viernes, 25 de diciembre de 2009

El fantasma de las Navidades Presentes



      

El fantasma de las Navidades Presentes se queda a comer. Hay cordero asado porque es tradicional en mi casa y porque me gusta. Ayer también cenamos juntos. Claro que ayer no pude dedicarle mucha atención ya que éramos cuatro a la mesa y, como anfitriona, tuve que expandirme constantemente a derecha e izquierda, lugares estos que ocupaban los otros dos invitados. (Por cierto, de incontenible verborrea ambos.) Y tengo que decirlo: me encantó el fantasma de las Navidades Pasadas y en absoluto me impresionó el de las Futuras. Con la prevención que les tenía... Lo que pasa es que me contaron lo que ya sabía de sobra, y como por encima de todo soy un ser razonable, acepté dignamente lo que traían. En cambio, de éste que ahora me está vigilando servicialmente el horno no sé casi nada. Viene con las manos vacías. Lo tuve enfrente, al otro lado de la mesa, presidiéndola conmigo, y a penas habló. Dejó todo el campo a los colegas. No quiso o no supo interferir en su parloteo. Se limitó a mirarnos y a escuchar, entre bocado y bocado de merluza, miraba y escuchaba. Me sentí incómoda. Pero fue pasando el tiempo, y entre nostalgias y futuribles, entre el postre y el café, llegué a olvidarme de mi fantasma omnipresente.


Esta mañana ha vuelto el miedo con mayúsculas. El miedo que ayer me dio un respiro gracias a la cháchara de la cena. Durante semanas se ha estado asomando a mis ojos. Es un miedo contraido hace cinco meses y 24 días, y esta mañana, al descubrir que el fantasma de las Navidades Presentes no se había marchado, ha logrado que mis manos tiemblen dentro de los bolsillos de la bata. Me esperaba en la sala, sentadito en el sillón de mi aita, con Katta en sus rodillas. Un etéreo café humea en su mano derecha y con la otra acariciaba parsimoniosamente a la gata. Su mirada recorría la fachada de enfrente. Observaba los balcones atestados de ristras de bombillas, papanoeles alpinistas, rojas poinsettias y demás parafernalia navideña. Intenté calmarme pensando que era lógico que no se hubiera ido. Comprendí que su tarea quedó en suspenso ayer. Ya se sabe cómo son de puntillosos los fantasmas para estas cosas. Tenemos cordero, le he dicho procurando que no me delate la voz, cordero pascual, el de la grandes celebraciones. Me ha sonreído, sin mirarme, me ha sonreído. ¿Habrá captado la ironía gastronómica?


Ayer, después de la cena, obsequié a mis fantasmas con unos dibujos animados de Canción de Navidad. Adoran a Dickens. Me lo dijeron los charlatanes. Lo llaman padre. Durante la hora que duró la peli pasaron de mí. Se habían acomodado a mi derecha, sobre la almohada, y se reían y se emocionaban entre ellos. En un momento dado, el fantasma de las Navidades Pasadas le metió un puntazo al fantasma de las Navidades Futuras:  "Chico... ¡qué feo te han sacado!".  El fantasma de las Navidades Presentes, con las piernas cruzadas sobre la mesilla de noche, seguía calladito. A las dos de la mañana los eché. Algo de resistencia opusieron, pero en cuanto les solté que mi cama es territorio privado que sólo  comparto con mis sueños, se volatilizaron. El de la mesilla también.


Ya es Navidad y sigo aquí, diciendo estas cosas y esperando que el persistente fantasma me diga las suyas. Y me temo que lo hará. Si se ha quedado este tío tan serio es por algo


Mañana hubiera sido el noventa y cuatro cumpleaños de mi aita. Noventa y cuatro años de una vida que ha tenido de todo pero que, en general, ha sido una buena vida. Seguramente porque mi aita se llevaba muy bien con ella. Murió como había vivido, apaciblemente, resignadamente. Esperó a la muerte, con la cabeza en su sitio y el corazón también. En realidad, toda su vida fue una espera comprensiva. Sabía que la Naturaleza nos trae y nos arrebata sin saber por qué, y que entre medias nos mangonea arbitrariamente. Sabía que todo se concentra en un instante, que un instante después ya es otra vida, un regalo como diríamos ahora nada sostenible. Sabía que no hay escapatoria, que tarde o temprano las luces se apagan. Él se apagó dulcemente dentro de un sueño. El sueño-río que lo devolvió al mar claro y sereno de los reencuentros. Su memoria está ahora con todas las memorias que fueron; el mar tiene el color y el latido de esas memorias, y en los largos ocasos del verano se puede oír su voz que nos prepara para entregar la nuestra.


Buenos días, Navidad.


A la mesa, fantasma-compañero, que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero...






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martes, 15 de diciembre de 2009

Solitude au passé composé



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    Déjeuner du matin

Il a mis le café
Dans la tasse
Il a mis le lait
Dans la tasse de café
Il a mis le sucre
Dans le café au lait
Avec la petite cuiller
Il a tourné
Il a bu le café au lait
Et il a reposé la tasse
Sans me parler
Il a allumé
Une cigarette
Il a fait des ronds
Avec la fumée
Il a mis les cendres
Dans le cendrier
Sans me parler
Sans me regarder
Il s'est levé
Il a mis
Son chapeau sur sa tête
Il a mis
Son manteau de pluie
Parce qu'il pleuvait
Et il est parti
Sous la pluie
Sans une parole
Sans me regarder
Et moi j'ai pris
Ma tête dans ma main
Et j'ai pleuré.



jacques prévert



lunes, 30 de noviembre de 2009

De "Sonetos para Helena"

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...
Cuando seas muy vieja, de noche a la luz de la vela,
Sentada junto al fuego, devanando y tejiendo,
Dirás maravillada, mientras cantas mis versos:
"Ronsard me celebraba cuando yo era hermosa ."

No tendrás sirvienta que al oír tal noticia,
ya sobre la labor medio dormida,
al rumor de Ronsard no se haya despertado
bendiciendo tu nombre con alabanza inmortal.

Yo estaré bajo tierra, y fantasma sin huesos
por las penumbras del mirto reposaré;
tu serás en el hogar una vieja en cuclillas.

