domingo, 17 de mayo de 2009

La tumba del corazón

    I

    Es asombroso cómo aumenta la nitidez de los recuerdos a medida que pasa el tiempo. Incluso la de aquéllos que debieran hacerme daño y que, sin embargo, transcurren inocuos por mi cabeza. Estoy seguro de que la edad tiene mucho que ver con esta confortable asepsia que me permite mirarlos de frente por cruda que sea luz, aunque, al final, su verdadero artífice sea ese curioso resorte de mi carácter que en ocasiones comprometidas siempre me ha impulsado muy lejos de las cosas, a tanta distancia que apenas las reconozco como propias. No se me oculta que esto denota un importante rasgo neurótico. No importa, no, no importa, al contrario, le estoy muy agradecido ya que me brinda el impagable anonimato del patio de butacas. Esta "facultad" me pone a salvo de muchas inclemencias, me salva de la tormenta, por eso, cuando surgen las imágenes de otros días, ninguna de mis fibras se altera, no hay tensión que me lleve al sufrimiento y floto en un universo lejano desde el que puedo escuchar y ver, pero que en modo alguno me permitiría el más mínimo roce con los fantasmas. Hoy por hoy, a fuerza de ser sin ser, cada vez que las circunstancias lo requieren he logrado un confortable trasunto de mí mismo. Salvo Beatriz, nadie lo sabe. Como no saben que ella también vive lejos de mí, aunque el mismo techo nos cobije y la misma cama reúna nuestros cuerpos. Sé que me quiere, pero sus manos no responden a las mías. Sé que me quiere, pero sus labios no vibran contra los míos. Sé que me quiere, pero sólo es un bulto que se me acopla blandamente, sin alma, casi sin vida. Está lejos de mí, tan lejos como yo suelo estarlo del pasado. Me conformo y me resigno a su ausencia, acepto la penitencia de su frialdad, después de todo ya soy bastante afortunado al haber podido escapar a mi conciencia. No obstante, alguna noche... Alguna noche la debilidad me ha ganado la partida y en la penumbra de nuestro cuarto, humillado, contrito, mi llanto ha mojado su pelo implorándole sin palabras un perdón imposible. Ni una palabra ha salido de su boca. Ni el menor gesto. Pero sé que me quiere como sé que yo moriría si ella me dejara. Los dos conocemos estas verdades tan bien como conocemos el hecho de que ya nunca recuperaremos aquellas vidas que eran una sola. ¿Y por qué no me ha dejado? Me quiere, me quiere, ésa es la única razón de que no se haya marchado.  Por eso seguimos adelante con el pragmatismo de los encadenados. Mi infierno y su infierno durmiendo juntos es mejor que dos infiernos separados.
    El pasado viene a mí de tarde en tarde. Es como un viejo y considerado amigo que se piensa bien sus visitas haciendo de ellas un calculado rito social. Elige su momento. Es un maestro eligiendo el momento. Se presenta cuando arrecia el tedio que ha llegado a provocarme la vida. Hoy nos hemos visto. A última hora de la tarde he regresado a casa dejando a mi espalda una ajetreada jornada de trabajo en la universidad. Me sentía harto, agotado y harto. Nada más entrar en mi despacho he tirado la cartera sobre la mesa y me he derrumbado en el sillón. Pasaban los minutos y yo permanecía inmóvil, con los ojos cerrados, la mente extrañamente alerta mientras crecían las sombras a mi alrededor. Por la ventana entreabierta se colaba la cansada respiración del mar. No necesitaba levantarme de mi sillón para saber que el sol poniente estaría abriendo crepitantes senderos de cobre por toda la superficie de la bahía y que la noche derramaba ya sus velos sobre el paisaje. Todo era quietud. Sólo de vez en cuando aquella paz se rompía por breves instantes a causa de los gritos de la pequeña bandada de gaviotas que siempre llegaba rezagada a su refugio del cercano acantilado. Hice un esfuerzo y abrí los ojos. Estaba cansado. Más aburrido que de costumbre. Otro esfuerzo más: giré mi sillón hasta quedar frente a la ventana, me incliné hacia adelante y la abrí de par en par. Crucé las manos bajo la nuca y respiré hondo sintiendo cómo penetraba en mis pulmones la brisa salada del mar. Luego me levanté para asomarme al atardecer. La oscuridad era ya dueña y señora de gran parte del paisaje y me distraje contemplando los regueros de luz que las farolas del paseo de La Concha proyectaban en la bahía. Y de pronto todo se borró. Superpuesto al paisaje surgió el rostro de aquel otoño tardío y ardoroso, aquel otoño que lamió mis heridas procurándome una agridulce convalecencia. Je t'aime, tu sais, je t'aime tellement... Michèle venía con él. Michèle nunca estuvo en aquel otoño, pero siempre viene con él. Je t'aime, tu sais, je t'aime tellement... Michèle y el otoño, cualquier otoño ya, son inseparables.


