miércoles, 4 de junio de 2008

Los evangelios de la ciencia

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La complicada relación entre la ciencia y la religión en una entrevista de Alan Boyle con Ann Druyan, la viuda de Carl Sagan.

Hay toda una nueva inundación de libros sobre la relación entre la ciencia y la religión, y de la misma forma en que los diversos evangelios cristianos apuntaban a audiencias diferentes, lo mismo sucede con ellos. Por un lado, La Creación de E. O. Wilson se dirige a los creyentes, mientras que por otro lado, La ilusión de Dios de Richard Dawkins convoca a los no-creyentes a montar un ataque a gran escala contra la religión.

Quizás el evangelio más difícil de categorizar provenga de alguien que abandonó este enredo mortal hace ya 10 años: el astrónomo Carl Sagan, cuyas conferencias sobre la ciencia y la religión fueron publicadas la semana pasada en un libro titulado Las variedades de la experiencia científica (en inglés: The Varieties of Scientific Experience). Estas charlas fueron dadas originalmente en Glasgow, en 1985, como parte de las Conferencias Gilford sobre la Teología Natural (la misma serie de conferencias que, allá por 1902, dieron origen a Las variedades de la experiencia religiosa de William James). Aunque las observaciones de Sagan tienen ya más de 20 años de antigüedad, tratan con habilidad las actuales controversias acerca del diseño inteligente, de los orígenes cósmicos y del papel de dios en el universo. De hecho, a menudo sus palabras suenan como si hubieran sido dichas hoy:

“Si existiera un dios creador, ¿preferiría él o ella (o cualquiera que sea el pronombre correcto) a un tonto cabeza hueca que lo idolatra mientras no comprende nada? ¿O preferiría acaso que sus seguidores admiraran al universo real en toda su complejidad? Yo sugeriría que, al menos en parte, la ciencia es una adoración informada. Mi creencia más profunda sostiene que si existiera algo así como un dios de tipo tradicional, entonces nuestra curiosidad y nuestra inteligencia provienen de ese dios. Seríamos desagradecidos con esos dones si suprimiéramos nuestra pasión para la exploración del universo y de nosotros mismos. Por otro lado, si tal dios tradicional no existe, entonces nuestra curiosidad y nuestra inteligencia son herramientas esenciales para manejar nuestra supervivencia en un tiempo extremadamente peligroso. En cualquier caso, la empresa del conocimiento es seguramente consistente con la ciencia; también debería serlo con la religión, lo que resultaría esencial para el bienestar de la especie humana”.

Ann Druyan, la viuda y por largo tiempo colaboradora de Sagan, es quien publica sus escritos póstumos, con la importante asistencia científica del astrofísico Steven Soter. Druyan me dijo que no había cambiado ni una sola palabra de las conferencias de Sagan. Más aún: dijo que las actualizaciones han sido confinadas a las ilustraciones y a las notas al pie, incluyendo una en relación con los últimos descubrimientos de la nave Cassini en Titán. Sagan había especulado sobre la posibilidad de que se pudieran descubrir océanos de hidrocarburos en la luna de Saturno, y por algún tiempo pareció que esas expectativas no llegarían a fructificar. Sin embargo, justo antes de que el libro entrara en prensa, los datos de Cassini confirmaron que sobre la superficie de Titán había una multitud de lagos de hidrocarburos. “Obviamente, si se hubiera equivocado, él habría deseado que lo dijéramos, en lugar de pretender lo contrario”, explicó Druyan.

“Pero, al final, resultó que también había acertado en eso”. Desde la muerte de Sagan en Seattle en 1996, después de una batalla de años contra una condición de pre-leucemia, Druyan ha sido la guardiana de la llama de Cosmos. Aunque ha sido honrada con el título de “una de las más notables ateas del mundo”, siempre encontré que sus creencias (y las de Sagan) eran muy difíciles de catalogar. Quizás yo no sea lo suficientemente ortodoxo. Pueden juzgarlo ustedes mismos, sobre la base de estos extractos de nuestra conversación de la semana pa





ENTREVISTA


Boyle: Stephen Jay Gould habló sobre la idea de los “magisterios no superpuestos”; es decir, la idea de que había cosas a las que se dirigía el impulso espiritual y que no eran susceptibles de un análisis científico desapasionado, y que había cosas relacionadas con la investigación científica para las que las religiones tradicionales no estaban equipadas como para juzgarlas. ¿Eso es algo que se viera reflejado en lo que Carl tenía que decir?