Aunque llores mi amor y tu orgulloso desdén,
vive, créeme, y no esperes a mañana.
Coge desde hoy las rosas de la vida.



pierre ronsard


martes, 17 de noviembre de 2009

Una prosa brillante

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[...]
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Pero cuando yo tenía diez y siete años no veía las cosas como ahora; así es que aquella tarde, para saciar el ansia poética que siguió a mis ataques de nervios, busqué un autor de los que más me conmovieran, de los que mejor me hablasen de las cosas de más adentro. Llegué a mi cuarto. Sobre la mesa de noche se destacó, como imponiéndose a mi atención y a mi voluntad, el volumen lindo, pequeño, que parecía un extracto de ideas y emociones, el libro familiar de aquella temporada: Leopardi. No dudé. La acción siguió al impulso: tomé el libro. Como con una presa, huí a lo más escondido de la huerta, a una gruta artificial, fresca, nemorosa, hecha por nosotros mismos con laurel en un socavón de una muralla antigua. ¿Por qué más que nunca entonces necesitaba mi alma al poeta triste? ¿No estaba yo alegre, no creía firmemente en tales instantes en las armonías del mundo? Por lo mismo, por la comezón irresistible del contraste, por la curiosidad peligrosa de ponerme a prueba, quería leer aquello. Además, disparatadamente, como si el libro no fuera cosa muerta, constante por su misma inercia en el dolor de que hablaba, yo iba a leer con la esperanza absurda... de influir en Leopardi aquella tarde en vez de dejarme entristecer por él. ¡Era tanta mi alegría íntima, tan sólidos creía yo los cimientos de mi dulce optimismo! –A ver quién vence a quién: a ver si él me comunica, como siempre, su congoja, o si yo infiltro en estas hojas frías el espíritu de amor y fe que me inunda. «Consolemos al triste.» Del absurdo nunca pudo salir nada bueno–. Por casualidad, lo primero con que tropezaron mis ojos fue con El sábado de la aldea, que es uno de los más sublimes cantos a la esperanza, pero a la esperanza sola, que ha inspirado a ser humano la decepción eterna. Aquella impresión agridulce aún no enfrió mi celo de catequista. En seguida llegué, a saltos, a la famosa poesía en que Leopardi habla del renacimiento de la ilusión...
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.Meco ritorna a vivere
la piaggia, il bosco, il monte;
parla il mio core il fonte,
meco favella il mar...




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(Alas 'Clarín', Leopoldo - Cuesta Abajo.pdf )
..: 3/6/2009 10:50:27 AM - Literatura: espanyola - Tamaño: 711.54Kbytes
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jueves, 12 de noviembre de 2009

Volviendo a Unamuno



..........Madre, llévame a la cama


-Madre, llévame a la cama,
que no me tengo de pie.
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-Ven, hijo, Dios te bendiga,
y no te deje caer.
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-No te vayas de mi lado,
cántame el cantar aquél.
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-Me lo cantaba mi madre;
de mocita lo olvidé,
cuando te apreté a mis pechos
contigo lo recordé.
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-¿Qué dice el cantar, mi madre,
qué dice el cantar aquél?
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-No dice, hijo mío, reza;
reza palabras de miel;
reza palabras de ensueño
que nada dicen sin él.
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-¿Estás aquí, madre mía?
Porque no te logro ver...
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-Estoy en ti, con tu sueño;
duerme, hijo mío, con fe.
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martes, 3 de noviembre de 2009

Un fragmento de "Interpretaciones"


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El arte, como proceso espiritual, como actuación, consiste en desprender de la realidad una apariencia orientada por la brújula del sentido estético, no de otro modo que la máquina del fotógrafo desprende una apariencia exactísima, y, sin embargo, independiente, de los objetos situados en su campo. El toque del arte consiste en herir a la Naturaleza en su talón de Aquiles, en ese punto vulnerable, sensible, cuyo contacto -así también en la mujer; así en la caja de caudales- basta a lograr la apertura de su entraña estética.
......(...)
Nos ha tocado a nosotros sondear el fondo de lo humano y contemplar los abismos de lo inhumano, desprendernos así de engaños, de falacias ideológicas, purgar el corazón, limpiar los ojos, y mirar al mundo, con una mirada que, si no expulsa y suprime todos los habituales prestigios del mal, los pone al descubierto y, de ese modo sutil, con sólo su simple verdad, los aniquila.


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martes, 27 de octubre de 2009

Con mi entrañable Neruda





A la isla de Pascua y las presencias
salgo, saciado de puertas y de calles,
a buscar algo que allí no perdí.
El mes de enero, seco,
se parece a una espiga:
cuelga de Chile su luz amarilla
hasta que el mar lo borra
y yo salgo otra vez, a regresar.

Estatuas que la noche construyó
y desgranó en un círculo cerrado
para que no las viera sino el mar.

(Viajé a recuperarlas, a erigirlas
en mi domicilio desaparecido.)

Y aquí rodeado de presencias grises,
de blancura espacial, de movimiento
azul, agua marina, nubes, piedra,
recomienzo las vidas de mi vida.




jueves, 15 de octubre de 2009

"Desaprender entre los árboles..."


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....Despedida
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Desmonto. Mientras bebemos vino:
¿Adónde irás? El mundo me ha engañado
A mi colina del mediodía me vuelvo.
Ve, vete. No pregunto más:
Nubes blancas sin fin, nubes.

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....Al perfecto Chang
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Mi otoño: entro en la calma,

Lejos el mundo y sus peleas.
No más afán que regresar,

Desaprender entre los árboles.

El viento del pinar abre mi capa,
Mi flauta saluda a la luna serrana.
Preguntas, ¿qué leyes rigen "éxito" y "fracaso"?
Cantos de pescadores flotan en la ensenada.

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....En la ermita del parque de los venados
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No se ve gente en este monte,
Sólo se oyen, lejos, voces.
Bosque profundo. Luz poniente:
Alumbra el musgo y, verde, asciende..


....Ascensión
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El caserío anidó en el acantilado.
Entre nubes y nieblas la posada:
Atalaya para ver la caída del sol.
Abajo el agua repite montes ocre.
Se encienden las casas de los pescadores.
Un bote solo, anclado. Los pájaros regresan.
Soledad grande. Se apagan cielo y tierra.
En calma, frente a frente, el ancho río y el hombre.


....Montes de Chungnan
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Cordillera de Chungnan: desde la capital,
Cerro tras cerro, hasta el borde del mar.
Las nubes: si me vuelvo, contra mí se cierran;
La niebla turquesa: si entro en ella, se disipa.
En el pico central cambian las direcciones:
Diferente la luz, diferente la sombra en cada valle.
Por no pasar la noche al raso, llamo a un leñador:
Salta mi grito a través del torrente..