    II


    De la noche a la mañana el aire se volvió de terciopelo. El Sur, que no quería rendirse, perseveraba en su intento de restaurar por vegas y colinas la ilusión de un verano interminable. Por todas partes pululaba una alegría ajada, obra de aquel viento engatusador que todo lo teñía de rojas transparencias. Para mí fue un alivio comenzar a transitar por el sosiego de las cosas que se apagan. Me sentía como difuminado en el melancólico alborozo del paisaje al recorrer La Concha a esa hora en que las gentes se van retirando. El paseo era una sucesión de soledades en forma de baldosas, bancos y tamarindos, corriendo paralelas a la soledad del mar. La suave presión del brazo de Beatriz en mi brazo me producía extrañas sensaciones. Ese otoño todavía compartíamos paseos. Aquel contacto a veces era un dolorido bienestar merodeando por mi piel, y otras veces el amargo sabor de la tristeza me inundaba la boca. Mi desventurado amor me incitaba a apretar levemente su brazo contra mi costado, deseando y temiendo que ella lo notara. No sé si llegó a percibir mis patéticas maniobras, mis alborotados sentimientos, lo cierto es que Beatriz, silenciosa y grave, nunca dijo nada. Nunca respondió a ese tardío calor que tan torpemente trataba de transmitirle. Lo cierto es que la fiebre aún estragaba mis sentidos haciéndome zozobrar en un mar turbulento en donde no existían puntos de referencia y todo lo llenaba el estruendo de un remoto oleaje. Solíamos detenernos frente a la isla de Santa Clara. Apoyados en la barandilla, pasábamos unos minutos observando su negra silueta que se recortaba contra el cobre del crepúsculo. Arriba, en la cima, el faro era como el ojo inquieto de Polifemo escrutando el mar; su haz luminoso barría el horizonte y nos dejaba entrever los barcos que volvían al puerto. Eran momentos en que la distancia crecía desmesuradamente entre nosotros, y yo, que pude haber extendido mis brazos hacia ella para que no se alejara en la niebla, me contentaba con mirar de reojo sus manos quietas colgando sobre la playa. Pronto comenzó a hacer frío. Nuestros paseos se hicieron más y más cortos hasta que los suspendimos definitivamente.     Yo tenía miedo del invierno. Sabía que nos haría callar para siempre. Se avecinaban largos días en que las sombras iban a crecer como el silencio y me preguntaba si podría resistirlo. Creo que fue la única vez que falló mi famoso resorte de las distancias. Afortunadamente, no duró mucho aquella ansiedad, porque las clases empezaron a absorber cada minuto de mi tiempo y regresaba a casa tan tarde como podía. "¿Está la señora?", preguntaba a Edurne, aun sabiendo de sobra que mi mujer no había vuelto. Y otras veces era Edurne quien me anunciaba que ella había llamado diciendo que no la esperase a cenar, porque tenía una reunión. Pronto dejé de preguntar. ¿Para qué? Ella ya no se molestaba en advertirme, no ya de sus retrasos, sino de sus ausencias..    Durante la semana apenas nos veíamos, e incluso muchos sábados y domingos Beatriz se desplazaba a Madrid para asistir a conferencias o comidas de trabajo. No puedo recordar la cantidad de paréntesis que se sucedían dentro del paréntesis descomunal que era nuestra vida. Gradualmente, me fui acostumbrando a la verdadera soledad, una soledad mucho más serena que aquella otra, beligerante y ruidosa, que nos había acompañado en nuestro deambular por el otoño. Mi soledad tenía ahora  el rostro doméstico y tibio. Cada noche me recibía en la puerta como una madre que ha esperado pacientemente el regreso del hijo y yo me adentraba presuroso en sus abrazos, reclamando su amarga dulzura. Paz. Vacío. El tiempo pasaba mansamente. Daban las diez y un siglo después daban las once. La oía llegar. Siempre la oí llegar. La llave giraba con un ruido seco y discreto en la cerradura, luego eran sus pasos rápidos resonando blandamente por el pasillo. Los ojos se me disparaban a la manilla de la puerta mientras mi corazón comenzaba a latir desenfrenadamente. No entraba en mi despacho. Jamás vi aparecer su rostro preguntándome qué tal has pasado el día. Se alejaban sus pasos y el ruido de la puerta del dormitorio al cerrarse ponía punto final a mi cotidiana y absurda esperanza. Las pocas veces que coincidíamos solía ser para cenar y siempre en algún fin de semana en que no había viajes ni compromisos sociales.