Druyan: Carl amaba a Steve, igual que yo. Recuerdo un día tremendamente conmovedor, durante el último mes de vida de Carl, cuando fuimos a visitar a Steve a Nueva York y yo dejé solos a los dos hombres durante la tarde... Cuando regresé por Carl, lo encontré radiante. Mientras caminábamos hacia la puerta, pregunté: “¿De qué estuvísteis hablando?”. Carl respondió: “Del amor”. Y me sonrió. De modo que mi respeto hacia Steve, como científico, como ciudadano y como educador, es enorme.

Sin embargo, estoy en completo desacuerdo con la noción de los dos magisterios, y creo que Carl también lo estaría. Porque hace surgir algunas preguntas. ¿Está bien estudiar científicamente las religiones aztecas o babilónicas? ¿Existen únicamente dos magisterios, cuando sucede que la religión en cuestión tiene un montón de devotos vivos? ¿Por qué debería cambiar mágicamente en el caso de que toda la gente que se suscribe a esa religión ya no exista? Ese es el problema con esta idea de “los dos magisterios”. Si miramos hacia atrás en la historia de la ciencia, hasta Copérnico no había necesidad de los dos magisterios. Quizás Giordano Bruno sea la excepción que confirma la regla. Pero prácticamente todos los científicos tenían una profunda fe religiosa en el sentido convencional. Y si se observa a las más grandes figuras de la historia de la ciencia, todos ellos tenían una religión, ya fuera como trabajo o como actividad subsidiaria, tal como Copérnico. Incluso, mucho después, el joven Darwin iba a ser un religioso anglicano... Si se mira a Isaac Newton, era un religioso apasionado, lo mismo que Kepler. Deseaban utilizar la ciencia para leer la mente de dios. Usaban a la ciencia porque era el medio más poderoso a su disposición para continuar esa búsqueda sagrada.

Únicamente fue necesario construir un muro alrededor de la religión después de la moderna revolución científica, cuando apareció este conflicto obvio entre la visión tradicional de la creación y una Biblia que habla sobre “el” mundo, aparentemente ignorando el hecho de que la Vía Láctea contiene cuatrocientos mil millones de Soles, cada uno de ellos con su séquito de planetas y lunas. Hablar de “el” mundo suena como si se estuviera atado a la Tierra, y muy confinados al conocimiento del universo que se tenía hace miles de años.

Es únicamente cuando la versión religiosa de la realidad natural se hace insostenible que la gente religiosa dice: “No miren la religión desde una perspectiva científica”. Y sin embargo, es casi como si se prefiriera una ficción consensuada a la comprensión más profunda de la que somos capaces. Si realmente se tuviera tal sensación de sobrecogimiento, y humildad, y admiración y maravilla sobre la grandeza de la naturaleza y del cosmos, entonces se desearía conocerlo tan íntimamente como se pudiera. No es como si hubiera una voz interior que nos estuviera diciendo: “Aparten sus ojos. Es posible que se demuestre que nuestros conceptos originales están equivocados”.

Creo que esa es la tragedia que Carl y yo observamos hace 15 ó 20 años. Cuando la ciencia comenzó a entregar estas revelaciones sobre la verdadera grandeza del cosmos, que es mucho más grandioso de lo que nadie imaginara, las autoridades religiosas no dijeron: “¡Esto es extraordinario! ¿No hay un único mundo? ¿Nos están diciendo que hay miles y miles de millones de mundos? ¡Vaya, es fantástico!”. No. En cambio sí dijeron: “Queremos que todo siga siendo local. Queremos seguir manteniendo esta concepción local, porque deseamos que las cosas sigan siendo pequeñas”.

Creo que hay un único magisterio, y que esa es la grandeza de la naturaleza. Y si no comenzamos a sentir profundamente estas revelaciones de la ciencia, de la misma forma en que sentimos profundamente las diversas ideologías religiosas, entonces tendremos grandes problemas...

Boyle: ¿Qué clase de problemas?

Druyan: Un ejemplo, por supuesto, es que la ciencia hizo posible que enviáramos emisarios robóticos para alcanzar la órbita de Neptuno y, desde allí, mirar hacia atrás, hacia la Tierra, verla como ese diminuto “punto azul pálido”, tal como dijo Carl, en lugar de verla como el centro del universo. Ahora bien, cuando se observa esa Tierra de un píxel, la primera cosa en la que se piensa es en la unidad de todos sobre ella... y en la tragedia de los ríos de sangre que derramamos a causa de esas divisiones imaginarias entre nosotros y nuestros hermanos y hermanas. Es una vana ilusión.

