martes, 13 de marzo de 2018






"Y el buen sol visitó de nuevo la Tierra. Escaló primero la vertiente oriental de los picos de Europa, hasta las cumbres del Castro de Valvanera, y desde allí inició la ronda de cada día, Occidente abajo. Despertó a las águilas que anidan en los farallones y las crías sacudieron al verle sus plumas entumecidas; despertó a los rebecos que asomaron el hocico humeante y tembloroso entre las grietas de los peñascos; deshizo unos jirones de niebla que habían quedado enganchados en un crestón de Piedras Luengas, y se detuvo curioso ante una mancha de nieve, un sombrerillo de lana, con que se tocó la cumbre de Peña Labra, la de las tres vertientes. Como el verano ya estaba en puertas, le pareció mucha presunción aquel solideo y lo fundió con sólo mirarlo. Un tercio del agua se despeñó hacia las quebradas de Brañosera, con lo que algún día, allá por el otoño, haría amistad con las aguas del Pisuerga, y, por el Duero, moriría en el Atlántico. Otro tercio se deslizó por una vaguada abierta hacia el Sur. Siguiendo la pendiente muy pronto llegaría al Híjar, padre del Ebro, y por él acabaría rindiendo culto al culto Mediterráneo. La tercera y mínima piecezuela opuso cierta resistencia a fundirse, pues miraba al Norte, pero muy pronto goteó sobre una pradera que la engulló y por secretos vericuetos subterráneos inició el descenso hacia la fuente que alumbra el torrente Tibierga, condenado a engrosar por el cauce del Nansa las aguas del Cantábrico. Ya los corzos y rebecos, tensas las patas de alambre, saltan entre las peñas disparándose como muelles; ya los gavilanes avizoran, quietos en el aire, el paso de las torcaces; ya las abejas zumban en los panales, abiertos en los troncos de las hayas, anunciando su primera salida. Entonces, monte abajo, el sol despertó a los osos."




jueves, 25 de enero de 2018







“Como una flecha ha salido de la estancia”, dijo Bernard. “Ha dejado aquí su poema. Oh, amistad…¡También yo pensaré flores entre las páginas de los sonetos de Shakespeare! ¡Oh, amistad, qué agudos son tus dardos! Ha dado media vuelta y me ha mirado. Me ha entregado su poema. Todas las nieblas retorciéndose se alejan de la techumbre de mí ser. Conservaré esta confianza hasta el último día de mi vida. Como una larga ola, como un avance de pesadas aguas, se ha acercado a mí, y su devastadora presencia me ha abierto de par en par, dejando al descubierto los cantos rodados de la playa de mi espíritu. Todos los parecidos han quedado unidos. “No eres Byron, eres tú. Cuán extraño es que otra persona te concentre en un solo ser”.





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miércoles, 11 de octubre de 2017






No me respondes, hermana. He venido ahora a buscarte. Ahora, no tardarás ya mucho en salir de aquí. Porque aquí no puedes quedarte. Esto no es tu casa, es sólo la tumba donde te han arropado viva. Y viva no puedes seguir aquí; vendrás ya libre, mírame, mírame, a esta vida en la que yo estoy. Y ahora sí, en una tierra nunca vista por nadie, fundaremos la ciudad de los hermanos, la ciudad nueva, donde no habrá ni hijos ni padres. Y los hermanos vendrán a reunirse con nosotros. Nos olvidaremos allí de esta tierra donde siempre hay alguien que manda desde antes, sin saber. Allí acabaremos de nacer, nos dejarán nacer del todo. Yo siempre supe de esa tierra. No la soñé, estuve en ella, moraba en ella contigo, cuando se creía ése que yo estaba pensando.
En ella no hay sacrificio, y el amor, hermano, no está cercado por la muerte.

Allí el amor no hay que hacerlo, porque se vive en él. No hay más que amor.
Nadie nace allí, es verdad, como aquí de este modo. Allí van los ya nacidos, los salvados del nacimiento y de la muerte. Y ni siquiera hay un Sol; la claridad es perenne. Y las plantas están despiertas, no en su sueño como están aquí; se siente lo que sienten. Y uno piensa, sin darse cuenta, sin ir de una cosa a otra, de un pensamiento a otro. Todo pasa dentro de un corazón sin tinieblas. Hay claridad porque ninguna luz deslumbra ni acuchilla, como aquí, como ahí fuera.






jueves, 21 de septiembre de 2017




De vez en cuando aparece en nuestra vida un libro como éste. Si somos jóvenes, lo leemos descuidadamente, apenas unas páginas, después se guarda; hasta que un día, sin saber por qué, vuelve a caer en nuestras manos y entonces ya somos suyos para siempre. De uno en uno, poca gente, vamos entrando en su espacio. «¿Sabe por qué nunca llegué a la cumbre como escritor? Se lo voy a decir: porque tenía muy poco instinto social." Tal vez estas palabras suyas lo expliquen. 








Considerando la tierra, el aire y el cielo, se apoderó de mí la idea melancólica, irresistible, que me obligó a decirme que entre cielo y tierra yo era un pobre prisionero, que todos nosotros estábamos lamentablemente encerrados ahí, que para nadie existía un camino que condujese al otro mundo, solamente ese camino único que nos lleva a descender al agujero sombrío, en el suelo, en la tumba. ¿He cogido flores para depositarlas sobre mi desgracia?, me pregunté, y el ramo cayó de mi mano. Me había levantado para volver a casa, pues ya era tarde y todo estaba oscuro.



viernes, 15 de septiembre de 2017






"Somos enanos rodeados
de enanos y los gigantes
se esconden para reírse."




Te esperaré, como todas las tardes, en el balcón. Las sombras vendrán y los taxis abrirán su ojo verde a la noche Desde el balcón las gentes son anónimas, menudas y, sin embargo, tú, al venir serás gigantesco y se te verá desde más allá del puente, ese puente desde el cual silva, alguna vez, un tren de miedo y desesperación.
Una tarde yo te esperaba y en tu lugar vino el arco iris: iluminó el cielo insípido con unos colores que daban alegría a todos, una alegría que a mí me parecía incomprensible y, en cambio, si tú hubieras llegado sucio, cansado y hambriento, hubieras sido más hermosos que él, más que el cielo y la luna. Mi corazón hubiera dado brincos locos como si se hubieran acabado para siempre las tormentas, la noche y las nubes oscuras llenas de piedra.
Si al amanecer, cuando nace el sol y mete su cabeza por el listón de la persiana -un listón roto por el tiempo y la desidia-; si al amanecer tú estuvieras a mi lado, el sol dibujaría junto a tus cabellos revueltos un cuadrilátero rojo y, más arriba, un ala del mismo color-

Y yo te miraría.