martes, 8 de enero de 2008

Avanza la tarde...

 Entramos en un mundo de claroscuros, en donde rápidamente se diluyen los perfiles de las cosas. Todo se confunde por la calle y solamente las farolas recién encendidas son capaces de atrapar la forma. Pero es tan estrecha y breve su mirada, tan mísera incluso en algunos tramos. Vivo en el semicentro de Mataró, en una calle que a alguien con un innegable sentido de lógica local se le ocurrió llamar avenida. Desde luego que es ancha, pero solamente si la comparamos con otras calles -la mayoría por aquí-, cuya calzada de vía única no supera los dos metros. Ahora mismo no hay circulación y reina el silencio. En todo el día a penas hemos visto el mar. A eso de las once de la mañana, por detrás de la estación se ha ido levantando una niebla ligera y ondulante. De vez en cuando, entre viso y viso de las gasas de agua, algún reflejo azul se insinuaba, pero las más de las veces era el dedo largo del espigón lo que percibíamos con más claridad. La verdad es que no termino de acostumbrarme a estas ausencias del Mediterráneo. Ni a sus repentinos y sorprendentes desdoblamientos; nunca pensé que este mar tuviera tanto de Hyde y de Jekyll. Pronto hará seis años que vivo junto a él y sigo sin entender semejante metamorfosis. Soy una romántica. O una lela. Qué más da. A mi edad ambos adjetivos son coincidentes. Y es que en mis ojos perviven sus sonrientes y veraniegos azules, porque el Mediterráneo es para mí, ¡todavía!, sinónimo de vacaciones, de fiestas interminables, de juventud incesante. Cuando lo miro en los días serenos -en sus días Jekyll- retornan a mi cabeza las arenas doradas, la ardiente brisa, el amor, la alegría... Retornan las noches de paseos por la playa metiendo los pies entre las olas mudas mientras alguien a mi lado callaba también. Era un hermoso contrapunto al estruendo de la jornada. Era el momento justo en que todo cobraba significado sin necesidad de significantes. Me resisto a modificar este cliché. Si lo hiciera, me haría definitivamente vieja pues perdería la nutritiva memoria de un tiempo desnudo de horas y detenido en mis manos. Entonces, yo no sabía nada y lo sabía todo. Entonces, ayer, yo tenía como Alberti veinte años aún. No dudaba, no pensaba. Y sin embargo, vivía, existía plenamente a pesar de San Agustín, a pesar de Descartes, a pesar de los pesares. En realidad, nunca he vivido tanto como en aquellos veranos mediterráneos en que siempre tenía veinte años.
....Se ha hecho de noche y me espera el sofá, quizás ese libro que tanto me está costando acabar y, desde luego, el 'dubito' y el 'cogito'. La rutina del ser. Qué ontológico aburrimiento...


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1 comentario:

guillermo dijo...

Me encanta como escribes Mertxe, soy Guillermo del Rincón del Poeta y este post es sumamente melancólico. La melancolía propia el sentido y movimiento romántico del XIX es lo único que se ha contrapuesto al racionalismo cartesiano de occidente, lo único que ha evidenciado que, sin la existencia de Dios creída por todo el mundo (yo sí creo), nadie puede discutir la existencia del alma, esta que reflejas sobre las aguas mansas de un mar que antes fue el centro de la civilización. Besos.