martes, 23 de agosto de 2016





   Hace un rato he compartido mesa con una señora muy mayor, de 'coco' en buenas condiciones en lo estrictamente fisiológico pero no tanto en la calidad de sus prestaciones intelectuales. O, más precisamente, morales. He dicho señora mayor por decir algo descriptivo pero, seguramente en estos casos, prescindible ya que con demasiada gente de toda edad y condición este asunto se repite. Me refiero a su superficialidad. A la insoportable levedad (te lo robo, Kundera) de su ser. A la miseria ética que exhiben sin ni siquiera ser conscientes de ello. Y que conste oficialmente que esto nada tiene que ver con la educación recibida y sí con su naturaleza primera, como lo es el temperamento, es decir, lo innato, lo que viene de serie y es inmodificable para los restos.
   Suelen abordarte casi violentamente: te abrazan y te besan con apasionamiento y te hacen mil preguntas a bocajarro mientras te ponen ojitos. Por mucho que conozcas el percal, te atrapan en su malla de arácnido social. Pero enseguida te liberas. Sucede en cuanto te fijas en sus ojos, totalmente pendientes de lo que ocurre en la periferia... deduciéndose de ello que sus orejas también están ausentes; luego, si te quedas, si el hastío te lo permite, ya sabes lo que te va a pasar: que, en medio de cualquier pregunta a la que les estés contestando, volverán la cabeza para forzar el saludo a terceros e, incluso, para forzar con ellos conversaciones que les harán olvidarse definitivamente de ti. Y tú te quedarás a un lado, mimetizada con el paisaje. Ni te asombras ni te enfadas, solo te maldices deportivamente por haberte resistido a largarte cinco segundos después del abordaje.
   Hoy ha vuelto a ocurrirme con la señora de marras, así que con toda la flema de que soy capaz, me he terminado mi zurito sin alcohol, me he zampado mi croqueta, he recogido gafas y móvil, y también a don Juan Ramón Jiménez, con el que pensaba compartir mi solaz en la terraza de la cafetería cuando esta cosa en forma de mujer me ha invadido. Con un cortés (en voz alta:) bueno, doña Tal, que me tengo que ir y que ya nos veremos, (en voz silenciada:) y otro que vas fresca si me vuelves a echar el lazo, me he largado lo más elegantemente que he podido. Ella ha intentado darme un cariñosísimo beso, pero me la he espantado a tiempo. Sólo faltaría.
   Me ha arruinado un trocito de mañana pero la doy por bien perdida porque sé, me lo he prometido solemnemente, que nunca más volveré a tropezar con esta piedra. Y, ya puesta, ni con todas las demás. 
   Mi Venecia sin ellas será mejor, más vacía (algún precio hay que pagar) pero infinitamente mejor.



sábado, 13 de agosto de 2016







Si esto es la vida, Dios,
si este es tu obsequio,
te doy las gracias -gracias- y te digo:
guárdalo para ti y para tus ángeles.