Tenemos que llevar ese pálido punto azul hasta nuestros corazones y comprender que los peces en el océano, y que el aire y el agua dulce y todas las cosas hermosas de este mundo están en peligro, que todo depende de nosotros. Nadie nos salvará excepto nosotros mismos. Depende de nosotros despertar de nuestro estupor y entrar en acción. Esta es una revelación de la ciencia, y es algo que debemos comprender con nuestros corazones. No saberlo simplemente en forma intelectual: “¡Oh, la Tierra es realmente diminuta!”, sino saberlo visceralmente, y mantenerlo, como dice la Biblia, “como frontales entre tus ojos” (N.T.: Deuteronomio, 6:6-8).

Boyle: ¿Frontales?

Druyan: Frontales, sea lo que sean...: “Y hablarás de estas cosas andando por el camino, y al despertarte”. Hay tantas cosas hermosas en nuestras religiones tradicionales que necesitamos recordar; pero, desafortunadamente, estamos viviendo un momento en que la violencia desatada y la brutalidad están siendo perpetradas en el nombre de algunas de las cosas de la Biblia que realmente no han podido superar la prueba del tiempo.

Boyle: Resulta interesante el que Carl estuviera bastante familiarizado con las tradiciones religiosas y que realmente sintiera, como creo que siente usted, que algunas de esas formas de pensar sobre nuestro mundo se mantengan y que, al propio tiempo, deban ser re-interpretadas bajo una nueva luz. Como usted dice, quizás a veces nuestro mundo sea demasiado pequeño.

Druyan: Nuestra visión de dios es demasiado pequeña. Lo vemos como una fuerza punitiva. El creador de todas las galaxias y de todas las partes del universo que todavía no hemos sido capaces de comprender… La idea de que dios está preocupado por lo que comemos en ciertos días, y con quien dormimos… Tenemos que dejar de lado todo eso. La evidencia sobre esas cosas no existe.

Boyle: Estoy intentando digerir todo esto, y tiene que ver con la variedad de concepciones de dios, el “viejo” que Einstein tenía en mente, quizás la suma de todas las leyes de la naturaleza, o un arquitecto impersonal del universo, la visión deísta, o un dios que es imanente…

Druyan: Un dios interventor…

Boyle: Exactamente, la visión deísta. ¿Dónde encajarían las ideas de Carl en ese espectro? En algún sentido, él era agnóstico, y en otro sentido ateo, y en otro deísta…

Druyan: Bien, sí, era una persona complicada, capaz del más profundo sentido del sentimiento y de la comprensión espiritual. Pero había en él una clase de devoción. Sentía que dios era tan importante, que la idea de dios era tan infinitamente fascinante… Era un tema favorito de conversación entre nosotros. Hablábamos sobre ello continuamente. Era tan importante que debía ser verdad. En otras palabras, no podría uno satisfacerse con un dios que fuera apenas un Valium para los miedos, porque sería algo deshonorable. El dios que solamente hace que se tenga menos miedo de la oscuridad es apenas una simple muleta.

De modo que la idea es utilizar todo lo que tenga en la búsqueda de dios. Pero hay que ser muy cuidadosos de no mentirnos a nosotros mismos, porque eso sería únicamente un narcisismo espiritual. El decía: “Seamos tan rigurosos, y tan cuidadosos, y tengamos una visión tan clara de que lo que encontremos será realmente precioso, porque será el resultado de nuestra búsqueda más escéptica y rigurosa”. Para él, la aceptación del dios de Espinosa, del dios de Einstein, la suma total de las leyes físicas del universo… ¿quién podría estar en contra de eso? Porque la naturaleza sí tiene leyes físicas que son cognoscibles. Pero el dios interventor que desea castigar, que desea torturar, que desea arrojar su venganza sobre los seres humanos que él es supuestamente responsable de crear… Este concepto era, para Carl, sencillamente insostenible. Y eso está relacionado de una forma muy interesante con la noción de los extraterrestres.
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Boyle: Esa era la siguiente pregunta que tenía en mente, porque el libro dedica mucha atención a la inteligencia extraterrestre, la idea de la vida en otras partes del universo.

Druyan: Porque Carl pensaba que era parte de la misma cuestión. Aunque estaba interesado en la búsqueda de esa forma, y eso era una pasión de toda la vida para él, en su favor hay que decir que no se permitía aceptar simplemente la respuesta que deseaba. Tenía que ser verdad. Así que, para mi tristeza, murió sin siquiera sentir que había descubierto una evidencia creíble de la vida extraterrestre. Sabía que la cuestión estaba abierta, pero era muy firme y circunspecto en no permitirse creer algo que él deseaba creer.

