terminar descalabrados.

Glo dijo...

Todavía estoy un poco aturdido por las sacudidas de la Ernaux, cuyo fatalismo me atrae aunque me desagrade. Su vida, absolutamente despojada, queda bien lejos de tu bello despertar. Pero hay cosas que no se eligen, como que el poso final de vivir nos sepa dulce o nos amargue y envenene.

Glo dijo...

Gracias, Mertxe. Tu comentario tiene para mí, como siempre, un enorme valor.

Nómada planetario dijo...

Los sueños vienen a ser una comunicación un más allá que no sabemos donde empieza ni termina.
Fecunda historia.
Saludos desde un mañana que achicharra, en la que busco el refugio de la penumbra y los blogs.

June dijo...

Un texto intimista, duro y tierno a la vez, de mirada hacia adentro...y, como siempre, muy bien escrito, amiga Mertxe. Un abrazo

Mertxe dijo...

Desde un amanecer fresquito, mis buenos días para los dos.

marisa dijo...

mertxe, qué final, qué belleza...me conmueven tus textos, de verdad.Un beso guapa.

Mertxe dijo...

Un beso, Marisa.

June dijo...

Que tengas un buen verano, Mertxe. Por mi parte, decirte que regresaré en septiembre, por lo menos eso espero. Un abrazo.

Mertxe dijo...

Gracias, June, igualmente. Ten la seguridad de que, si lo haces, aquí me tendrás siempre dispuesta a disfrutar de tu página.

Olvido dijo...

De nuevo la duda, las pérdidas, seguir ...aunque sea ‘sobornando lo impalpable’
Un beso ante tanta inquietud que se pregunta continuamente.

Mertxe dijo...

Es, sobre todo para nosotros los agnósticos, y estoy segura de que para los ateos, una especie de quintacolumnismo espiritual. Y es que en el jardín genético nos crece cada cosa...

Un beso, Olvido.