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Wan Wei (699-759), poeta y pintor chino. Se le considera el fundador del estilo de pintura paisajístico puro y fue uno de los maestros del verso lírico de la dinastía Tang. Aunque no se conserva ninguna obra auténtica, sus poemas destacan por su gran sensibilidad hacia la naturaleza. Fue también un gran calígrafo. ENFOCARTE

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sábado, 10 de octubre de 2009

"No me lo creo, no lo merezco, estoy muda"

Nunca he leído a Herta Müller, pero recuerdo con toda claridad el libro que hace ya muchos años intentó abrirle las puertas en el mercado literario español. Fue En tierras bajas. Las críticas literarias, si no me equivoco, le fueron propicias. Después se hizo el silencio, al menos nunca volví a oír hablar de ella , y supongo que muy poca gente ya que la sorpresa en la concesión de este Nobel alcanza incluso a círculos literarios alemanes. Misterios de este mundo de las letras.
.---Me intriga su figura. Me he hecho un exhaustivo barrido por la red, enterándome de cosas como éstas: que "es una escrutadora de las sombras", que "su lectura encoge el estómago", que "a penas incide en la política pero sí abrumadoramente en el aniquilamiento psicológico del pueblo", que "escribe con crudeza, con desgarro"... o que "escribe con letras cargadas de poesía". Pero en este punto casi todo el mundo coincide: descubrirla, leerla con afición y, los que ya lo hayan hecho, leerla como si fuera la primera vez, para que su retrato humano se convierta en un retrato de familia porque, añaden, merece la pena.
....Me parece bien. Sólo pido que la Academia no nos defraude con ella como lo ha hecho con el dichoso Obama y su Nobel de la Paz (?). Mis temores, siempre tan tiquismiquis, aunque en esta ocasión plenamente justificados, me han formulado una pérfida matemática: que Herta sea a la literatura lo que Obama es a la paz. Pero no lo creo, porque acabo de pasarme (en plan corolario) por una página habitual, BibliObs*, que me ha tranquilizado (los temores) muchísimo. Su vida muy bien podría ser garante de una obra espléndida, aun en su sombría narrativa, aun en toda esa pavorosa realidad de la que viene a ser testimonio. No hay ser humano más fecundo en el arte que aquél que ha sufrido las bofetadas de los dos tradicionales bandos en los que se divide la humanidad. Estar en el medio de la pagaille es una cosa muy mala-malísima, pero, bueno, si sabes describirlo, te da la gloria. Pongamos un Nobel. Pongamos lo que sea que te alivie la paliza.
....Empezaré por su inquietante novela "Tierras bajas". Siempre busco algo que me dé claves y me abra puertas, y percibo que esta señora tiene unas cuantas a cal y canto. A ver si puedo decir, parafraseándola libérrimamente, que me la creo y que seguramente la merezco porque me ha dejado muda.


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martes, 6 de octubre de 2009

"Canto nocturno de un pastor errante en Asia"


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¿Qué haces, luna, en el cielo? Di: ¿qué haces,
Oh silenciosa luna?
Cuando anochece naces, los desiertos
Contemplas al pasar, después te escondes.
¿Aún no estás fatigada
De recorrer las sempiternas rutas?
¿Aún no sientes hastío, no te cansas
De ver estas llanuras?
Paréceme a tu vida
La vida del pastor,
Desde el primer albor
Del día va guiando su rebaño;
Ve reses, fuentes, prados;
Y a la noche, rendido ya, reposa,
Y no aspira a otra cosa.
Dime, oh luna, ¿qué espera
Al pastor en la vida?
¿Vivir de qué te sirve? ¿Qué fin tienen
Mi existencia tan breve
Y tu inmortal carrera?


Viejo, canoso, enfermo,
Harapiento, descalzo,
Con gravísima carga en las espaldas,
Por valles y montañas,
Por arenas y rocas y barrancos,
Al viento, en la tormenta, cuando el aire
Abrasa, y cuando hiela,
Corre, suspira, anhela,
Cruza charcos, torrentes,
Cae, se alza y su camino sigue,
Sin tregua y sin consuelo,
Lacerado y sangriento, hasta que llega
Donde tanto pesar encuentra el término: a inmenso, hórrido abismo,
En que, al precipitarse, todo olvida.
¡Oh, virgen luna, igual

Es la vida mortal!

Nace al dolor el hombre,
Y ya es riesgo de muerte el nacimiento.
Prueba pena y tormento
En cuanto llega al mundo, y ya principian
Los padres a enseñarlo
A consolarse de haber nacido.
Cuando creciendo viene,
Su afecto le sostiene, y nunca dejan
Con actos y palabras,
De prepararle el alma
Para sufrir la pena de ser hombre;
Otro oficio más grato
La paternal ternura no concibe,
Mas ¿por qué nace y vive,
Para qué entra en la vida
Quien sólo en ella ha de encontrar dolores?
Si en ella no gozamos
¿Por qué la conservamos?
Tal es, intacta luna,
Nuestra triste fortuna.
Mas tú mortal no eres;
No te inspira mi afán piedad ninguna....

Tú, solitaria, eterna peregrina,
Tan pensativa, siempre, lo que sea
Este vivir terreno,
Esta pena, esta angustia acaso sabes;
Lo que sea el morir, esa suprema
Palidez del semblante,
El adiós a este mundo, el separarnos
De toda dulce y tierna compañía.


Conoces ciertamente
El porqué de las cosas y los frutos
Del día y de la noche,
Del tácito infinito andar del tiempo.
Tú de seguro sabes a qué amores
Ríe la primavera,
Qué procura el estío y qué persigue
Con su nieve el invierno.
Mil cosas tú conoces; mil descubres
Que al sencillo pastor no se le alcanzan.
Cuando muda te miro
Iluminar el llano solitario,
Que en su confín remoto se une al cielo,
Y marcho con mi grey
Y me sigues fielmente en mi camino;
Cuando veo el azul lleno de estrellas,
Pensativo me digo:
“¿Para qué tantas luces?
¿Qué es este aire infinito, esta profunda
Infinita mansión? ¿Qué significa
Este insondable abismo? Y yo, ¿qué soy?”
Meditando así voy: y de este espacio
Magnífico sin límites,
Y de la astral familia innumerable
Y tanta actividad y movimientos,
En las cosas celestes y terrenas,
Que, girando sin tregua,
Tornan siempre a su punto de partida,
La utilidad, el fruto
Adivinar no sé. Mas tú, sin duda,
¡Oh doncella inmortal!, sí lo conoces.
Yo sólo sé y entiendo
Que de este eterno giro,
De mi frágil esencia,
Cualquier otro tendrá goce o provecho,
Mas para mí es amarga la existencia.


