jueves, 27 de diciembre de 2007

    A los que leemos desde muy temprana edad, aunque no hayamos aceptado iconos literarios, se nos quedan incrustados en la memoria ciertos libros. Otras veces tan sólo algunos pasajes y, con frecuencia, ni siquiera eso: una frase, una única frase en el punto neurálgico oportuno basta para devolvernos toda la historia. Por entonces, yo leía como una locomotora. Libro a libro me iba construyendo la vida, sin entender aún muy bien cuál era la diferencia entre lo real y lo ficticio. (Más tarde supe que no siempre se consigue.) Al abrir una novela por primera vez, el olor del papel y de la tinta (la imprenta en casa: mi madre era 'del oficio') me provocaba la delirante sensación de tener entre las manos un mundo que acababa de nacer solamente para mí. Mi madre solía aprovechar aquellas sinestesias literarias para darme la chapa con explicaciones sobre tipos, prensas y rotativas. Yo, naturalmente, no estaba.
    Mi época aventurero-mitológica se sitúa aproximadamente entre los doce y los quince años. (Llegaba a ella rica en Dickens, en tebeos de hadas, y aunque no encajen aquí, también en tebeos de 'hazañas bélicas' que me prestaba mi primo Rafa.) Leí a THW con apasionamiento, con avaricia, con dolor y decepción. A esas edades se lee así porque nos vemos absolutamente implicados en la trama. Yo ayudé a Arturo a sacar la espada, con él seguí las pistas que conducían al Grial, desprecié por mi cuenta a la ingrata Ginebra al mismo tiempo que odiaba y amaba a Lancelot (¡cría cuervos!), y me espanté ante Morgana y su Mordred. Me espanté muy especialmente ante mi héroe Arturo cuando se le ocurrió imitar a Herodes. Fui personaje sin voz en la saga, invisible y sin voz, pero estuve allí todo el rato. Lo juro.
    Alboreando los dieciséis, me pasé alegremente y del brazo de toda mi generación a Corín Tellado. Bajé muchos escalones, lo sé, pero no me arrepiento en absoluto, puesto que la Tellado fue para nosotros algo así como una guía de la sexualidad. Después de todo aquellos amores de seda rosa era a lo más que podíamos aspirar a la hora de descubrir qué ocurría entre hombres y mujeres cuando la naturaleza les aprieta por donde les aprieta. Pero volviendo a White tengo que decir que lo primero que cayó en mis manos fue -de su obra cumbre The Once and Future King, conocida por estos lares como Camelot- La Espada en la Piedra. A continuación vinieron las otras: La Reina del aire y las tinieblas, El Caballero Malhecho y Una vela en el viento. Me faltó el último: El Libro de Merlín, aparecido, creo, por el 76 ó 77, pero me he topado hace poco con un texto que no recuerdo haber leído en ninguna de las novelas citadas, por eso apostaría que pertenece a la última. No puede ser que una belleza así se haya borrado de mi memoria. Voy a copiarlo para que quede constancia de lo que digo:



 




"Lo mejor para la tristeza”, contestó Merlín, empezando a soplar y resoplar, "es aprender algo. Es lo único que no falla nunca. Puedes envejecer y sentir toda tu anatomía temblorosa, puedes permanecer durante horas por la noche escuchando el desorden de tus venas, puedes echar de menos a tu único amor, puedes ver al mundo a tu alrededor devastado por locos perversos, o saber que tu honor es pisoteado por cloacas de inteligencias inferiores. Entonces sólo hay una cosa posible: Aprender. Aprender por qué se mueve el mundo y lo que hace que se mueva. Es lo único que la inteligencia no puede agotar, ni alienar, que nunca la torturará, que nunca le inspirará miedo ni desconfianza y que nunca soñará con lamentar, de lo que nunca se arrepentirá. Aprender es lo que te conviene. Mira la cantidad de cosas que puedes aprender: la ciencia pura, la única pureza que existe. Entonces puedes aprender astronomía en el espacio de una vida, historia natural en tres, literatura en seis. Y entonces después de haber agotado un millón de vidas en biología y medicina y teología y geografía e historia y economía, pues, entonces puedes empezar a hacer una rueda de carreta con la madera apropiada, o pasar cincuenta años aprendiendo a empezar a vencer a tu contrincante en esgrima. Y después de eso, puedes empezar de nuevo con las matemáticas hasta que sea tiempo de aprender a arar la tierra."





domingo, 23 de diciembre de 2007

Las Navidades, los fantasmas y una tecla de madera


Hace ya tanto tiempo que fui feliz en estas fechas que, si lo considero seriamente, muy bien pudiera ser que esto me hubiera sucedido en otras vidas. A veces, incluso tengo la [paranoica] sospecha de que no me ha ocurrido jamás. Pero sí, sí que pasó. Lo sé porque en mi cabeza se encienden puntuales lucecitas alumbrando por aquí y por allá viejas escenas, y entonces oigo nítidamente las voces de sus protagonistas. Son de verdad. Existieron. Laten por su cuenta sin que mi voluntad tenga nada que ver. Resucitan, luego vivieron. Vienen a mí y yo estoy con ellos, me veo y me oigo en el irrepetible esplendor de mi ignorancia.

