martes, 18 de marzo de 2008

Cesare Pavese, el exiliado de la vida


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Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
esta muerte que nos acompaña
desde el alba a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un absurdo defecto. Tus ojos
serán una palabra inútil,
un grito callado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola te inclinas
ante el espejo. Oh, amada esperanza,
aquel día sabremos, también,
que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,
como ver en el espejo
asomar un rostro muerto,
como escuchar un labio ya cerrado.
Mudos, descenderemos al abismo.
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[...]




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Empiezo por el final de mis lecturas. Por el terrible poema que el mundo conoció en 1951, justo un año después de su muerte y que por alguna razón, que en estos momentos no tengo muy clara, me ha parecido que debía acompañar la imagen del escritor.

Ahora que empiezan a pesarme los días que transcurren lejos de mis raíces, ahora, ahora mismo, mientras está cayendo la tarde y a los toldos de la casa de enfrente los solivianta el aire que entra del mar, pienso en todos los exilios que padece la humanidad. El primero, cuando nace. Los demás, a medida que sigue naciendo a otras edades. Hay una estela misteriosa entre un espacio imposible de situar en el cosmos, ¡qué inútil sería siquiera intentarlo!, y la criatura que de él llega y pasa y se diluye en el tráfago del tiempo... para regresar a su misterio. Todo ocurre en un abrir y cerrar de ojos. En su doble sentido. Doble sentido les encuentro a las sombras de mi cuarto, a las que crecen tras el ventanal, a esa sombra profunda que es el mar. La oscuridad se ampara en esta hora de las cosas y no puedo por menos que mirarme las manos que también son sombras revoloteando sobre la sombra del teclado.

¿Por qué tanta oscuridad?

Sin duda alguna porque Cesare Pavese.

Ayer abrí su diario, su biblia, El oficio de vivir, y esto siempre trae consecuencias. No es posible sustraerse a la tragedia de la desubicación, al dolor de saberse distinto, a la angustia de no pesar en el camino. Llevo una temporada muy sensible, muy en carne viva por causa de mi exilio particular y no me sirve repetir mil veces por minuto que es un exilio geográfico, nada más que kilómetros, que en cualquier momento podría romperlo, regresar, volver a ser donde fui. Ser aquélla. ¡Qué ingenua! Los exilios, sean cuales fueren, siempre convocan al otro, al que traemos al hombro desde el instante en que somos concebidos. Son como ese viento que sigue ensañándose con los toldos. Los toldos y el viento son entidades diferentes, pero para el caso es lo mismo, quiero decir que nuestro exilio (he leído por ahí que lo definían como antropológico) siempre está ojo avizor y en cuanto se le presenta la oportunidad sale al exterior a atizarnos en donde pueda. El viento de Cesare Pavese era huracanado, demoledor. Y se lo llevó por delante. El nuestro es más liviano, pero es ése mismo.

Las sombras se han unido. Hace un buen rato que todas están dentro de la noche. Se acabó su individualidad, ahora forman un ente compacto y sin perfiles. La oscuridad ya no tiene más fisuras que las que le infiere la luz de las farolas en la calle.

Dejo estas otras luces, que lo son, si bien de otra manera. Las recojo de ENFOCARTE, una de las mejores revistas literarias y de arte que conozco:


[...]

          29 de setiembre

Deberé dejar de jactarme de que soy incapaz de sentimientos comunes (placer de la fiesta, alegría de la muchedumbre, afectos familiares, etc.). Soy incapaz, en cambio, de sentimientos excepcionales (la soledad y el dominio) y si no tengo mucho éxito con los comunes es porque una ingenua pretensión a los otros me ha corroído el sistema de reflejos, que tenía normalísimo.En general uno se contenta con ser incapaz de los comunes, y se cree que eso significa «ser capaz de los otros». Análogamente, se puede ser incapaz de escribir una tontería e incapaz de escribir una cosa genial. Una incapacidad no postula la otra capacidad, y viceversa. Se odia lo que se teme, es decir, lo que se puede ser, lo que se siente ser en parte. Nos odiamos a nosotros mismos. Las cualidades más interesantes y fértiles de cada uno son esas que cada uno odia más en sí y en los otros. Porque en el «odio» está todo: amor, envidia, ignorancia, misterio y ansia de conocer y poseer. El odio hace sufrir. Vencer el odio es dar un paso hacia el conocimiento y dominio de sí, es « justificarse» y por lo tanto dejar de sufrir.....Sufrir es siempre culpa nuestra.