¡Oh mi feliz rebaño, qué tranquilo
Reposas, ignorando tu miseria!
¡Cuánta envidia te tengo!
No ya porque de afanes
Casi libre te encuentras,
De fatigas y daños
Y aun de extremo temor te olvidas pronto
Porque jamás te embarga el tedio.
Descansas a la sombra y en la hierba,
Y nada te perturba,
Y en tan plácido estado
Consumes la mayor parte del año.
Y a mí, cuando rendido ya, me siento
A tu lado, me llena el pensamiento
El hastío de todo, que incesante
Me acosa, y más que nunca estoy lejos
De encontrar el descanso,
Aunque yo a nada aspiro
Mi motivo hasta aquí tuve de llanto.
Por qué gozas y cuánto
No sé decir; mas sé que eres dichosa.
Y Yo aún poco disfruto,
Oh mi grey, ni me quejo de esto solo.
Si hablar supieras, yo preguntaría:
Dime ¿por qué yaciendo
Sobre la hierba ocioso
Todo animal descansa
Y el tedio turba mi reposo?


Si yo pudiera en vuelo impetuoso
Remontarme a las nubes
Y contar las estrellas una a una,
O como el trueno errar de cumbre en cumbre,
Sería más feliz, dulce rebaño;
Sería más feliz, cándida luna,
O acaso desvaría
Pensando en otro azar la mente mía.
Quizás acertemos
Diciendo que en cualquier estado y cuna
Nos es funesto el día en que nacemos.


giacomo leopardi



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Y el regalo del amigo:

“Revoca lo que demanda la insensata madurez.
Hazlo ahora que la lluvia ha vuelto.
Reconócete de nuevo en la locura de las estaciones”

El Aviador Capotado



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miércoles, 30 de septiembre de 2009

Poemas para una despedida

JOSÉ ANTONIO MUÑOZ ROJAS


        Tu oficio, poeta...
                (De Oscuridad adentro)

Para que algo quede de este latir,
para que, si alguien quiere mirarse, pueda;
para calmar quizá alguna sed, y que alguien diga
"a mí me pasó algo semejante".
Los poetas estamos para eso:
para ofrecerles tránsito a los demás,
para que se encaramen sobre nuestros latidos, y que divisen
un poco más allá, en medio
de tanta oscuridad como nos circunda.
A veces nada tiene sentido, ni siquiera
que me des la mano o ese
limón redondo tan bello en la vereda.
A veces lo que tiene sentido no tiene sangre,
ese poco de sangre por la cual se muere.
Todo es ganas de morir de otra manera,
ganas de imitar a los ríos y que la tierra vea
que hay otras aguas y otras penas, y los cielos
contemplen misericordiosamente
nuestras peregrinaciones.
Tu oficio, poeta, es contemplar,
que todo se te escriba dentro; luego,
quizá leer allí mismo, quizá decir a los otros
lo que allí mismo, escrito, tú lees.


        XVII
                (De Objetos perdidos)

Hay palabras que se unen y crean.
Su unión siempre es fecunda. Quien las tenga
de huéspedes en el alma será salvo.
Decirlas es perderlas. Viven dentro.
Sus nombres son Silencio y Soledad.
Y su fruto la paz. A veces nuestra.



        De puntillas ha entrado en mi alma
                (De Entre otros olvidos)

De puntillas ha entrado en mi alma
sin sentirlo, ni si el alma tiene puertas,
aunque he sentido pasos, y calor,
y ese silencio que sucede.
No hay silencio como el de la soledad,
que no es tan fácil como se dice
eso de estar solo (pero eso es otra cosa,
siempre todo es otra cosa). Pero vuelvo
a la soledad que tan bien se lleva,
con ese silencio que se hace
en la soledad, y desvanece las compañías
que no son soledad, y nos hace
andar por dentro, sintiendo las resonancias
del silencio en la soledad, las olas
de la soledad en el silencio.



        Sueño adentro
                (De Rescoldos)

Hoy ya que sólo queda la sombra y el recuerdo,
la sombra de los árboles saliendo entre la brisa
de aquel jardín en donde las horas iban lentas,
como un cielo de noche, sin noche y sin orillas.
Hoy ya que sólo llevo tantos pozos a donde,
si me asomo, contemplo las cosas que me miran,
la mano vieja, el tacto, la estancia grande y clara,
el silencio y la voz cantándome tranquila
mientras me voy perdiendo sueño adentro. En la calle
un silbido, unos pasos, un vuelo. No se olvida
lo que escriben los sueños en la sangre. Revive
por la noche y a veces nos hace por el día
tornar la cara. Llaman. Ay qué sombra tu sombra
en las paredes blancas, tu falda fugitiva
entornando postigos, dejándome embargado
riberas de los sueños, aguas del sueño arriba.
Hoy que todo se hace transparente y tranquilo
como el mar cuando está muy cerca de la orilla,
y latido a latido el corazón devuelve
la ternura hecha sangre que parecía perdida.
Todo torna a lo mismo. ¿No son las sombras sabias
guardando los espejos, donde se vio algún día
aquella cara joven, aquella forma dulce,
aquel calor de ave en la mano? Prendida
de paso y para siempre clavado, para siempre
haciendo aquel instante. En lo hondo, a lo lejos,
¿este cuarto, este instante tus ojos no veían?


