viernes, 24 de octubre de 2008

Jesús muere, muere y ya va dejando la vida, cuando de pronto el cielo se abre de par en par por encima de su cabeza, y Dios aparece, vestido como estuvo en la barca, y su voz resuena por toda la tierra diciendo, Tú eres mi Hijo muy amado, en ti pongo toda mi complacencia. Entonces comprendió Jesús que vino traído al engaño como se lleva al cordero al sacrificio, que su vida fue trazada desde el principio de los principios para morir así, y, trayéndole la memoria el río de sangre y de sufrimiento que de su lado nacerá e inundará toda la tierra, clamó al cielo abierto donde Dios sonreía. Hombres, perdonadle porque Él no sabe lo que hizo. Luego se fue muriendo en medio de un sueño, estaba en Nazaret y oía que su padre le decía, encogiéndose de hombros y sonriendo también, Ni yo puedo hacerte todas las preguntas, ni tú puedes darme todas las respuestas. Aún había en él un rastro de vida cuando sintió que una esponja empapada en agua y vinagre le rozaba los labios, y entonces, mirando hacia abajo, reparó en un hombre que se alejaba con un cubo y una caña al hombro. Ya no llegó a ver, colocado en el suelo, el cuenco negro sobre el que su sangre goteaba.



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El Evangelio según Jesucristo
JOSÉ SARAMAGO
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miércoles, 22 de octubre de 2008

El número Pi


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Digno de admiración es el número Pi
Tres coma catorce,
Todas sus siguientes cifras también son iniciales,
Quince noventa y dos porque nunca termina.
No se deja abarcar sesenta y cinco treinta
Ycinco con la mirada,
Ochenta y nueve con los cálculos
Setenta y nueve con la imaginación
Y ni siquiera treinta y dos treinta
Y ocho con una broma o sea comparación
Cuarenta y seis con nada
Veintiséis cuarenta y tres en el mundo.
La serpiente más larga de la tierra
Después de muchos metros se acaba.
Lo mismo hacen aunque un poco después
Las serpientes de las fábulas.
La comparsa de cifras que forma el número Pi
No se detiene en el borde de una hoja,
Es capaz de continuar por la mesa, el aire,
La pared, la hoja de un árbol, un nido, las nubes,
Y así hasta el cielo,
A través de toda esa hinchazón e inconmensurabilidad celestiales.
¡Oh, qué corto, francamente rabicorto es el cometa!
¡En cualquier espacio se curva el débil rayo de una estrella!
Y aquí dos treinta y uno cincuenta y tres diecinueve
Mi número de teléfono el número de tus zapatos
El año mil novecientos setenta y tres piso sexto
El número de habitantes sesenta y cinco céntimos
Centímetros de cadera dos dedos charada y mensaje cifrado,
En la cual, ruiseñor que vas a Francia,
Y se ruega mantener la calma
Y también pasarán la tierra y el cielo,
Pero no el número Pi, de eso ni hablar,
Seguirá sin cesar con un cinco en bastante buen estado,
Y un ocho, pero nunca uno cualquiera,
Y un siete, que nunca será el último,
Y metiéndole prisa, eso sí, metiéndole prisa
A la perezosa eternidad para que continúe.

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wislawa szymborska

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domingo, 19 de octubre de 2008

De la página "Patente de corso":




