viernes, 26 de junio de 2009

Íncipit de "Carta al padre"

Querido padre:
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Me preguntaste una vez por qué afirmaba yo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe qué contestar, en parte, justamente por el miedo que te tengo, y en parte porque en los fundamentos de ese miedo entran demasiados detalles como para que pueda mantenerlos reunidos en el curso de una conversación. Y, aunque intente ahora contestarte por escrito, mi respuesta será, no obstante, muy incomprensible, porque también al escribir el miedo y sus consecuencias me inhiben ante ti, y porque la magnitud del tema excede mi memoria y mi entendimiento.
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Para ti, el asunto fue siempre muy sencillo, al menos por lo que hablabas al respecto en mi presencia y también, sin discriminación, en la de muchos otros. Creías que era, más o menos, así: durante tu vida entera trabajaste duramente, sacrificando todo a tus hijos, en especial a mí. Por lo tanto, yo he vivido cómodamente, he tenido absoluta libertad para estudiar lo que se me dio la gana, no he tenido que preocuparme por el sustento, por nada, por lo tanto, y en cambio de eso, tú no pedías gratitud (tú conoces cómo agradecen los hijos), pero esperabas por lo menos algún acercamiento, alguna señal de simpatía; por el contrario, yo siempre me he apartado de ti, metido en mi cuarto, con mis libros, con amigos insensatos, con mis ideas descabelladas; jamás hablé francamente contigo, en el templo jamás me acerqué a ti, en Franzenbad no fui jamás a visitarte, tampoco he conocido el sentimiento de familia, ni me ocupé del negocio ni de tus otros asuntos, te endosé la fábrica y te abandoné luego, apoyé a Ottla en su terquedad, y mientras que por ti no muevo ni un dedo (si siquiera te traigo una entrada para el teatro), no hay cosa que no haga por mis amigos. Si haces un resumen de tu juicio sobre mí, surge que no me reprochas nada que sea en realidad indecente o perverso (excepto, tal vez, mi reciente proyecto de matrimonio), sino mi frialdad, mi alejamiento, mi ingratitud. Y me lo echas en cara como si fuese culpa mía, como si mediante un golpe de timón hubiese podido dar a todo esto un curso distinto, en tanto tú no tienes la menor culpa, salvo tal vez la de haber sido excesivamente bueno conmigo.

Esta consabida interpretación tuya me parece correcta sólo en lo que se refiere a tu falta de culpa en cuanto a nuestro distanciamiento. Pero también estoy yo igualmente exento de culpa. Si pudiera conseguir que reconocieras esto, entonces sería posible, no digo una vida nueva -para ello los dos somos ya demasiado viejos-, pero sí una especie de paz, no un cese, pero sí un atenuamiento de tus incesantes reproches.
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Es extraño pero tú tienes un presentimiento de lo que quiero decirte. Así por ejemplo, me dijiste hace poco: "Yo siempre te he querido, aunque no como ellos". Ahora bien, padre: yo en verdad nunca dudé de tu bondad para conmigo, pero no me parece que tu observación sea exacta. Tú no sabes fingir, eso es cierto, pero si pretendes, sólo por esa razón, afirmar que los otros padres fingen, se trata, o bien de simple terquedad, o bien de una expresión encubierta de que hay algo que no anda como debiera entre nosotros, y que tú contribuyes a causar, aunque sin culpa. Si realmente es ésa tu opinión, estamos de acuerdo...
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5 comentarios:

marisa dijo...

Qué complejas son siempre las relaciones humanas...Amamos a quien no lo merece, no conseguimos amar a quien realmente nos ama, nos distanciamos sin poder evitarlo y cometemos con nuestros hijos muchos de los errores que cometieron nuestros padres...Un besazo mertxe

Mertxe dijo...

Otro beso para mi poeta.

Nómada planetario dijo...

La barrera generacional siempre anduvo presente a partir de cierta de edad, es un círculo vicioso que no parece tener fin.
Saludos de fin de curso.

Juan Luis dijo...

Siempre he eludido, creo que inconscientemente, este libro. Incluso en mis años de fervor kafkiano he dejado a un lado la Carta al Padre. He sido capaz de leer colecciones completas, en ediciones heróicas, de las cartas a Felice, a Milena, a Dora, pero es la primera vez que leo un fragmento de esta pieza. Aprovecho el encale para seguir... o no. Me cuesta mucho "meterme" en K.
Un abrazo.

Mertxe dijo...

¿Y a mí, chicos, que Kafka me empieza a parecer así como sencillito, llano, fácil... Con la que nos está cayendo encima en este país-o-lo-que-sea, las situaciones kafkianas están empezando a resultar pueriles.

Mediterráneos abracitos nocturnos para los dos.