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lunes, 14 de septiembre de 2009

Con su ausencia a mi lado



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El otoño va llegando al Maresme. Muy poco a poco. Pero está muycerca, y es en días como éste que ya no cabe engañarse. No hace frío, todavía viajan por el aire algunos ardores del verano; son puntuales reminiscencias del nuevo sol que era (con Salinas en la cabeza desde que he despertado) y que llevarían fácilmente a creer, si no fuera por lo que va denotando el paisaje, en una prolongación de agosto. He salido muy temprano hacia el espigón, mi paseo favorito, hoy casi despoblado. Hoy más hermoso que nunca porque se oía el parloteo de las olas y era un espectáculo ver a las gaviotas, nerviosas, hambrientas, volando en círculos sobre la playa. Estos días procuro no olvidarme de la cámara, así voy registrado las mutaciones en la piel del paisaje, que a veces son leves cambios, y otras veces, rotundas, innegables transformaciones. Todo me lo llevo en esa latita que luego vacío en el ordenador. Tres figuras por delante y otras tantas por detrás, y sobre mi cabeza un cielo turbulento preñado de nubes gordas y sucias que el alto viento desgarraba a placer. Va a llover, me ha dicho mi infalible olfato cantábrico tantas veces burlado por un socarrón Mediterráneo que se las sabe todas. He mirado con disimulo a la señora que estaba a mi altura en ese momento. No parecía peocupada, y eso que la mujer iba con bastón y ya tenía su añitos. Adelante, que no se diga. Adelante, adelante, hasta el banco que cierra el paseo, en donde me he sentado unos momentos a escuchar la cháchara de las olas, que tampoco parecían preocupadas por la movida de las alturas. Ha pasado la bandada de gaviotas chillando, desesperadas. Eran las diez y seguramente continuaban en ayunas. Pero después se ha hecho un silencio sólo traspasado por el ruido del mar. Qué paz. Qué bienestar. Mi infalible olfato ha vuelto a la carga. Mertxe, levántate y anda, me ha aconsejado. Cuando ya estaba hacia la mitad del espigón, se ha hecho prácticamente de noche y el aire traía una multitud de gotas de lluvia. Mertxe, corre a todo correr, me ha gritado el olfato. Y he corrido. Hemos corrido la maratón. Las tres figuras que iban delante: dos señoras mayores, la del bastón y otra que debiera haberlo tenido, y una chica en bermudas. Las tres que iban detrás: un matrimonio (digo yo) de mediana edad y su nieto (sigo diciendo yo). Y yo. Cada uno de nosotros en sus marcas, cada uno de nosotros en sus categorías, pero los siete, más un negro más negro que la tormenta en ciernes, que ha salido de no se sabe dónde, hemos ido llegando ex aequo a la meta, es decir, al paso subterráneo que salva la carretera de la Avenida del Maresme. Y ahí es donde el aguacero se ha desencadenado en todo su esplendor. Menos mal que el entarimado central tenía unas aberturas lo suficientemente anchas como para filtrar el agua, porque los amplios canalones laterales no daban abasto. Menos mal, repito, pues el agua bajaba por las escaleras y las rampas que limitan el paso como debe de bajar en las caratas del Iguazú. Diez minutos hemos estado allí refugiados, hombro con hombro, viendo caer agua; diez minutos en plena alianza de civilizaciones y, lo que es más milagroso, de generaciones. Ha llovido tanto que en alguna de las fotos que he sacado no me extrañaría descubrir, en un fantasmagórico segundo plano, el Arca de Noé. (Si es así, la enviaré a Cuarto Milenio.)
....He regresado a casa contenta, con tu ausencia a mi lado y contenta. Puedo decir ahora mismo, mientras sigue cayendo la lluvia, que ha sido un día bastante aceptable. Esta noche he vuelto a soñar contigo, aita; y he soñado con Salinas, que me ha traído estos versos que tan bien le cuadran a mis paseos:
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¡Qué paseo de noche
con tu ausencia a mi lado!
Me acompaña el sentir
que no vienes conmigo.
Los espejos, el agua
se creen que voy solo;
se lo creen los ojos.
Sirenas de los cielos
aún chorreando estrellas...

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miércoles, 22 de julio de 2009

Sin él, casi sin mí




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De ahora en adelante todo será distinto, otra cosa, otra vida. ¿Vida? ¿He dicho vida? Qué sé yo lo que me digo, llevo mucho tiempo hablándome incesantemente, con miedo, con esperanza, a veces con rabia, llevo tanto tiempo fuera del tiempo que ya no controlo las palabras. Me temo que tampoco la realidad. Era mi aita, era lo que quedaba de un tiempo de ternura, Marisa lo llamó así, tiempo de ternura, y a mí me vino muy bien esta frase, encajaba perfectamente con esos años en que tus aitas te miran y te abrazan, te protegen, saben mucho más de ti que tú misma, esperan que llegues y se adelantan dondequiera que vayas, siempre estaban, siempre los tenías al alcance de un capricho o abrigándote en un dolor.
....No sé cuándo volveré por aquí, ahora deseo callar, andar todo lo que pueda, pasear en silencio, yo conmigo, asumiendo esta soledad desconocida de la que me urge hacerme amiga, quererla sobre todo, vivir asida de su mano y avanzar por caminos que sólo ella conoce. Quizás dentro de poco todo vuelva a parecerme real y abra el ordenador y retome a mis amigos y algo de lo que fui regrese para recordarme hábitos y maneras, una mecánica, en definitiva, que me permita seguir moviéndome, pero hoy sólo floto en el vacío, me he convertido en un sueño dentro de otro sueño más denso del que no me es posible despertar.