ARTURO PÉREZ-REVERTE
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Cuadrilla de golfos apandadores, unos y otros. Refraneros casticistas analfabetos de la derecha. Demagogos iletrados de la izquierda. Presidente de este Gobierno. Ex presidente del otro. Jefe de la patética oposición. Secretarios generales de partidos nacionales o de partidos autonómicos. Ministros y ex ministros –aquí matizaré ministros y ministras– de Educación y Cultura. Consejeros varios. Etcétera. No quiero que acabe el mes sin mentaros –el tuteo es deliberado– a la madre. Y me refiero a la madre de todos cuantos habéis tenido en vuestras manos infames la enseñanza pública en los últimos veinte o treinta años. De cuantos hacéis posible que este autocomplaciente país de mierda sea un país de más mierda todavía. De vosotros, torpes irresponsables, que extirpasteis de las aulas el latín, el griego, la Historia, la Literatura, la Geografía, el análisis inteligente, la capacidad de leer y por tanto de comprender el mundo, ciencias incluidas. De quienes, por incompetencia y desvergüenza, sois culpables de que España figure entre los países más incultos de Europa, nuestros jóvenes carezcan de comprensión lectora, los colegios privados se distancien cada vez más de los públicos en calidad de enseñanza, y los alumnos estén por debajo de la media en todas las materias evaluadas.
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Pero lo peor no es eso. Lo que me hace hervir la sangre es vuestra arrogante impunidad, vuestra ausencia de autocrítica y vuestra cateta contumacia. Aquí, como de costumbre, nadie asume la culpa de nada. Hace menos de un mes, al publicarse los desoladores datos del informe Pisa 2006, a los meapilas del Pepé les faltó tiempo para echar la culpa de todo a la Logse de Maravall y Solana –que, es cierto, deberían ser ahorcados tras un juicio de Nuremberg cultural–, pasando por alto que durante dos legislaturas, o sea, ocho años de posterior gobierno, el amigo Ansar y sus secuaces se estuvieron tocando literalmente la flor en materia de Educación, destrozando la enseñanza pública en beneficio de la privada y permitiendo, a cambio de pasteleo electoral, que cada cacique de pueblo hiciera su negocio en diecisiete sistemas educativos distintos, ajenos unos a otros, con efectos devastadores en el País Vasco y Cataluña. Y en cuanto al Pesoe que ahora nos conduce a la Arcadia feliz, ahí están las reacciones oficiales, con una consejera de Educación de la Junta de Andalucía, por ejemplo, que tras veinte años de gobierno ininterrumpido en su feudo, donde la cultura roza el subdesarrollo, tiene la desfachatez de cargarle el muerto al «retraso histórico». O una ministra de Educación, la señora Cabrera, capaz de afirmar impávida que los datos están fuera de contexto, que los alumnos españoles funcionan de maravilla, que «el sistema educativo español no sólo lo hace bien, sino que lo hace muy bien» y que éste no ha fracasado porque «es capaz de responder a los retos que tiene la sociedad», entre ellos el de que «los jóvenes tienen su propio lenguaje: el chat y el sms». Con dos cojones.
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Pero lo mejor ha sido lo tuyo, presidente –recuérdame que te lo comente la próxima vez que vayas a hacerte una foto a la Real Academia Española–. Deslumbrante, lo juro, eso de que «lo que más determina la educación de cada generación es la educación de sus padres», aunque tampoco estuvo mal lo de «hemos tenido muchas generaciones en España con un bajo rendimiento educativo, fruto del país que tenemos». Dicho de otro modo, lumbrera: que después de dos mil años de Hispania grecorromana, de Quintiliano a Miguel Delibes pasando por Cervantes, Quevedo, Galdós, Clarín o Machado, la gente buena, la culta, la preparada, la que por fin va a sacar a España del hoyo, vendrá en los próximos años, al fin, gracias a futuros padres felizmente formados por tus ministros y ministras, tus Loes, tus educaciones para la ciudadanía, tu género y génera, tus pedagogos cantamañanas, tu falta de autoridad en las aulas, tu igualitarismo escolar en la mediocridad y falta de incentivo al esfuerzo, tus universitarios apáticos y tus alumnos de cuatro suspensos y tira p’alante. Pues la culpa de que ahora la cosa ande chunga, la causa de tanto disparate, descoordinación, confusión y agrafía, no la tenéis los políticos culturalmente planos. Niet. La tiene el bajo rendimiento educativo de Ortega y Gasset, Unamuno, Cajal, Menéndez Pidal, Manuel Seco, Julián Marías o Gregorio Salvador, o el de la gente que estudió bajo el franquismo: Juan Marsé, Muñoz Molina, Carmen Iglesias, José Manuel Sánchez Ron, Ignacio Bosque, Margarita Salas, Luis Mateo Díez, Álvaro Pombo, Francisco Rico y algunos otros analfabetos, padres o no, entre los que generacionalmente me incluyo.
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Qué miedo me dais algunos, rediós. En serio. Cuánto más peligro tiene un imbécil que un malvado.
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lunes, 13 de octubre de 2008



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      FINAL CONOCIDO


Después de haber comido entrambos doce nécoras,
alguien dijo a Pilatos:
.......................................-¿Y qué hacemos ahora?
Él vaciló un instante y respondía
(educado, distante, indiferente):
-Chico, tú haz lo que quieras.
...................................................Yo me lavo las manos.




ángel gonzález

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viernes, 10 de octubre de 2008

El punto 2, apartado a), ¿verdad?

