domingo, 23 de diciembre de 2007

Las Navidades, los fantasmas y una tecla de madera


Hace ya tanto tiempo que fui feliz en estas fechas que, si lo considero seriamente, muy bien pudiera ser que esto me hubiera sucedido en otras vidas. A veces, incluso tengo la [paranoica] sospecha de que no me ha ocurrido jamás. Pero sí, sí que pasó. Lo sé porque en mi cabeza se encienden puntuales lucecitas alumbrando por aquí y por allá viejas escenas, y entonces oigo nítidamente las voces de sus protagonistas. Son de verdad. Existieron. Laten por su cuenta sin que mi voluntad tenga nada que ver. Resucitan, luego vivieron. Vienen a mí y yo estoy con ellos, me veo y me oigo en el irrepetible esplendor de mi ignorancia.

En mi familia había de todo. Desde anarquistas hasta religiosos, pasando por tibios y desentendidos. Quizás venía a ser lo mismo, ¿no?. Al final nadie se libra de tener un dios. El caso es no pasar frío. Por aquellas fechas todas las razones eran emplazadas por una indiscutiblemente superior: reunirse en la casa del padre. (Otra realidad del dios inevitable.) Ya entonces aquellas escenas eran viejas escenas. Mis abuelos la habían interpretado con sus padres y sus padres con sus padres, y así en un sucesivo retroceder hasta el primer abrazo humano capaz de reproducir multiplicando.

La verdad es que lo pasábamos de cine. Las Navidades empezaban exactamente el día 24 a las cinco de la tarde y terminaban el 6 de enero a las 12 de la noche. Dentro de ese agotador espacio de tiempo se cocinaba y se comía mucho. Se reía y se lloraba mucho más. A veces también se reñía muchísimo. Jugábamos a los seises y al parchís como tahúres, el afortunado siempre lo era en garbanzos o alubias, aunque a los niños se nos canjeaban por turrón o pastelitos.  Y llegaba por fin la apoteósis de aquel anual espectáculo: los Reyes Magos. Nunca olvidaré el pequeño piano de madera que mi madre colocó encima de mi mesilla, en la oscuridad de la madrugada. No era muy paciente la mujer y, como la tal mesilla ya estaba atestada de juguetes, el piano se cayó al suelo arrastrando con él el resto de los cachivaches. Hubo un estruendo que terminó con un ruido metálico exhalado por una de las teclas antes de salir volando. Me desperté. Mi madre me dijo chitón-a-dormir, y yo me dormí. Al día siguiente a mi piano no le faltaba nada. Físicamente aparecía entero, pero nunca volvió a dar el do, si acaso un sordo chocar de madera contra madera.

Luego pasaron muchas cosas. Crecí. Un día cualquiera, mirándome en un espejo que nada tenía que ver con el de Lacan caí en la cuenta de mis pérdidas. No quise hacer el inventario, claro, faltaría más, ya tenía bastante con los tres fantasmas de las Navidades que llevaban unos años visitándome con todos sus libros contables entre las manos.

Mañana por la noche estos espíritus volverán a sentarse a mi mesa. Al que más temo es al de la Navidades Futuras. Aunque temor no es la palabra porque ya temo pocas cosas. Me he hecho muy mayor, muy resabiada. Demasiado. Y quizás no deja de entrañar un cierto peligro esta indiferencia por el mañana. No, decididamente no es temor. Es... cómo lo diría... ¿cansancio? Sí, creo que es eso, cansancio. En definitiva, la tecla con un do de madera.

Este año volveré a leerme a Dickens. Su Canción de Navidad me es indispensable en estas fechas. Tanto como lo pueda ser el turrón. Me devuelve a la infancia, me devuelve a mi abuela Florentina leyéndomelo porque yo todavía no sabía leer. Pero, sobre todo, su lectura me libera del cansancio.





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3 comentarios:

Juan Luis dijo...

No había captado el post en su profundidad por mi ignorancia sobre el personaje Scrooge. Me permito incluir el enlace:
http://es.wikipedia.org/wiki/Ebenezer_Scrooge
Un artículo precioso, Mertxe.

Nómada planetario dijo...

Tendemos a pensar que todo tiempo pasado fue mejor, tal vez nos los parezca así, pero ni nosotros eramos los mismos.

Feliz Navidad.

Mertxe dijo...

En mi caso, Nómada, te aseguro que sí lo fue. Todo depende de dos factores matemáticos: lo que somos en el momento de tener lo que tenemos. Y yo, por aquellas calendas, era feliz y era rica en casi todo.

Buenos días, Juan Luis y Nómada.