    La hora de sentarnos a la mesa todavía comportaba algunos riesgos, por lo que nos esforzábamos en mantener a raya la mirada, el gesto, la palabra. Sobre todo la palabra. Fingíamos naturalidad, porque eran numerosos los fantasmas que se agolpaban a nuestro alrededor pugnando por materializarse. El dormitorio, en cambio, nos daba seguridad; allí nos amparaban la penumbra y el sueño. Por unas horas nos sabíamos inexpugnables. Beatriz solía estar acostada cuando yo entraba en la habitación y, aunque nunca encendí la lámpara, percibía la helada muralla de su espalda y la sombra deshilachada de sus cabellos sobre la almohada. Me metía en la cama. "Estoy aquí, Beatriz, sigo aquí", le decía mi pensamiento. Y esperaba el sueño. "¡Te quiero tanto!", le gritaba mi pensamiento. Volvía mi cabeza hacia ella, mis dedos se movían secretos, como si acariciaran su pelo. "Perdóname, perdóname, perdóname...", suplicaba mi pensamiento. ¿Por qué no tuve el valor de tocarla? Todavía teníamos tiempo. Quiero creer que todavía nos quedaba un abrazo. El perdón. Hubiera sido tan sencillo besarla, besarla interminablemente, desandar juntos aquella distancia insoportable. Todos nuestros fantasmas hubieran huido despavoridos dejándonos solos con nuestra verdad, esa amargura temporal y necesaria que debíamos tragarnos como se traga una medicina. Todavía no puedo comprender cómo fui tan estúpido. ¿Por qué permanecí callado y quieto? ¿Por qué no fui capaz de entender que si ella no me había dejado era porque me aguardaba? Me aguardaba cada hora que pasaba fuera de casa, cada vez que introducía la llave en la cerradura, cada vez que se acercaba por el pasillo. Me aguardaba cuando se metía en la cama, aquella lejana cama a escasos centímetros de la mía. Ella acabó separándolas y ni siquiera entonces reaccioné. El resorte, ¡el maldito resorte!, volvía a funcionar perfectamente y me impulsaba a años luz de mí mismo. Poco a poco, la respiración de Beatriz se iba haciendo profunda y acompasada. Me hacía pensar en un mar cuyas olas crecían largamente para luego, en un instante, deshacerse en un susurro. Cuando al fin me dormía, seguía oyéndolo, pero ahora era una presencia oscura latiendo sordamente en lo más hondo de mis sueños. Poco después llegaron las pesadillas. Recuerdo que me despertaba en medio de la noche, tembloroso, empapado en sudor, muerto de miedo. Pero no servía de nada despertar, porque las chinescas e inquietantes siluetas que habían campado por mis sueños continuaban persiguiéndome en la vigilia. Podía verlas deslizándose por la oscuridad, reclinando sus fugitivos contornos en mi almohada, murmurando anatemas contra mi persona. Yo apretaba los párpados tratando de escapar a estas visiones, pero ellas se apresuraban a trasladar a mi cabeza sus retorcidos cuerpecillos y todo volvía a empezar.    Han pasado los años, tantos que apenas puedo recordar gracias a qué milagro he llegado hasta aquí. Sigo paseando solo. Procuro cambiar el escenario de mi aburrimiento pero, inevitablemente, acabo por regresar a los tamarindos de La Concha. Me detengo frente a la isla, siempre un alto obligado en mi camino. Me admiran su empecinada resistencia a desaparecer en el abrazo de la noche y su resistencia al acoso de las olas. Me siento identificado con esta roca estoica; como ella, voy resistiendo. Ya he dicho que no temo a la fiera del pasado. Ya no me asustan sus colmillos; ¿cómo podrían hacerlo si no tiene dónde morderme? Ya hace mucho tiempo que me deshice de su presa. Yo mismo me la arranqué. Quisiera saber quién ha dicho que no se puede vivir sin corazón. ¡Qué tontería! Yo lo hago perfectamente, es más, doy gracias al instinto de supervivencia, que me llevó a prescindir de un lastre tan inútil. Y al tiempo. También al tiempo debo agradecerle dos cosas muy importantes: que haya cicatrizado la amputación y destruido esa parte de la memoria en donde cavé, tan hondo como pude, la tumba de mi corazón.