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Artículo 54. Despido disciplinario.
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1. El contrato de trabajo podrá extinguirse por decisión del empresario, mediante despido basado en un incumplimiento grave y culpable del trabajador.
2. Se considerarán incumplimientos contractuales:
a) Las faltas repetidas e injustificadas de asistencia o puntualidad al trabajo.
b) La indisciplina o desobediencia en el trabajo.
c) Las ofensas verbales o físicas al empresario o a las personas que trabajan en la empresa o a los familiares que convivan con ellos.
d) La transgresión de la buena fe contractual, así como el abuso de confianza en el desempeño del trabajo.
e) La disminución continuada y voluntaria en el rendimiento de trabajo normal o pactado.
f) La embriaguez habitual o toxicomanía si repercuten negativamente en el trabajo.
g) El acoso por razón de origen racial o étnico, religión o convicciones, discapacidad, edad u orientación sexual y el acoso sexual o por razón de sexo al empresario o a las personas que trabajan en la empresa. Letra g) del número 2 del artículo 54 redactada por el apartado trece de la disposición adicional décimo primera de la L.O. 3/2007, de 22 de marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres («B.O.E.» 23 marzo).
Vigencia: 24 marzo 2007



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No se presentaba en el puesto de trabajo, así que la dirección de la empresa la despidió acogiéndose a lo estipulado en el artículo 54, punto 2, apartado a.
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El pasado 1 de octubre le fue remitida una carta comunicándole el despido y consiguientes finiquito de 938,89 € e indemnización de 2.416,20 €.
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.La trabajadora se llama Sandra T. y está en coma desde el mes de septiembre a causa de un accidente de tráfico.
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sábado, 4 de octubre de 2008

Marguerite Duras

."Un día, yo era vieja ya, en el hall de un lugar público, un hombre se ha dirigido a mí. Se ha presentado y me ha dicho: "Yo le conozco desde siempre. Todo el mundo dice que usted era bella cuando era joven, y yo vengo a decirle que la encuentro más bella ahora que cuando era joven, me gusta menos su rostro de jovencita que el que usted tiene ahora, ...devastado". Pienso a menudo en esta imagen que sólo yo veo todavía, y de la cual jamás he hablado. Ella siempre está ahí, en el mismo silencio, y me maravilla. Es, de entre todas, la que me gusta de mí misma, en la que me reconozco, en la que me complazco."