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domingo, 5 de julio de 2009

La luz de los regresos

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Esta noche te has acercado otra vez hasta mis sueños. Llegabas de los confines de la ausencia para corretear por los campos de mi fantasía o, quizás, quién sabe, de la tuya. Durante algún tiempo me lo estuve preguntando y al fin concluí que la respuesta no cambiaría nada en absoluto, no iba a lograr que el tiempo retrocediese modificando con ello tu destino. Dejé, pues, de escrutar tan inútiles cuestiones y me aferré con pragmatismo a lo único que realmente contaba: tu presencia llenando conmigo esa onírica geografía que nos acoge y de la que no me urge saber si es el alma de alguno de los dos. No pretendo ser sabia, me conformo con ser razonablemente feliz y por eso cada noche, al cerrar los ojos y por primera vez en todo el día, pienso en ti. Desde mis más ignotas profundidades algo suave y a la vez pujante toma la palabra para entrar en coloquios contigo, y yo, que soy materialista diurna, al borde de los sueños me veo cometiendo la más vergonzosa de las apostasías para hacerme feligresa de variopintas metáforas religiosas. Amparada en la doble oscuridad de la habitación y de mis ojos cerrados a cal y canto, elevo plegarias a los dioses, les pido que, si realmente son, si verdaderamente están, te traigan a mí o me lleven a ti. Para ellos, para que perdonen mi camaleonismo, convierto mi nocturno corazón en una ofrenda desmesurada de templos y monumentos. Sé que es una liturgia promiscua, pero siento que debo participar en este pulso contra la naturaleza. Algo me lleva a incorporarme a las filas de esa humanidad que se entrega a lo impalpable. Desde el fondo de los tiempos, a este sino injusto de llegar y pasar disputamos el relativo derecho a no perdernos en la muerte; tanteamos, con la fe abierta o con la tenue esperanza, incluso con el escepticismo, tanteamos buscando disolver el gran misterio. Soñamos porque los sueños son la patria de los que no se resignan a ser hojas en el viento.
....En esta contienda, yo milito en la nutridísima célula de los fariseos. De día, pretendo que la razón alumbre todos mis actos. Practico el silogismo científico. Destesto la utopía. Soy muy seria. Pero llega la noche y entonces surge mi homo religiosus y me espanta todos esos rigores. Este invertebrado que vive en nosotros desde mucho antes de que tengamos conciencia de ser nosotros me pone en contacto con lo difuso y es así que vienen a ocurrir posiblemente nuestros encuentros. Sin embargo, este visitante es intermitente, ya lo sabes, por lo que suelen pasar las horas, la noche entera, una multitud de noches sin que acudas a mí, y entretanto mi ciudadela se va desmoronando, este derroche de piadosa arquitectura acaba exhibiendo su esqueleto de ruinas y es profanado por un tropel de sueños que cruzan como fantasmas las calles que fueron. Al despertar, mi memoria conserva vaga huella de su tránsito, apenas puedo recordar lo que me han contado, ni a quién pertenecen las elusivas sombras que los pueblan. Sé, desde luego, que tú no estabas y, cuando abro los ojos, no me siento ni bien ni mal, mi cuerpo ha respondido a una imposición biológica. Esperaré. Esperaré pacientemente a que mis presurosos y desharrapados sueños dejen paso, una noche cualquiera, al esplendor de tu presencia. Como ha sucedido hoy mismo, cuando he vuelto a encontrarme en ese recinto de paredes tibias y pegajosas donde el tiempo parece trabado en un presente continuo.
....Es un limbo en el que permanezco enroscada lo mismo que un embrión. Existo, de alguna forma extraña puedo saber que existo, pero es como habitar el mundo de las ideas de Platón, soy un molde de mí misma, vivaqueo bajo un cielo ciego y circular que me protege como lo haría una nutriente placenta. Hasta que tú apareces como un mesías de luz. Entonces, el blando y glauco silencio se rompe unos instantes con el vuelo ondulante de tus manos, dos aves en el aire buscando el nido de las mías. El inacabable amanecer que te acompaña me revela de pronto todas las verdades del universo, entre otras, quién soy exactamente y qué hago allí. A partir de este prólogo repetido fielmente cada vez, nuestros encuentros ya no responden a ningún guión. Precisamente era esta escenografía la que me llevaba a desconfiar de lo activo de mis aventuras oníricas. Me preguntaba quién soñaba a quién. Era fantástica la duda y, hasta cierto punto, inevitable dado que, si bien es cierto que la imaginería de los sueños no tiene límites, todo este atrezo recreando mi nacimiento no tenía aspecto de ser un mero capricho estructural. Algo en mí se negaba a admitir tanta frivolidad. En aquellos días de preocupada búsqueda recordaba tu fascinación por la mitología griega, en particular, por la leyenda de Zeus concibiendo en su cabeza a la Ojizarca.
....Pero ya te he dicho que no me interesaba la posesión de ninguna verdad última. Ni soy quién para encontrarla ni tengo los medios, ¡pobre de mí!, ¿qué medios?, debo quedarme con estos sueños que abren tan agradables paréntesis a tu ausencia, gracias a los cuales aún puedo recuperarte. Esta noche he encerrado tus manos en las mías y me he lanzado al interior de tu mirada para descubrir mi propia imagen recostada en un mullido e irisado lecho. Sensaciones serenas, sin algaradas emocionales, como si no te hubieras ido nunca, como si no te hubiera llorado tanto, todo transcurriendo entre tu paz y la mía, entre mi vida y tu muerte. Me he visto recorriendo una comarca de contornos y colores imprecisos. A medida que avanzábamos, este territorio se desplegaba con nosotros, como si nuestros pies estuvieran sobre un caleidoscopio y la tierra brotara y brotara debajo, siempre nueva y siempre alejándose. Nacía el paisaje a cada instante, nacía con tu luz cayendo sobre su huidiza epidermis como una lluvia serena. Si Rimbaud no lo hubiera hecho ya, hoy podría decir que he soñado la noche verde de nieves deslumbradas. Por las cuatro esquinas de mi deslumbrada noche he sido privilegiada Atenea que oía tu mirada, veía tu palabra y hablaba con tu corazón. Por la mañana, en mis manos persistía el eco fragante de las tuyas y, en mi cabeza, la evidencia de que jamás te he querido tanto como te quiero en estos sueños.
....Mis ojos se han abierto pesadamente en la penumbra de la habitación. Tras la persiana había un fulgor amarillo y urgente. Una presencia sofocante a pesar de lo temprano de la hora se aplastaba contra la madera haciéndola crujir. A través de las ranuras introducía una artillería de dedos luminosos y ávidos; penetraban como cuchillos apuñalando la oscuridad que, malherida, se retiraba hacia los ángulos más distantes de la ventana. Allí los dedos crecían y se ahuecaban hasta producirse en ellos una metamorfosis cónica. En esas turbias gargantas he visto rotar a cámara lenta miles de cenicientas partículas en las que he reconocido los miasmas del sueño que el día venía a desbaratarme. He extendido el brazo hacia el lugar que suele ocupar Antton, pero sólo quedaba el hueco tibio y ligeramente húmedo de su cuerpo.