    III


    Je t'aime, tu sais, je t'aime tellement... Fin de semana en la sierra. A Michèle le gustaba tumbarse sobre la hierba y me arrastraba con mimos a su lado. Yacíamos de costado, mirándonos a los ojos y juntando de vez en cuando nuestras bocas. Nos llegaba el murmullo del viento que se derramaba de las azules cumbres. Cuántas tardes pasamos así, bajo los árboles pletóricos de hojas y de pájaros, y cuántos cielos vimos incendiarse en un momento para estallar luego en una sinfonía de rojos, de violetas, de amarillos... Cuántas tardes los labios de Michèle, Je t'aime, tu sais, je t'aime tellement..., se pegaron a mis oídos susurrando su amor. Jamás le dije que la quería. No soportaba mentirle. Esto fue, con toda seguridad, lo más honrado que hice con ella......Michèle se me entregó en el mismo instante de conocernos. Todo empezó con un encontronazo por los pasillos, camino del aula. Oh, pardon, professeur, pardon... C'est ma faute! Hablaba perfectamente español, no obstante, como descubrí después, en cuanto se ponía nerviosa emergía, arrolladora, su lengua materna. Tenía veintiún años, era muy rubia, y sus ojos  poseían la satinada grisura de las perlas. Hice esfuerzos titánicos por ignorarlos, pero me seguían por el aula, corrían tras de mí por el campus, venían a verme al despacho... Hubiera querido escapar de aquella devoción, y no pude,  fui capitulando sin apenas darme cuenta. Supongo que podría culpar de ello al extraño abatimiento en que había caído durante aquellas primera semanas sin Beatriz, que se había marchado a los Estados Unidos para pasar seis meses formando parte de un equipo de investigación en la universidad de Harvard. Me sentí abandonado y el resentimiento y la tristeza pronto envenenaron mi vida. Era la primera vez que nos separábamos en diez años de matrimonio y no supe hacer frente a la situación. Me desmoroné. Perdí la cabeza hasta el punto de dejarme atrapar en una historia absurda y que, desde del primer al último minuto, siempre supe que era un error.    En los primeros días de soledad, mi recurso contra la depresión consistió en perderme en largos y aburridos paseos. A veces me acompañaba algún amigo no menos aburrido que yo, pero las mayor parte de las veces iba solo. Fue precisamente en una de estas ocasiones cuando Michèle, cuyo domicilio quiso la fatalidad que estuviera próximo al mío, se me acercó para saludarme. Después se sucedieron los encuentros más o menos casuales hasta que, finalmente, ya no hubo disimulos. Una noche me invitó a subir a su apartamento y acabamos en la cama. Después todo fue un dejarse llevar. Pasó el invierno y llegaron los primeros soplos cálidos de la primavera. El amor de Michèle ya me pesaba de una manera terrible. Tenía que abrir los ojos a una realidad insoslayable. Debía ceder, como siempre lo he hecho, al hastío, ese viejo enemigo que nació conmigo y que reside agazapado en mi cabeza. Más tarde o más temprano se hace presente para recordarme que el juguete de turno lo tiene muy visto y ya no le divierte.
    A primeros de julio regresó Beatriz. Fui a esperarla al aeropuerto. Lo que había captado en nuestras conversaciones telefónicas se materializó abruptamente cuando nos miramos. Sus frías pupilas me atacaron como espadas. Tuve la certeza de que conocía mis andanzas. Pero sucede algo muy curioso en las personas que llevan mucho tiempo juntas: el tiempo que comparten actúa como una placenta y les dota, como a los gemelos univitelinos, de idénticos rasgos físicos, o de gesto, o de carácter... Nosotros nos parecíamos en esa parte del carácter que encierra los problemas en la cámara estanca del mutismo. ¿Qué adelantábamos con hablar? Si los dos sabíamos cuanto había que saber, ¿a qué perder el tiempo? Un helado beso, algún comentario relativo al viaje y, ya en el taxi, ella cerró los ojos pretextando cansancio.