En mi familia había de todo. Desde anarquistas hasta religiosos, pasando por tibios y desentendidos. Quizás venía a ser lo mismo, ¿no?. Al final nadie se libra de tener un dios. El caso es no pasar frío. Por aquellas fechas todas las razones eran emplazadas por una indiscutiblemente superior: reunirse en la casa del padre. (Otra realidad del dios inevitable.) Ya entonces aquellas escenas eran viejas escenas. Mis abuelos la habían interpretado con sus padres y sus padres con sus padres, y así en un sucesivo retroceder hasta el primer abrazo humano capaz de reproducir multiplicando.

La verdad es que lo pasábamos de cine. Las Navidades empezaban exactamente el día 24 a las cinco de la tarde y terminaban el 6 de enero a las 12 de la noche. Dentro de ese agotador espacio de tiempo se cocinaba y se comía mucho. Se reía y se lloraba mucho más. A veces también se reñía muchísimo. Jugábamos a los seises y al parchís como tahúres, el afortunado siempre lo era en garbanzos o alubias, aunque a los niños se nos canjeaban por turrón o pastelitos.  Y llegaba por fin la apoteósis de aquel anual espectáculo: los Reyes Magos. Nunca olvidaré el pequeño piano de madera que mi madre colocó encima de mi mesilla, en la oscuridad de la madrugada. No era muy paciente la mujer y, como la tal mesilla ya estaba atestada de juguetes, el piano se cayó al suelo arrastrando con él el resto de los cachivaches. Hubo un estruendo que terminó con un ruido metálico exhalado por una de las teclas antes de salir volando. Me desperté. Mi madre me dijo chitón-a-dormir, y yo me dormí. Al día siguiente a mi piano no le faltaba nada. Físicamente aparecía entero, pero nunca volvió a dar el do, si acaso un sordo chocar de madera contra madera.

Luego pasaron muchas cosas. Crecí. Un día cualquiera, mirándome en un espejo que nada tenía que ver con el de Lacan caí en la cuenta de mis pérdidas. No quise hacer el inventario, claro, faltaría más, ya tenía bastante con los tres fantasmas de las Navidades que llevaban unos años visitándome con todos sus libros contables entre las manos.

Mañana por la noche estos espíritus volverán a sentarse a mi mesa. Al que más temo es al de la Navidades Futuras. Aunque temor no es la palabra porque ya temo pocas cosas. Me he hecho muy mayor, muy resabiada. Demasiado. Y quizás no deja de entrañar un cierto peligro esta indiferencia por el mañana. No, decididamente no es temor. Es... cómo lo diría... ¿cansancio? Sí, creo que es eso, cansancio. En definitiva, la tecla con un do de madera.

Este año volveré a leerme a Dickens. Su Canción de Navidad me es indispensable en estas fechas. Tanto como lo pueda ser el turrón. Me devuelve a la infancia, me devuelve a mi abuela Florentina leyéndomelo porque yo todavía no sabía leer. Pero, sobre todo, su lectura me libera del cansancio.





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jueves, 20 de diciembre de 2007



