jueves, 22 de junio de 2017




Si pudiera hacer un
poema, en verso
rimado,
suelto, 
blanco
o libre,
qué más da,
lo importante es el verso,
(l'important c'est la rose),
la expresión hecha cadencia
del sentimiento que me
provoca el mundo...

Este, que no lo es,
que más quisiera,
me ha salido libre,
que para verso suelto ya estoy yo
frente a la vida.
Este, que no lo es,
qué más quisiera,
ha surgido de pronto,
sin previo aviso,
como una tormenta de verano.

[Y aunque no sea un soneto
me niego a precindir del estrambote
contundente:]

Y aquí estoy,
aquí estoy
viendo
cómo llueve.






jueves, 15 de junio de 2017


"¡Alegría, hermosa chispa de los dioses | hija del Elíseo! | ¡Ebrios de ardor penetramos, | diosa celeste, | en tu santuario! | Tu hechizo vuelve a unir | lo que el mundo había separado, | todos los hombres se vuelven hermanos | allí donde se posa tu ala suave... (Primera estrofa de 'Oda a la  alegría', de Friedrich Schiller) 








Llueve casi nada, llueve como si te acariciaran la piel, llueve de manera indecisa. Llueve, que es lo importante. Espero que siga lloviendo y por mi parte pienso sacarle todo el jugo posible a estos cielos gris perla visitando esta tarde mi bahía. Es lo justo porque no hay escenario mejor. Tengo ganas de dar la vuelta al Paseo Nuevo bajo esta lluvia sutil, xirimiri la llamamos en mi tierra, xirimiri que es la dulzura del agua, la líquida tristeza descendiendo sobre las cosas. Será estupendo contemplar el mar, aspirar la sal que estalla en el aire cuando las olas se deshacen contra la escollera y dejarle entrar en mis oídos para que los limpie de otros ruidos. Necesito alimentar al indefenso tirano que llevo dentro, tan borde y exigente, tan tierno y vulnerable. Y luego está la isla... ¿Cuántas veces la habré buscado como final de todos mis regresos? De niña trepaba a la blanca barandilla, un pie en la primera barra, el otro en el segundo aro (la mano de mi ama, como una tenaza, sujetándome por el vestido), y la miraba intuyendo la importancia que llegaría a tener en mi vida. Espero escuchar a las gaviotas haciéndole chirriantes coros al bramido de las olas. Ni el Cuarto movimiento de la Sinfonía nº 9 de Beethoven, ni Schiller por supuesto, consiguieron mover el alma como la mueven el mar y las gaviota en un día gris de lluvia mansa, en la bahía de la Concha, frente a la isla de Santa Clara.




lunes, 12 de junio de 2017


Leíamos ayer...




"Intentaré explicar la impresión que el mar me ha producido con ocasión de nuestro primer encuentro. (...) Y de nuevo experimento un escalofrío retrospectivo en cuanto concentro mi espíritu en ese recuerdo.

Yo había llegado, por la tarde, con mis padres, a un pueblo de las costa 'saintongeaise' (1), a una casa de pescadores alquilada para la temporada de baños. Sabía que habíamos venido aquí para una cosa que se llamaba el mar, pero que todavía no había visto (una hilera de dunas me lo escondia, a causa de mi pequeña estatura) y me hallaba en una extrema impaciencia por conocerlo. Por eso, después de la cena, a la caída de la noche, me escapé solo afuera, El aire frío, áspero, olía a algo desconocido, y un ruido singular, a la vez débil e inmenso, se oía detrás de las pequeñas montañas de arena, a las cuales un sendero conducía.

Todo me asustaba, ese trozo de sendero desconocido, ese crepúsculo descendiendo de una cielo cubierto, y también la soledad de aquel rincón del pueblo... Sin embargo, armado de una de esas grandes resoluciones súbitas, como los críos más tímidos toman en ocasiones, partí con paso firme.

Luego, de pronto, me detuve, helado, temblando de miedo. Ante mí, algo aparecía, algo sombrío y ruidoso que había surgido de todas partes al mismo tiempo y que parecía no terminar; una extensión en movimiento que me ocasionaba un vértigo mortal... Evidentemente era eso; ni un solo minuto de vacilación, ni siquiera de asombro si hubiera sido así, no, nada más más que espanto; yo lo reconocía y temblaba. Era de un verde oscuro casi negro; parecía inestable, pérfido, envolvente; eso se movía y eso se agitaba por todas partes a la vez, con un aire de maldad. Por encima, se extendía un cielo compacto, de un gris oscuro, como un pesado manto.

Muy lejos, muy muy lejos, a inapreciables profundidades del horizonte, se percibía un desgarro, un día entre el cielo y las aguas, una larga grieta vacía, de una clara palidez amarilla.

Para reconocer así el mar... ¿acaso lo había visto ya?

Tal vez, inconscientemente, cuando a la edad de cinco o seis años, me llevaron a "La isla" (2), a casa de una tía abuela, hermana de mi abuela. O bien había sido por el mar tan a menudo contemplado por mis antepasados marinos, que nací teniendo en la cabeza un reflejo de su inmensidad.

Permanecimos un momento el uno delante del otro; yo fascinado por él. Desde este primer encuentro, sin duda he tenido el inembargable presentimiento de que él acabaría un día por atraparme, a pesar de todas mis dudas, a pesar de todas las voluntades que tratarían de retenerme."










Pierre Loti, Le Roman d’un enfant, 1890

1. Saintongeaise : de la región de Saintes (ciudad de Charente-Maritime)
2. « L’île » : l’île d’Oléron (île de Charente-Maritime)



domingo, 4 de junio de 2017





En esta mañana de poca lluvia y mucha pereza en el aire, frente a mi ventana las blancas persianas bajadas (detrás hay gente joven durmiendo resacas y otras morbosidades atrapadas en la noche), con el sueño todavía acurrucado entre mis párpados y escasas ganas de salir, espero a que llegue una amiga para compartir un tardío café. ¿Y entre tanto qué me echo a las orejas? Se me ocurre que al bueno del Frankie y al maldito del Ginsberg, quienes, combinando perfectamente en el estilo, combinarán igual de bien con mi renuente ánimo.



Buena suerte

Tengo suerte de tener los cinco dedos en la mano derecha
Suerte de hacer pipí sin que me duela mucho
Suerte que los intestinos se muevan
Suerte, duermo de noche en una cama de capitán, siesta a media tarde
Suerte de pasear por First Avenue
Suerte de ganar un par de cien mil al año
cantando Eli Eli, escribiendo lo que se me pasa por la cabeza, grabando garabatos primordiales,
enseñando en un colegio budista, sacándole fotos con la Leica a la parada del bus
por la ventana de mis ojos
Oigo sirenas de ambulancias, huelo ajo y orín, pruebo nísperos y lenguado,
camino descalzo por el piso del loft, algo insensibilizadas las plantas de los pies
Suerte que puedo pensar y que el cielo puede nevar.

De "Muerte y fama"
ALLEN GINSBERG