    IV


    En los años que siguieron, Beatriz jamás hizo alusiones a mi aventura con Michèle. Ni siquiera aquel día, veinticuatro horas después de su llegada. Sonó el timbre del teléfono y ella lo cogió:
    -Por favor, quisiera hablar con el profesor.
    Sin un gesto, fríamente, me pasó el auricular, saliendo inmediatamente de la habitación.    -C'était ta femme, n'est-ce pas? -preguntó Michèle. Lloraba quedamente..    -Sí, era ella..    -No puedo estar sin verte... Reviens, je t'en prie! Tu me manques...
   -Tienes que ser sensata, Michèle. Esto se acabó, ya te lo dije......-Mais je t'aime, tu sais, je t'aime tellement…
    Colgué.
    Cuando entré en el dormitorio aquella noche, Beatriz estaba sentada en la cama. Aún puedo verla, rígida, inmóvil, con las manos olvidadas en su regazo y los ojos fijos en la alfombra. En su rostro no había expresión alguna. Tuve miedo. La conciencia del peligro se despertaba en mí por primera vez. Recuerdo que pensé va a dejarme, la perderé para siempre, y hasta me pareció oír a mi espalda la risita infame del dios de los abandonos. Pero Beatriz no dijo nada. Al cabo de unos momentos se metió en la cama y, dándome la espalda, extendió el brazo para apagar la lámpara de su mesilla de noche. La habitación se dividió entonces en dos hemisferios: el uno, rebosante de sombras; y el otro, el mío, iluminando un desierto. Fue como un símbolo de lo que nos esperaba porque, a partir de ese momento, estemos donde estemos, hagamos lo que hagamos, siempre hay un ecuador insalvable entre los dos.


    V


    Ha empezado a refrescar. Michèle hace rato que me ha abandonado. Aún chisporrotea un débil fuego tras el horizonte, pero se muere sin remedio entre estertores rosas y violetas. La bahía es ya una superficie oscura sobre la cual bailotean las diminutas lucecitas de posición de algunos barcos de recreo. Hasta mi ventana suben retazos de las cosas que suceden ahí abajo. Todo es débil, fragmentario; se diría que mis coloquios con el ayer han relegado este presente a un respetuoso cuchicheo. Los últimos bordones del pasado, Je t'aime, tu sais, je t'aime tellement..., resuenan aún en mi cabeza. Mientras cierro lentamente la ventana me pregunto una vez más cómo se puede creer que es imposible vivir sin corazón.
    Yo lo hago desde el día en que Michèle se suicidó.


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9 comentarios:

María Socorro Luis dijo...

Soy muy feliz en ser la primera en ofrecerte un simbólico ramo de rosas
¿blancas?...

Enhorabuena, un cuento precioso que volveré a leer, despacito ahora. Y es que estoy emocionada.

Fuerte, fuerte, un abrazo

June dijo...

Me quedé sin palabras...que más decirte...Perfectamente escrito.

Mertxe dijo...

Gracias, guapas.

marisa dijo...

Eres increíble.talento, talento , talento...gracias por compartirlo.Te mando un besazo tan grande que no me cabe...

Bel dijo...

Ya lo sabía yo que Mertxe tenía tesoros ocultos. No sabes cuánto me alegro de que te hayas animado a descubrirnos algunos, como éste, perfecto y redondo (y qué cruel con tu protagonista que resulta, por otra parte, tan verosímil).
Muchas gracias, hermosa.

Olvido dijo...

Mertxe me ha gustado la fría voz del protagonista , su abandono del pasado hace que el presente sea transitable, supongo. También supongo, que la culpa hace que la vida se quede al ralenti.
Mi enhorabuena. Un beso

Mertxe dijo...

Bel: me he decidido, después de todo las medias lenguas también tienen sus derechos (jis.... jis...).


Y a ti, Olvido -y se lo reitero a todas las demás- mi agradecimiento por vuestras visitas.

Abracitos para todo el mundo.

Nómada planetario dijo...

Es muy difícil sobrevivir, en las condiciones que se plantea el protagonista de tu relato.
Besos desde una tarde atípica.

Mertxe dijo...

Y no lo hizo, Noma, no lo hizo...