Desde la cocina llegaba su voz mezclada con el llanto de la niña insoportablemente mimosa por las mañanas. Las dos mujeres de Antton lo esclavizan, pero esto no parece importarle en absoluto, más bien al contrario, juraría que goza con su vasallaje. Tras esa sonrisa un poco malévola, tan milimétricamente exacta a la tuya, con que nos obsequia cuando le lloramos o le reñimos, se adivina una entrega inmensa. Por unas décimas de segundo, algo parecido a un sentimiento de culpabilidad ha podido echarme de la cama para poner un poco de orden entre padre e hija, pero se ha desvanecido, tan leve era su textura. Estaba despierta, de vuelta, sin embargo, el esfuerzo de un viaje demasiado intenso y distante me exigía un período de aclimatación antes de retomar mi vida de siempre. Era lo mismo que suele experimentarse a la vuelta de las vacaciones. Por unos días deambulamos como sonámbulos de aquí para allá, malviviendo entre los paisajes perdidos y los recuperados, no se pisa firme porque aún no estamos completos, una parte de nosotros sigue moviéndose tozudamente por alguna playa distante, haciendo incluso que nuestros ojos de aquí reciban insinuantes tarjetas postales. Pero regresa al fin ese veraneante remolón que se abraza desesperadamente al espectro del verano, regresa tan agotado que sólo es capaz de colgarse pesadamente de su otra mitad y será un haragán durante algún tiempo. He permanecido en la caliente oscuridad hasta que los alborotadores de la cocina se han marchado. Después, cansada, muy cansada, agobiando con mi peso a mi mitad responsable, he comparecido en mis días sin ti.
....La cocina era un caos, aunque ya hace tiempo que decidí no quejarme de los desbarajustes perpetrados por Antton. Supongo que mi silencio es una especie de indemnización moral que ofrezco a mi marido por mis escapadas. No la de ida, claro está, pero sí la de la vuelta. Mientras se calentaba el café ha sonado el teléfono. En el hospital vuelven ha cambiarme el turno, así que hoy también llegaré a casa de madrugada. Me he acercado al balcón con la taza en la mano, dejando que el aliento del café se paseara por mi rostro. Me gusta esta caricia húmeda, me conforta y me anima. En las próximas horas habrá otros cafés y ninguno tendrá la calidez y el sabor de éste. De pronto, los ojos se me han ido al encuentro de una pequeña gaviota que planeaba en círculos, casi en vuelo rasante, sobre las ocres y quietas olas de los tejados próximos. No es la primera que veo a estas horas, está muy cerca el mar y algunas de estas aves anidan por las terrazas de mis vecinos. Pero esto es diferente. Muy diferente. Me ha extasiado el espectáculo hasta el punto de olvidarme del café, y no era para menos. El ave, gradualmente, había ido convirtiendo su vuelo en un auténtico alarde acrobático y, por alguna misteriosa razón, yo estaba convencida de que los rizos ascendentes, las barrenas vertiginosas, las paradas en seco a escasos centímetros de aquel mar de barro cocido, todo, todo ese alarde me estaba destinado. Inesperadamente, se ha posado muy cerca de mi balcón, tanto que distinguía perfectamente los dos puntitos ambarinos de sus ojos. He pensado en Juan Sebastián Gaviota. En realidad, pensaba en ti regalándome una inusual despedida antes de volver con tu bandada al litoral donde vives ahora.
....Me esperaba tu habitación, ahora la de Nere, para arreglarla. Todavía me domina un poco este cuarto. Aunque no piense en ello de una manera clara, noto que mis piernas ceden levemente en el umbral. En esta mañana en que me siento tan remisa a abandonarte han vuelto a flaquear al tiempo que en mi cabeza alguna cuerda de los violines de la memoria se tensaba peligrosamente. Ha sido inevitable retroceder a aquella tarde aciaga en que entré en este cuarto por primera vez dos semanas después de tu muerte. Los días anteriores había estado debatiéndome atrapada en un crepúsculo interminable, a veces gritando, a veces riendo, a veces llorando desgarradamente. Luego, en el fondo de aquella locura me acogió un caritativo sopor, una suerte de coma del que poco faltó para que no saliera. Pero volví. Con todas las bocas de mi dolor abiertas me reincorporé a la vida y a los brazos de Antton. Hoy puedo decir que mis heridas están cicatrizadas. Es cierto que son visibles, que son feas, pero ya no muerden. No obstante, hay una que no se ve, no se ve y es la peor de todas. Nada tiene que ver contigo, me sobrevino al regreso del infierno y vive en mi conciencia. Cuando miro a Antton, si no ando con cuidado, se pone a rezumar un humor blancuzco y espeso que me envenena como sólo puede hacerlo la vergüenza... Mi pobre y desolado Antton de aquellos días terribles en que tuvo que beberse ríos de lágrimas. Mi pobre y desolado Antton... ¿Dónde lloraría al fin? ¿Por qué rincones apartados de mi egoísmo fue liberando su dolor? Sola y valiente, estúpidamente sola y valiente, entré en tu habitación creyendo que con eso demostraría mi fortaleza a todo el mundo. Sobre tu mesa de trabajo se hallaba uno de los tomos del diccionario. Procuré ignorarlo. Fui de un lado a otro sin atreverme a tocar nada. Miraba. Los ojos se me enganchaban de cada objeto, de cada detalle. El ordenador lleno de polvo, un par de bolígrafos apuntando bajo una carpeta, la bufanda de la Real sobre una silla, el armario entreabierto. Miraba. Miraba, pero en mi cabeza la poderosa imagen del dicionario lo borraba todo. Una extraña urgencia se apoderó de mí. El diccionario parecía llamarme a grandes voces. Lo cogí para colocarlo en su estanteria, y un folio doblado se deslizó de sus páginas cayendo a mis pies. Al recogerlo, mi corazón se alborotó al ver tu letra, grande y redonda, aquella letra poderosa, conformando un poema dedicado a una desconocida Maider. El miedo se hizo relámpago en mi cabeza, sin embargo, su trallazo no consiguió disuadirme. Leí: "Tus manos en mi frente, aladas caricias, se detienen. / Cierro los ojos para verte. / Sello mis labios para hablarte. / Abro los batientes de mi corazón para que entres"... De pronto, me di cuenta de que tu voz retumbaba por la habitación. Cada una de tus palabras era un cañonazo que conmovía las paredes, penetrando en mi cerebro todavía con más violencia. Quise gritar pero ya la desesperación era una sierpe reptando por mi garganta. Caí vencida sobre la cama y entonces un denso silencio se echó a mi lado y me abrazó. No sé cuánto tiempo me tuvo atrapada aquel inquietante compañero, lo que sí recuerdo con toda claridad es un leve roce en mi frente, un apretar los ojos y los labios, y mi corazón de par en par, de par en par... Salí del cuarto como sale un barco de la tormenta y a pesar de mi destrozo aún pude distinguir tu sonrisa un poco malévola, tan milimétricamente exacta a la de tu padre. Hubiera pulverizado aquel retrato pero no me quedaban fuerzas, y hoy, delante de ese rostro anclado en una adolescencia que difumina la pátina de los años, tu sonrisa está tan atenuada que hasta me parece ver en ella una inesperada dulzura. Ha vuelto a sonar el teléfono, y en algún lugar de mi pecho se ha cerrado suavemente una puertecilla.
....Esta noche reincidiré en mi soborno a lo impalpable. Seré otra vez Acrópolis y lanzaré tentadores pentélicos guiños a todos los dioses habidos y por haber. No vendrás, sé que tardarás en volver y no me importa, no me importa en absoluto. He aprendido a esperarte. He conseguido la preciada luz de los regresos y la dejo cada noche, junto con mi amor, en todos los altares.