          30 de octubre

El dolor no es en modo alguno un privilegio, un signo de nobleza, un recuerdo de Dios. El dolor es una cosa bestial y feroz, trivial y gratuita, natural como el aire. Es impalpable, escapa a toda captura y a toda lucha; vive en el tiempo, es lo mismo que el tiempo; si tiene sobresaltos y gritos, los tiene sólo para dejar más indefenso a quien sufre, en los instantes sucesivos, en los largos instantes en los que se vuelve a saborear el desgarramiento pasado y se espera el siguiente. Estos sobresaltos no son el dolor propiamente dicho, son instantes de vitalidad inventados por los nervios para hacer sentir la duración del dolor verdadero, la duración tediosa, exasperante, infinita del tiempo-dolor. Quien sufre está siempre en situación de espera -espera del sobresalto y espera del nuevo sobresalto. Llega un momento en que se prefiere la crisis del grito a su espera. Llega un momento en que se grita sin necesidad, con tal de romper la corriente del tiempo, con tal de sentir que ocurre algo, que la duración eterna del dolor bestial se ha interrumpido por un instante -aunque sea para intensificarse.

A veces nos asalta la sospecha de que la muerte -el infierno- seguirá consistiendo en el fluir de un dolor sin sobresaltos, sin voz, sin instantes, todo él tiempo y todo él eternidad, incesante como el fluir de la sangre en un cuerpo que ya no morirá.

¡La fuerza de la indiferencia! -es la que permitió a las piedras perdurar inmutables durante millones de años.





9 comentarios:

Olvido dijo...

Mertxe me han gustado esas palabras tuyas tan sinceras y quejumbrosas que habla desde el exilio interior y también las de Pavese, claro (que razón tiene)...
Buenas noches

Boedarkyss dijo...

"Sufrir es siempre culpa nuestra" Creo que es casi cierto, pero me temo que ese "casi" es siempre inevitable. Me ha gustado tu blog y he conocido un poco más a Pavese.

Saludos.

Mertxe dijo...

Gracias, Boedarkyss.

Nómada planetario dijo...

Bien traído a Pavese para reflexionar sobre el tránsito de la humanidad, sobre los sentimientos de siempre, vencer el odio algo tan simple y tan complejo...
Saludos.

mi despertar dijo...

Tus palabras me kkegaron hasta el fonde del alma.Buwen escrito Abrazos

Mertxe dijo...

Te lo agradezco, midespertar.

Mertxe dijo...

Perdóna, Nómada, te he 'saltado' sin saludarte...

giovanni dijo...

Ya había leído este post una vez. Ahora lo he releído y te quisiera decir que Cesare Pavese es un hombre que me ha impactado mucho. Escribí una novela en que él jugaba un papel importante. No era contento con la novela y ahora la he reescrito en forma nueva y muy diferente. Ya no es un manuscrito de 200 páginas sino de 80 páginas. Es lo que se llama en holandés una "novella". No tiene ninguna referencia a Pavese. En la novela anterior me referí a ese texto: Quien sufre está siempre en situación de espera -espera del sobresalto y espera del nuevo sobresalto. Llega un momento en que se prefiere la crisis del grito a su espera. Llega un momento en que se grita sin necesidad, con tal de romper la corriente del tiempo, con tal de sentir que ocurre algo, que la duración eterna del dolor bestial se ha interrumpido por un instante -aunque sea para intensificarse.

Saludos desde Ámsterdam

Mertxe dijo...

De nuevo te digo hola, Giovanni.

Cesare Pavese siempre me ha emocionado profundamente. Creo que todos tenemos una innegable analogía con él, quiero decir que cualquier ser humano sensible, plenamente consciente de lo que es el existir, sufre. A Pavese siempre lo he visto claramente: un ser desubicado deambulando entre la infancia y el mundo del adulto, mundo este que no llegó a aceptar. El exilio es un hecho recurrente en estos seres. Me gustan estos versos, en donde se aprecia descarnadamente su trágico desarraigo:

La colina es nocturna en el cielo claro. / Allí se enmarca tu cabeza, que mueve apenas / y acompaña ese cielo. Eres como una nube / entrevista entre ramas. En los ojos te ríe / la extrañeza de un cielo que no es el tuyo. //... Pero vives en otra parte./ Tu tierna sangre se hizo en otra parte. / Las palabras que dices no se avienen / con la áspera tristeza de este cielo. / No eres más que una nube dulcísima, blanca, / enredada una noche entre ramas antiguas.