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Es el íncipit de L'Amant, la obra que le reportó, además del Goncourt, una tirada de tres millones largos de ejemplares, numerosas traducciones a otras lenguas y su consagración mundial como maestra de la anti-novela. La lectura de ésta como de casi todas sus obras nos produce la sensación de hallarnos ante un universo estático. Los escenarios parecen como pintados tras los personajes y, los mismos personajes, detenidos por la indecisión no acaban de salir de su estupor frente a un mundo que no entienden. Las heroínas (¡qué antinomia!) son mujeres casi mudas, atenazadas por la incomunicación, que miran largamente mientras esperan, porque sobre todo esperan que algo venga a su encuentro, tal vez el amor, tal vez lo contrario; sea lo que fuere, la novedad tendría que hacer un poco de ruido en su acolchada vida, y el ruido es bueno, el ruido sacude, despierta, redime de la inanidad. Pero las sensaciones, por muy genéticas que sean, también se equivocan. Se equivocaron de medio a medio las mías cuando cayó en mis manos la primera novela, Les Petits Chevaux de Tarquinia (1953), y aunque mucho más tarde supe que con la Duras es inevitable equivocarse gracias a la calculada ambigüedad que empapa toda su obra, no me alivió en absoluto este descubrimiento. Me avergoncé casi tanto como con aquella otra película de Resnais, El año pasado en Marienbad. Hoy en cambio -privilegios de la edad- me da la risa cuando recuerdo lo pardilla que fui y supongo que conmigo se ríe todo un ejército de desprevenidos contemporáneos. Y es que el nouveau roman no era apto para menores de edad [cultural] y a nosotros, los dichosos críos de la posguerra, aún nos chorreaba el líquido amniótico, tan retrasados en el crecimiento vivíamos. Sin dientes consolidados ¿cómo dar cuenta de aquellos platos de caza mayor?
....No podíamos saber que gente como Robbe-Grillet, Simon, Butor, Duras nos estaban alejando de los viejos esquemas literarios. La introducción, el desarrollo y el desenlace habían desaparecido en su aspecto formal; la caracterización y la cronología ya no tenían mucho espacio en sus historias; en cuanto a la intriga, ese hilo que pretende conducir los hechos en la novela convencional, tampoco era necesario porque todo sucedía de una manera espontánea, incoherente en apariencia. Daba la impresión de que las cosas iban a su aire, libremente, caprichosamente. Y no era eso... No, no era eso, ocurría que, de repente, la conciencia y el deseo se habían hecho con todo el protagonismo. Hablaba la conciencia a trancas y a barrancas, que es como hablan siempre las conciencias, con opacidades, con desubicación, con atemporalidad... El deseo también se presentaba inesperado y como fuera de juego, inoportuno, en ocasiones exasperante... Creo que de todos los cambios que mi generación ha vivido, éste fue el único que nos produjo un sonrojo descomunal cuando nos dimos cuenta de que casi no podíamos con él.
    Leí Les Petits Chevaux de Tarquinia a principios de los sesenta y casi la odié por aquellos escenarios recalentados, asfixiantes, detenidos. El aburrimiento reverberaba sobre la arena de una angosta playa italiana donde los protagonistas pasaban sus vacaciones. Ni el drama sobrevenido ni el amago de una aventura amorosa conseguían darle movimiento a la historia. Desamor, confusión, apatía, personajes que miran demasiado hacia adentro, monólogos a dos, a tres... (nunca he creído en el diálogo en la Duras), y el calor, abrasador, mortal. Sí, me enfadé mucho con ella, luego pasó algún tiempo y de repente aquella película, Hiroshima, mon amour (1959), que me dejó sobrecogida para una temporada. Volví a pensar en la Duras, esta vez muy seriamente. Me documenté y podría decir que acabé descubriéndola, pero no lo haré, no lo haré por la sencilla razón de que esta mujer es un caso especial, un caso aislado dentro del grupo de los 'nouveaux écrivains' que en 1950 comenzaron a darnos caña con su revolución literaria. Marguerite Duras es, simplemente, inaprensible. Laure Adler, una señora con muchos arrestos, de profesión historiadora, periodista y editora (creo que también filósofa y socióloga) ha acometido la imposible y sin embargo obligatoria biografía de Marguerite Duras. Según ella, nada es verdad si la literatura es una mentira puesto que la vida de la escritora es eso, literatura en estado puro. Ha intentado "poner orden entre la verdad y la ficción en la existencia atormentada de una escritora evolucionando en un juego de espejos permanente" y para ello ha tenido acceso a documentos que permanecían ocultos en el seno de la familia. "Con esta [biografía]", añade Laure Adler, "ya no estamos dentro de ese sueño reinventado que Duras ha fabricado a todo lo largo de su vida hasta edificar su propia estatua. Al final de este juego de espejos permanente, ella ya no sabía quién era Duras, quién Marguerite, quién Marguerite Duras. En ella, la misma palabra verdad está bajo fianza". Adler no estaba elucubrando, la propia Marguerite Duras lo había confesado: "La historia de la vida no existe, la novela de la vida, de mi vida, sí; pero no la historia...".
    Creo que me he leído casi toda su obra, y es L'Amant, para mi gusto, su mejor novela. Todos los escritores, por prolíficos que sean, son padres de una sola criatura, y Marguerite Duras, a pesar de Un Barrage contre le pacifique -posiblemente la obra que se aproxima más a la autobiografía-, no podía ser en esto una excepción. En L'Amant confluyen todos sus fantasmas, los pasados, los presentes y los futuros. Dice Adler que esta novela no es una historia de amor ni mucho menos, el joven y rico chino con el cual ha tenido relaciones sexuales a los quince años estaba muy lejos de ser el refinado héroe que ella plasma en la novela. En realidad y siempre según Adler, su madre la vendió a este hombre que le doblaba la edad a fin de disponer de un poco de dinero para atender a un hijo drogadicto.
    Hace unos días he vuelto a leer Moderato cantabile (1958). Ha sido un capricho súbito que no sabría explicar y que me ha hecho recordar a esta escritora. Otra vez el aburrimiento mortal, la enfermiza debilidad ante otras voluntades, el deseo de escapar a esa soledad que siempre es como una segunda piel en todos sus personajes. Pero eso ya lo sabía, como sabía que la destrucción, tanto la moral como la física, es la llave que abre todas las puertas en esta mujer. Todo está roto en sus novelas porque lo estuvo en vida, nunca se recuperó de una infancia destrozada (o, también, saqueada, porque saccagée tiene ambos registros, que, en definitiva, vienen a ser la misma cosa). Destrucción, devastación, yo no dudo que sobre esta realidad se edifican todos los edificios de sus mentiras. Es preciso tapar las ruinas con otras ruinas. La soledad es el legado que le dejaron los primeros años de su vida. La soledad la acompañó hasta al final y su obra es un fiel testimonio de esta realidad, tratando siempre de escapar a toda costa de ese vacío con unos personajes empecinados infructuosamente en dar algún sentido a su vida.
    Marguerite, que estuvo tan sola, es una excelente compañía. Doy fe.