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miércoles, 1 de julio de 2009

"La Naissance du jour"

Adèle-Eugénie Sidonie Landoy
(Sido)
....Señor:
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....Me pide que pase ocho días en su casa, es decir, cerca de mi hija que adoro. Usted, que vive con ella, sabe cuán raramente la veo, cómo me encanta su presencia, y me emociona que me invite a venir a verla. Sin embargo, no aceptaré su amable invitación, al menos no por ahora. He aquí el porqué: ¡mi cactus rosa probablemente va a florecer! Es una planta muy rara, que me han dado, y que, me dicen, sólo florece en nuestros climas cada cuatro años. Ahora bien, yo ya soy una anciana, y, si me ausentara mientras que mi cactus rosa florece, tengo la certeza de que no lo volveré a ver florecer de nuevo...
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....Acepte, Señor, con mi sincero agradecimiento, mis saludos y mi pesar.


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Este mensaje, firmado "Sidonie Colette, nacida Landoy", fue escrito por mi madre a uno de mis maridos, el segundo. El año siguiente, ella murió, a los setenta y siete años. En el curso de las horas en que me siento inferior a todo lo que me rodea, amenazada por mi propria mediocridad, horrorizada al descubrir que un músculo pierde su vigor, un deseo su fuerza, un dolor su filo, puedo no obstante recuperarme y decirme: soy la hija de la que escribió esta carta -esta carta y tantas otras que tengo guardadas-. Ésta, en diez líneas, me enseña que a los setenta y siete años ella proyectaba y emprendía viajes, pero que la posible eclosión, la espera de una flor tropical, lo suspendía todo e imponía silencio incluso en su corazón destinado al amor. Soy la hija de una mujer que, en un pequeño país que averguenza, avaro y limitado, abrió su casa aldeana a los gatos errantes, a los vagabundos y a las criadas embarazadas. Soy la hija de una mujer que, veinte veces desesperada por carecer de dinero para el prójimo, corrió bajo la nieve azotada por el viento a gritar de puerta en puerta, en las casas de los ricos, que un niño acababa de nacer en un hogar indigente, sin mantillas, desnudo entre desfallecientes manos desnudas... ¿Podría yo olvidar jamás que soy la hija de tal mujer, que inclinaba, temblorosa, todas sus arrugas deslumbradas entre los sables de un cáctus bajo promesa de flor, tal mujer, que no había cesado ella misma de abrirse, infatigablemente, durante tres cuartos de siglo...?


COLETTE


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martes, 30 de junio de 2009

San Martzial jaiak

Hoy martes 30 de junio es San Marcial, el gran día de la muy entrañable ciudad de Irún. Mis mejores recuerdos de infancia se centran en sus fiestas patronales. La casa de mi tía Maritxu y mi tío Bixente -aquel último piso de la calle Fuenterrabía, con su inmenso y mágico balcón corrido- se adueña de mi memoria llenándola de felices imágenes. Allí me 'facturaban' mis padres todos los años, con la maletita bien repleta de mudas y vestiditos (sin olvidar la cinta y la boina rojas que adornarían durante las fiestas cualquier cosa que llevara debajo) para pasar el mes de junio. Mi primos Mari Carmen y Jesusín eran los anfitriones de mi talla. Tenían una tonelada de juguetes y hasta un cuarto propio en el que nos encerrábamos a cal y canto para jugar a nuestras anchas. Cuando llegaban las fiestas, el cuarto de los juguetes se trasladaba literalmente a la calle. Todo Irún era un cuarto de juguetes repleto de caballitos, autos de choque, norias, olas, globos, churros, chucherías... Otro juego, o más bien una aventura, suponían la contemplación del Alarde y la subida a San Marcial. Por las tardes nos esperaban las 'tapas' en el bar del Real Unión y por la noche, antes de los fuegos artificiales, las cenas en la sociedad de mi tío Bautista. Jolines y mecachis... Lástima que de niños no tengamos la capacidad bastante de valorar, además de gozar como nunca jamás volveremos a hacerlo, los momentos que vivimos. Sería como disfrutar dos veces al mismo tiempo de una misma cosa. Sería la leche. Perdón, debí decir la pera, que queda menos escatológico. Pero supongo que la Naturaleza es implacablemente rácana y no permite que el sabor del caramelo que nos manducamos en las jóvenes edades nos inspire toda una tesis existencial. Cada cosa a su tiempo debe de pensar Ella. Y no digo que no tenga razón. A nada que se piense con cierto raciocinio, las tesis son para otras etapas más despobladas y grises, las tesis son el producto de una conciencia disertante, es decir, vieja, es decir, a años luz de un cuarto de juguetes.
....En fin, que de nuevo han estallado los sanmarciales y mi nostalgia, y hoy, a cientos de kilómetros del monte San Marcial, a tantas vidas de distancia de aquella niña que se perdía de vista debajo una boina de dimensiones vizcaínas (¿dónde la compraría mi señora madre?), la romería perdida me duele un poco. En cualquier caso:
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Gora San Martzial!
Gora irundarrak!


....Y gora los niños que hoy viven sin saberlo una de las mejores etapas de su vida.

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sábado, 27 de junio de 2009

Algunos haikus de Benedetti


mientras revivo
acuden primaveras
a mi memoria

los grillos rezan
pero son oraciones
iconoclastas

con la alborada
renacen los mejores
remordimientos

con la piedad
a veces se organizan
lindas colectas

no te acobardes
son grises del crepúsculo
sombras de asombro



en la razón
sólo entrarán las dudas
que tengan llave

canción protesta
después de los sesenta
canción de próstata


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Con permiso de don Mario, dedico éste (que me acaba de inspirar) a June, Marisa y Soco:

la poesía
dice honduras que a veces
la prosa calla