ÁNGEL GONZÁLEZ



   He divagado mucho en estas semanas, porque necesitaba explayarme, contar, simplemente hablar. Me era urgente hacer la crónica, aun difusa y desordenada, de todo lo que recorría mi cabeza en esas horas difíciles por impensables, por desconocidas, por increíbles, por absurdas, por qué sé yo cómo seguir definiéndolas. En mi vida jamás se había producido nada tan grave, ni siquiera ligeramente importante; incluso aquello que en algún momento vino a alterar mi organismo tenía un origen conocido y fácilmente espantable. Me quedaba el oído, ese tímpano abierto en la infancia y luego cosidito rudimentariamente, que mermó, es verdad, mi audición pero que nunca fue un obstáculo dado que mi otro tímpano gozaba de perfecta salud. Y cuando llegó este enemigo, me quedé sin palabras, atónita. Luego sentí el golpe, brutal, seco y brutal, en mi ser. Porque hay dos cosas que a la gente cuya vida se ha parecido mucho a unas interminables vacaciones le parece que solamente ocurren a los otros: la enfermedad y la muerte.
   De pronto, el ruido de mi voz o el dibujo de mis sensaciones en la superficie de un papel o una pantalla me era vital. Temía al silencio. Me horrorizaba caer en el vacío. Y entonces mi orgullo (en algún momento lo he llamado por aquí, a la ligera, inútil orgullo) me salvó. Me proporcionó la rabia y el desdén suficientes como para mantenerme al margen de cuanto me sucedía. Biológicamente no fue posible, como es natural, pero psíquica y moralmente sí. Además de escribir sobre mí misma, leí mucho, volví a mis fuentes escépticas, también a las estoicas: la rabia me mantenía caliente, el desdén enfriaba mi odio por esta vida. El equilibrio es la base de la buena salud y el mejor sistema para recuperarla si se ha perdido.
   Ahora descanso. Se acabó el inocular veneno en mi organismo. Lentamente recupero mis fuerzas. Vuelvo a ser la que fui. Con la sonrisa algo deteriorada y la cabeza más lenta, todavía me cuesta creer que he cruzado la puerta y estoy en el umbral, al aire libre, sin miedo a ese sol que me estuvo estrictamente prohibido. Mi boca también se recupera del amargor y otras delicias que el tratamiento provoca; ahora bebo y como con una cierta confianza, al fin y al cabo mi memoria me ayuda a recordar los sabores originales de mis alimentos, me conformo, he aprendido a agachar la cabeza ante lo inevitable. No sé cuánto tiempo tardaré en volver del todo. Tampoco me importa el tiempo, solo pienso en que uno de estos días, al menos estéticamente, mi espíritu tendrá el aspecto que tenía antes de esta guerra contra los elementos.
   He divagado, sí, todo lo que he podido, pero retiro ya de este espacio  mis Divagaciones. Limpio mi blog. He decidido presentarlas a un concurso de relatos. Es una manera de quemarlas en la hoguera, purificando así todo cuanto hubo de vanidad en ellas. Porque la hubo, y en cantidades industriales, pero eso sería otra historia y no estoy por la labor.
   Hoy me limito a explicarme a mí misma que la Humanidad es pasto de unas fieras denominadas por la ciencia Leyes Fatales. Hay que apechugar con ellas. Esto para los no creyentes como yo. Los  creyentes tendrán que hacerlo con este mismo precepto científico, solo que lo llamarán Divina Providencia. 
   ¿Y por qué esta Gloria en mi entrada? Porque me sugiere la victoria y si de algo tengo hambre es de eso, precisamente de eso: de vencer. A David le salió bien, ¿por qué yo, algo más alta y la piedra algo más grande, no le iba a dar a mi Goliat entre los ojos?

    



domingo, 17 de abril de 2016





Cuando salimos de Rente era verano, pero poco antes de llegar a Cestona comenzó el diluvio. En Zumaya, erre que erre. Menos mal que nos refugiamos una horita en casa de nuestra anfitriona, que nos dio besitos, café y unas batitas muy cálidas para que el confort del hogar fuera más completo. Luego nos fuimos a la calle, al asador de enfrente. Fritos variados, sopita de pescado, entrecot y merluza a la plancha. A los postres y el café, seguía lloviendo, ya algo más flojito, aunque los cielos permanecían intratables. Nuestra tertulia fue de lo más animada, así que una vez afuera, todavía con los agradables humores muy vivos, nos dirigimos a la ermita de San Telmo, donde hicimos fotos y más fotos de un paisaje tan primitivo que deja sin palabras y con la cabeza gacha ante la apabullante naturaleza.

