domingo, 4 de enero de 2009

...La casa estaba en silencio, porque todos, menos Juan y yo, debían de haberse acostado. La bujía se había extinguido y la luz de la luna inundaba la estancia. Yo oía los apresurados latidos de mi propio corazón. Súbitamente, experimenté una sensación extraña, que hizo temblar mi cuerpo de pies a cabeza. No fue precisamente como una descarga eléctrica, sino algo agudo, estimulante, que despertó mis sentidos cual si hasta entonces hubiesen permanecido aletargados. Pemanecí con ojos y oídos atentos, sintiendo un temblor que penetraba mi carne hasta la médula.
....-Jane! ¿Qué has visto, qué has oído? -preguntó Juan.
...Yo no veía nada, pero percibí claramente una voz que murmuraba:
...-¡Jane, Jane, Jane!
....No oí más.
...-¡Oh, Dios mío! ¿Qué es esto? -balbucí.
...En vez de "qué", debía haber preguntado "dónde", porque ciertamente no sonaba ni en el cuarto, ni en la casa, ni en el jardín, ni en el aire, ni bajo tierra, ni encima de mí. Y, sin embargo, era una voz, una voz inconfundible, una voz adorada, la voz de Eduardo Fairfax Rochester, hablando con una expresión de agonía y dolor, infinitos, penetrantes, urgentes.
...-¡Voy! -grité-. ¡Espérame! ¡Voy! ¡Voy!
...Corrí a la puerta y miré al pasillo; estaba en sombras. Salí al jardín; estaba vacío.
...-¿Dónde estás? -exclamé.
...Las montañas devolvieron el eco de mi pregunta y oí repetir: "¿Dónde estás?" El viento silbaba entre los pinos y toro era en torno soledad y silencio.
..."¡Silencio, superstición! -dije para mí-. Aquí no hay engaño, no hay brujería, no hay milagro. Es el instinto lo que obra en mí."
...Me separé de Juan, que me había seguido y trataba de detenerme. Aquel era el momento de que yo reaccionara. Mis facultades estaban en tensión. Le prohibí que me preguntase nada y agregué que deseaba quedarme sola. Obedeció. Cuando se tiene energía para ordenar, nunca se es desobedecido. Subí a mi alcoba, caí de rodillas y oré a mi modo, modo muy diferente del de mi primo, pero no por ello menos ferviente. Parecíame que un poderoso espíritu me penetraba y, agradecida, me postré a sus pies. Me incorporé, con una resolución adoptada, y me acosté, esperando el siguiente día.


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7 comentarios:

Glo dijo...

Bello pasaje, muy romántico. Ahí están la noche, la luna, un fantasma, la voluntad... Reconozco esos elementos por haberlos encontrado antes en obras de Pío Baroja... o en "un invierno en Mallorca", obra de la que acabo de terminar una segunda lectura.

Con independencia de que me encuentre en "clave romántica" en este momento, lo sugerente del fragmento que nos has propuesto hubiese bastado para incitarme a la lectura del libro.

Muchísimas gracias.

marisa dijo...

Adoro Jane Eyre. Lo leí en varios momentos de mi vida: de adolescente y luego en la facultad. Hace muy poco volví a releerlo para mis alumnos y nunca me cansa. De las Bronte, Charlot es mi preferida y Jane Eyre su mejor obra. Me gusta venir y recordarla. Y ese final cuando ambos se encuentran, él casi ciego, perdido en todos los sentidos. El triunfo del amor a pesar de los obstáculos siempre emociona. Y su visión de la mujer fue todo un bombazo para a época, ¿eh? Un abrazo guapa.

Olvido dijo...

Mertxe de pronto me han entrado ganas de ver de nuevo la peli. Cómo me gustaba Rochester. El libro ya lo tengo olvidado.
Te mando un abrazo

Bel dijo...

En mi ferviente adolescencia prefería, por supuesto, Cumbres Borrascosas. Pero, revisados hace poco, he encontrado en Jane Eyre párrafos de una inteligencia y brillantez que no recordaba y, desde luego, en conjunto, más interesante que el otro. En cualquier caso, las tres hermanas son admirables. Gracias por estas revisiones de los clásicos que nos ofreces, Mertxe.
Un cariñoso abrazo.

Mertxe dijo...

De las Brontë, Jane Eyre, Inés Grey y Cumbres Borrascosas; y de Jane Auste, Orgullo y prejuicio, Juicio y sentimiento, La abadía de Northanger; de Dickens... de Dickens casi todas sus noveltas.

Con ellos descubrí el romanticismo y la exquisitez literaria. Yo andaba alrededor de los dieciséis años cuando empecé a meterme, así, como quien no quiere la cosa, en esas aguas literarias que me dejaron un sabor inolvidable. Era mi ascenso de la escalera después de leerme desaforadamente (y que conste que mi generación le está muy agradecida) a Corín Tellado. Luego vinieron las francesas, con aquel inenarrable Felipe Deblay (Le Maître des forges)...

Glo, no sé si habrás entrado en la atmósfera extraña y a la vez mágica del Invierno en Mallorca... ¿Sí?

Y a vosotras, amigas guapas, muchas gracias por acercaros a decirme que también compartís el mismo sentimiento que yo respecto de esta autoras que, lo mismo que Mme. Aurore Dupin, supieron demostrarle al mundo que la mujer existe y, además, escribe.

Abracitos mediterráneos, hoy empapados de un sol frío aunque muy luminoso.

(¡Cómo me enrollo...!)

Bel dijo...

Cuando leí los comentarios cruzados entre Glo y tú sobre "Invierno en Mallorca", me dije que no era posible que estuviéraris hablando de ella...pero ahora me doy cuenta de que sí, pensaba que era yo la única que se la había tomado en serio, prescindiendo del mito biográfico. ¡Me he emocionado!
Un besazo a los dos.

Mertxe dijo...

Somos muchos, Bel, los que hemos entendido esa literatura que, he llamado (libérrimamente) romántica pero que, en realidad, tuvo mucho más de revolucionaria, de levantisca. Su interés por los problemas humanos, su feminismo radical, su valentía, no sólo de escribir lo que pensaba sino, también, de practicarlo en su vida privada.
dicen que fue muy mala con Chopin, con Musset (y esto ya era discutible...), sin embargo, ella sólo era ella. Su lectura me acercó a Madame de Staël...

Gracias, Bel, eres un cielo.