Boyle: ¿Hay alguna sensación de que descubrir vida en otras partes abocaría en algo así como una “verdad básica” sobre la forma en que funciona el universo? Algunas personas podrían argumentar que se puede empezar a triangular para conseguir más de una perspectiva sobre estas cuestiones cósmicas... Quizás esa fuera la razón por la cual la inteligencia extraterrestre era algo tan importante para Carl.

Druyan: Sí, porque vivimos rodeados por el misterio. Sabemos tan poco... Somos tan ignorantes... Únicamente hemos estado realizando una inspección sistemática de la naturaleza a lo largo de apenas 400 años. De modo que, por supuesto, conocemos muy poco. Y eso nos lleva otra vez a la cuestión de dios.

Si la mayor parte del universo es completamente desconocida para nosotros, entonces ¿cómo podemos presumir de saber cómo surgió la naturaleza, y si hay o no alguna clase de inteligencia guiando la creación? No vemos ninguna evidencia de ello. Y nuestro deseo de creer es muy parecido a una proyección transparente del hecho de que somos mamíferos, y de que tenemos una niñez prolongada, y de que, como humanos, somos muy dependientes de nuestros padres. Resulta difícil que ese modelo parental de existencia no se proyecte sobre todas las otras cosas. Pero... ¿quién sabe?

Ya que buena parte de la poca ciencia que conocemos ha resultado ser contra-intuitiva, es una locura que presumamos, y mucho menos que asesinemos a otra persona, por creer que conocemos la respuesta.

Traducido para Astroseti.org porHeber Rizzo Baladán



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Hace un par de años leí este artículo de Alan Boyle, que me dejó doblemente fascinada. Primero, por la personalidad de Ann Druyan. Después, porque su pensamiento coincide absolutamente con el mío. Siempre he sido una seguidora de su marido, Carl Sagan, pero nunca la había oído a ella.



4 comentarios:

Bel dijo...

Una amiga que visita mi blog, me ha dicho hoy que a veces creía que las concidencias no existen. Yo le he respondido con un resumen sobre la teoría de Jung, según la cual, no existen las coincidencias, sino la sincronicidad.
Hoy, he abierto al azar, como hago siempre, uno de los libros más divertidos que me han regalado "1001 libros que hay que leer antes de morir" y me ha salido por la página dedicada a Carl Sagan. Ahora, paso a visitarte y ¿qué me encuentro?
Sí, a veces puede creerse en el principio de sincronicidad.
Que tengas una buena noche, Mertxe.

Mertxe dijo...

Hola, Bel, muy buenas sobremesas.

Pues, verás, de una manera universal yo tampoco puedo creer en la casualidad. Quiero decir que todo aquello que tiene movimiento tiene un fin, limitado en el espacio y en el tiempo, o ilimitado. Porque no sabemos qué ocurrirá cn el universo: si seguirá expandiéndose para siempre, si terminará reuniéndose de nuevo, en cuyo caso, otra incógnita vendría a sumarse a su destino: ¿volverá a volver? (¡Me encanta el Eterno Retorno!) No, no es nada serio el asunto de los dados que apuntaba Einstein... La empresa es demasiado importante como para que algo tan poco consistente como la casualidad intervenga.

Así pues... ¿la causa-efecto? Suelo acordarme de Shakespeare aquí: hay más cosas en el cielo y en la tierra de las que sueña nuestra filosofía...

¿La sincronicidad entonces? Leí hace tiempo algunos artículos sobre el particular... y tampoco me convencieron. ¿Por qué? Ni Schopenhauer ni Jung pueden explicar que dos acontemientos, o varios, se den cita en nuestras vidas. ¿Existe una atracción súbita entre las cosas? De ser así... obviamente ya tendríamos una causa...

En fin, que se me acaba el cafecito y, además, he vuelto al punto de partida: la negación del azar... jis.. jis... jis...

Nómada planetario dijo...

Negar o afirmar la existencia de Dios a través de la ciencia es una ecuación imposible de resolver.
Una cuestión no descarta a la otra.
Al final todo es cuestión de fe.
Saludos.

Mertxe dijo...

Sí, así es. Los agnósticos estamos en eso. Ni con la ciencia ni, pese a quien pese, con nada. Estamos aquí, existiendo a duras penas, siendo como podemos, y el resto es sombra. Los que tiene fe se lo curran de otra manera, hacen bien, tan bien como todos los demás. Pero la cuestión es que deberíamos aprender a aceptarnos como somos y, desgraciadamente, no parece que hayamos conseguido este refrendo para nuestra condición humana.

Buenos y nublados días mediterráneos, Nomada.