En esa costa se ha venido escribiendo la historia de la tierra. La rasa mareal entre Deva y Zumaya es la más espectacular de toda la que recorre la costa vasca de Haitzandi a Haitzabal. Son ocho kilómetros conocidos con el nombre de Acantilados de Itzurun. Son los 'facies flysch', rocas de sedimentación alternante que han sido objeto de infinidad de investigaciones y que, finalmente, quedaron entre dos hipótesis: o eran 'playas fósiles', o eran producto de las corrientes de turbidez en las zonas profundas del océano. Triunfó esta última, y ahora solo queda disfrutar de esta manifestación del Paleoceno, cuyo fantasma nos contempla desde sus 65 millones de añitos de nada.

El día terminó en un viejo hotel, hoy dedicado a la talasoterapia, que se asoma a la grandiosidad de los acantilados. Más charleta, esta vez y por influencia del milenario paisaje, sobre lo divino y lo humano. Afuera, camino del coche, volvió el diluvio. Menos mal que nuestra amiga residente había tenido otro detalle impagable: suministrarnos anoraks y paraguas, por lo que en ningún momento pasamos frío y, por supuesto, tampoco nos mojamos. Ya en la carretera, el tiempo, queriendo ponerse a la altura maternal de la zumayana, nos obsequió con un maravilloso arco iris. Vimos llover entre rayos de sol y entrevimos un cielo como de aguamarina, y entonces supimos que el día no podía haber sido más generoso.






viernes, 15 de abril de 2016
















"Se puede soportar cualquier verdad, por muy destructiva que sea,
a condición de que sea total, que lleve en sí tanta vitalidad como la
esperanza a la que ha sustituido." ÉMILE-MICHEL CIORAN


El día va camino de su mutis. No hay vuelta atrás. Se habrá colado por el desagüe del tiempo para siempre jamás. Nuestras miradas, nuestras risas y palabras, las lágrimas, gritos y silencios, incluso nuestra ausencia de las cosas, todo, absolutamente todo se lo está llevando inexorablemente el tiempo. No volveremos a ser lo que hemos venido siendo instante por instante. Nuestra verdad, esa que hemos celebrado o llorado solos o en presencia del mundo, se aleja poco a poco, mermando -sin lugar a dudas- considerablemente la que permanece. Nuestra verdad sobreviviente es algo más floja, todavía lo será mucho más mañana y en los días sucesivos, pero permanecerá en nosotros porque nada se pierde y nada se destruye en el universo, todo se recicla y se hace más llevadero por la simple razón de que, perdida su fuerza primera, lo habremos domesticado. 




viernes, 8 de abril de 2016














"Oh, alma mía, te enseñé a decir 'Hoy' como 'Antaño' y 'Un día', 
y a pasar danzando tu danza en corro por encima de todo 'Aquí, 'Ahí' y 'Allí'. 

"Así habló Zaratustra". NIETZSCHE.)




'Le futur n'existe pas, il n'est pas tracé déjà...' Lo que dice la letra de esta canción siempre lo hemos sabido. Pero hay etapas de la vida en que se hace tan contundentemente real que no hay manera de soslayar el vértigo. Es verdad que hay gente como yo que, habiendo practicado el 'vis-à-vis' con el abismo desde que puede recordar (al principio, por pura genética; después por Nietzsche y compañía, muy particularmente Cioran) resulta que debería estar entrenadísima, y  no, ni de lejos. Porque un día, de pronto y sin previo aviso, ese vértigo, y entonces se te pone la carne de gallina y el alma como de papel higiénico. Ese es el momento en que todas y cada una de tus fibras entienden plenamente el universo, como lo que es, sin paliativos, por puro instinto: un absoluto y demoledor azar. Observas cómo las galaxias se expanden. Cómo los planetas giran alrededor de sus estrellas. Cómo las lunas circundan sus planetas. El paso de los  cometas. La agitación de los asteroides. ¿Verdad que todo parece muy ordenado? ¿Muy en su sitio? Pues no es así. En cualquier momento ese orden aparente se puede romper y estallar. Nada estará ahí mañana ya que el mañana es un cuento. El futuro no existe, todavía no está trazado...

Existe el ahora. El ahora incesante.