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....Un vecino vio el fogonazo y oyó la detonación; pero, como todo permaneció tranquilo, no se cuidó de averiguar lo ocurrido. A las seis de la mañana del siguiente día entró el criado en la alcoba con una luz, y vio a su amo tendido en el suelo, bañado en sangre y con una pistola al lado. Le llamó y no obtuvo respuesta. Quiso levantarle, y observó que todavía respiraba. Corrió a avisar al médico y a Alberto. Cuando Carlota oyó llamar, un temblor convulsivo se apoderó de todo su cuerpo. Despertó a su marido y se levantaron. El criado, llorando y sollozando, les dio la fatal noticia; Carlota cayó desmayada a los pies de su marido.
....Cuando el médico llegó al lado del infeliz Werther, le halló todavía en el suelo y sin salvación posible. El pulso latía aún, pero todos sus miembros estaban paralizados. La bala había entrado por encima del ojo derecho, haciendo saltar los sesos. Le sangraron de un brazo: la sangre corrió; todavía respiraba. Unas manchas de sangre que se veían en el respaldo de su silla demostraban que consumó el acto sentado delante de la mesa en que escribía, y que en las convulsiones de la agonía había rodado al suelo. Se hallaba tendido boca arriba, cerca de la ventana, vestido y calzado, con frac azul y chaleco amarillo.
....La gente de la casa y de la vecindad, y poco después todo el pueblo, se pusieron en movimiento. Llegó Alberto. Habían colocado a Werther en su lecho, con la cabeza vendada. Su rostro tenía ya el sello de la muerte. No se movía; pero sus pulmones funcionaban aún, de un modo espantoso; unas veces , casi imperceptiblemente; otras, con ruidosa violencia. Se esperaba que de un momento a otro exhalase el último suspiro.
....No había bebido más que un vaso de vino de la botella que tenía sobre la mesa. El libro "Emilia Galotti" estaba abierto sobre el pupitre. La consternación de Alberto y la desesperación de Carlota eran idescriptibles.
....El anciano administrador llegó, turbado y conmovido. Abrazó al moribundo, bañándole el rostro con su llanto. Sus hijos mayores no tardaron en reunírsele, y se arrodillaron junto al lecho, besando las manos y la boca del herido y desmostrando hallarse poseídos del más intenso dolor. El de más edad, que había sido siempre el predilecto de Werther, se colgó del cuello de su amigo, y permaneció abrazado a él hasta que expiró. Hubo que retirarle a la fuerza. A las doce del día falleció Werther.
....La presencia del administrador y las medidas que tomó evitaron todo desorden. Hizo enterrar el cadáver por la noche, a las once, en el sitio que había indicado Werther. El anciano y sus hijos fueron formando parte del fúnebre cortejo; Alberto no tuvo valor para tanto.
....Durante algún tiempo se temió por la vida de Carlota.
....Werther fue conducido por jornaleros al lugar de su sepultura; no le acompañó ningún sacerdote.
 
 
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martes, 18 de diciembre de 2007

Descubrí a este hombre hace muchísimos años. Vino a mí con su Largo regreso a Itaca y otros poemas y me ganó para siempre. Sin grandes palabras, con una sintaxis rápida y dura, tan real y fluida en emociones, me fue relatando sus nostalgias y amarguras sin llegar a entristecerme del todo. Equilibrio, serenidad. La vida con su cal y con su arena. He leído por ahí que la mayoría de sus críticos opinan de su obra que es un difícil oscilar entre el barroquismo formal y las técnicas del realismo. Pues no lo sé. Yo sólo percibo la extraordinaria fuerza de su sinceridad, directa, en ocasiones muy dolorida pero perfectamente asimilable para el común de los mortales. Sólo siento su sentir. Esa honda melancolía que nos producen las historias inacabadas, los quiebros de un pasado que no pasa y que será un persistente huésped en nuestra cabeza.
....Dejo uno de los poemas contenidos en la obra que en 1971 obtuvo el primer puesto en los PREMIOS LITERARIOS CIUDAD DE IRUN:
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RECUERDO DE TERESA
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....................Es extraño que ahora piense en ti
 .................. A. Ginsberg
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..AQUEL amor de los catorce años,
cuando daban las ocho y la plaza esperaba;
aquella plaza
un poco ausente,
un poco temerosa sin los alegres gritos de la tarde.
El paseo y los libros y el cielo azul y verde y el roce de los dedos
y hojas secas, podridas y lustrosas, que tiemblan como la propia carne
desnuda;
el abrazo en la sombra, las diminutas risas,
- strange now to think of you, María Teresa -
entre los tamarindos aquella librería con textos de preuniversitario.
Aquel amor dañino,
aquella enfermedad.
Nada más importante que tu calor, tu miedo, tu cintura;
y decías:
ten cuidado, alguien viene...
Tu promesa de volvernos a ver al día siguiente.
Vino a ser
al borde del Otoño,
a veces acudía un perro blanco y triste a oler ansiosamente tu bolsito de piel.
Ahora sentimos frío y todo está apagado.

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lunes, 17 de diciembre de 2007

Mi primera entrada

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En la que me prometo a mí misma hacer que esta página sea apacible y sincera. Su objetivo no será otro que el de guardar pensamientos propios y atesorar los ajenos. Sobre todo atesorar los ajenos, que tan bien sirven a la hora de dar cuerpo y sustancia a los nuestros.
....Filosofía, literatura, ciencia, psicología... Todo, todo valdrá. Todo tendrá cabida en forma de cita y comentario, de crónica del presente, un verso, un fragmento literario... Todo, todo valdrá, porque escribir es como abrir la ventana para que entre el aire vivificador..
....Entre las hojas de este cuaderno que hoy inauguro susurrará el viento de la vida.
....Que mpiece el rumor...

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