sábado, 10 de enero de 2009

Anoche soñé que había vuelto a Manderley. En mi sueño me encontraba ante la verja del parque, pero durante algunos momentos no pude entrar. Estaba cerrada la puerta con candado y cadena. Llamé en sueños al guarda, pero nadie me contestó, y cuando miré detenidamente a través de los barrotes mohosos de la verja, vi que la caseta estaba abandonada.
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No humeaba la chimenea, y las ventanas y sus celosías bostezaban en su abandono. Entonces, como todos los que sueñan, me sentí de repente dotada de una fuerza sobrenatural, y atravesé como un espíritu la barrera que me detenía. Serpenteaba el camino ante mí, retorcido y tortuoso como siempre, pero según avanzaba, noté que había cambiado; ahora era estrecho y estaba descuidado, no como yo lo habían conocido. Al principio me extrañó y no comprendí lo que había pasado, pero cuando tuve que bajar la cabeza, para no tropezar con una rama que cruzaba el camino, me di cuenta de lo ocurrido. La Naturaleza había conquistado lo que fue suyo y, poquito a poco, con sus métodos arteros e insidiosos, había ido invadiendo el camino, extendiendo por él sus dedos largos y tenaces. El bosque, siempre amenazador, incluso en tiempos pasados, había triunfado al fin. Oscura y salvaje, la vejetación llegaba hasta los bordes del camino. Las hayas, de tronco blanco y desnudo, se inclinaban las unas hacia las otras, y entrelazaban sus ramas en un extraño abrazo, formando sobre mi cabeza una bóveda como nave de iglesia. Vi otros árboles mezclados con las hayas, que no reconocí; robles achaparrados y olmos retorcidos que habían nacido inopinadamente de la tierra silenciosa, junto a plantas y arbustos disformes de los que tampoco me acordaba.
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El camino había quedado reducido a sendero, ya sin grava, ahogado de yerbas y musgo. Abundaban en los árboles las ramas bajas que estorbaban el paso; las raíces retorcidas parecían dedos de esqueletos. Aislados entre la maleza, pude reconocer algunos macizos, que en nuestros tiempos se destacaban graciosos y cuidados, como aquel de hortensias de tallos elegantes, cuyas flores azuladas llegaron a adquirir cierto renombre. Nadie las cultivaba ahora y se habían vuelto silvestres, creciendo desmesuradas, incapaces ya de florecer, negruzcas, feas como los parásitos anónimos que crecian junto a ellas.
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Aquel pobre hilillo blanco que un día fue nuestro camino avanzaba más y más, torciendo ora a la derecha, ora a la izquierda. Algunas veces lo creí ahogado para siempre, pero aparecía de nuevo, acaso bajo un árbol caído, o luchando con el barro de una ciénaga nacida de las lluvias invernales. Me pareció el camino más largo que antes. Evidentemente, las millas se habían multiplicado, como lo hicieran los árboles, y este camino únicamente conducía a un laberinto, a una espesura impenetrable, y no a la casa. Pero, de repente, apareció ésta ante mí. La avenida que conducía hasta la puerta estaba casi borrada por el desmedido crecimiento de matojos exuberantes que se extendían por todas partes. Me detuve, con el corazón latiéndome en el pecho mientras sentía en los ojos la extraña punzada de las lágrimas.
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¡Allí estaba Manderley! ¡Nuestro Manderley!, reservado y silencioso como siempre. Sus piedras grises brillaban en la luz de la luna de mis sueños, y las vidrieras reflejaban los verdes macizos de césped y la terraza. El tiempo no había logrado destruir...




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REBECADAPHNE DU MAURIER
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8 comentarios:

marisa dijo...

Inquietante y maravillosa...Rebeca para mí, será siempre esa película de brumas y suspense. Un abrazo muy fuerte.

Mertxe dijo...

Me pregunto por qué no la pondrán, al menos de vez en cuando... (¡Ay, aquella Danvers...)

Otro abrazo para ti, Marisa.

Nómada planetario dijo...

Una descripción magistral del entorno, con un estilo muy británico.
Besos al borde de un exámen parásito.

Glo dijo...

La casa que aparece en el fotograma de la película de Hitchcock me recuerda los construcciones a orillas del Cantábrico inspiradas en los palacios, castillos, y casonas de campo inglesas. Recuerdo sus oscuros interiores de madera de castaño casi negra, las coloridas vidrieras emplomadas,o los jardines con enormes árboles.

Mertxe dijo...

Qué encanto tienen esas construcciones. En Rentería, al menos cuando me fui, quedaban un par de ellas. Eran muchísimo más modestas, pero guardaban pefectamente ese aire señorial, sobrio, a veces tan inquietantes...

Desde un luminoso Maresme te doy los buenos días, Glo.

Bel dijo...

Fíjate, Mertxe, que le tengo cierta antipatía a la autora y a la novela. Cuando la leí, siendo apenas una adolescente, ya me cayó mucho mejor la supuesta mala, Rebeca, que la protagonista. Después vi la película y me volvió a suceder. Podrías argumentar que, desde luego, se puede admirar o disfrutar igual de una novela cuya protagonista te cae mal. Y tendrías razón. Pero en este caso, esa impresión persiste.
Un gran abrazo.

Glo dijo...

Y no muy lejos, en San Sebastián, está el palacio de Miramar...

Mertxe dijo...

Pues a mí, Bel, me encantaron todos y cada uno de sus personajes. Quizás, fíjate, fue el soseras del Max de Winter el que menos caló en mí. Todo los demás, y destaco de nuevo a Mrs. Danvers, y no olvido al primo de Rebeca y la magnífica interpretación que del personaje hizo Georges Sanders.

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Sí, Glo, sí... La de veces que me he perdido por sus jardines.