martes, 28 de febrero de 2017





"También fui al Rijksmuseum y allí encontré 'La lechera' de Vermeer.
El embrujo de La lechera radica en la luz. Expertos y críticos han escrito textos muy sugerentes sobre la naturaleza de esa luminosidad, pero la última conclusión es siempre un interrogante. Es lo que llaman el misterio de Vermeer. Antes de ir a parar al Rijksmuseum, tuvo varios propietarios. En 1798 fue vendido por un tal Jan Jacob a un tal J. Spaan por un precio de 1 500 florines. En el inventario se hace la siguiente observación: "La luz, entrando por una ventana en el lateral, da una impresión milagrosamente natural".
Ante esa pintura, yo tengo tres años. Conozco a aquella mujer. Sé la respuesta al enigma de la luz.

Hace siglos, madre, en Delft, ¿recuerdas?,
tú vertías la jarra en casa de Johannes
Vermeer; el pintor, el marido de Catharina Bolnes,
hija de la señora María Thins, aquella estirada,
que tenía otro hijo medio loco,
Willem, si mal no recuerdo,
el que deshonró a la pobre Mary Gerrits,
la criada que ahora abre la puerta
para que entres tú, madre,
y te acerques a la mesa del rincón
y con la jarra derrames mariposas de luz
que el ganado de los tuyos apacentó
en los verdes y sombríos tapices de Delft.
La misma que yo soñé en el Rijksmuseum,
Johannes Vermeer encalará con leche
esas paredes, el latón, el cesto, el pan,
tus brazos,
aunque en la ficción del cuadro
la fuente luminosa es la ventana.
La luz de Vermeer, ese enigma de siglos,
esa claridad inefable sacudida de las manos de Dios,
leche por ti ordeñada en el establo oscuro,
a la hora de los murciélagos.

Cuando le di a leer el poema a mi madre..."




(Fragmento del cuento "La lechera de Vermeer", del libro "¿Qué me quieres, amor?". MANUEL RIVAS)


domingo, 5 de febrero de 2017




Sones de verano para un día de invierno. O de otoño tardío. La lluvia es una tristeza líquida mojando las calles vacías. ¡Jopetas, qué día llevo! Creo que estos chavales australianos sabrán qué hacer conmigo. De momento ya vislumbro esas montañas de agua en cuyas estribaciones esquía una figura de neopreno. Respiro profundamente. Me sumerjo en la escena y respiro verano. Yo también me lleno de espuma y resbalo, resbalo, resbalo indefinidamente. Lo han hecho. Me han conseguido una traslación, como suele decirse, en el tiempo y en el espacio. Tiene bemoles el asunto este de la sugestión...


domingo, 29 de enero de 2017



Escucho. Me dejo llevar. Los viejos amigos, ya se sabe, nos llaman a gritos cuando ya no los frecuentamos tanto. Tanto, a estas alturas de la vida, es poco menos que casi nada. Una pena. Sí. La vida nos va presentando otras prioridades no elegidas. (Acabo de cometer un pleonasmo. Una redundancia. Naturalmente, para los que no militamos en el optimismo.) Las prioridades no elegidas son esos acontecimientos desagradables que te obligan a centrar la mirada en el ombligo. A vigilarte con los cinco sentidos, a tu persona y su entorno, a cuanto pudiera -y porque ya lo ha hecho- depararte un disgusto. Somos los escamados. Los que han aprendido de una vez por todas que lo que tienes es nada, aunque parezca lo contrario. Después de todo, la vida es una mesa de póquer, en donde vamos ganando o perdiendo pequeñas manos. La carta más alta nunca es la nuestra. Perderemos definitivamente, pero entretanto el juego está en ir saliendo adelante, y cuando varias manos nos hayan fallado, entonces y solo entonces es cuando empezamos a pensar en esa fatídica Carta Alta que nos hundirá en la miseria. 

Rod Stewart es estupendo. Casi lo había olvidado. Menos mal que la nostalgia es una herramienta fantástica. Lástima que empecemos a manejarla tan tarde. En fin, que no pasa nada, que todo está pensado en nuestro mundo. Basta con dejarle envejecer, y nos hará sabios y hasta metafísicos. Que muy bien pudiera ser la misma cosa, con lo cual ya estaría de nuevo dándole al pleonasmo y/o la redundancia. O sea, repitiendo conceptos. Qué latazo...



sábado, 14 de enero de 2017




De pronto me acuerdo de los viejos amigos. Me estoy enganchando a la nostalgia. Siempre fui un tanto adictiva. ¿Y qué se puede hacer? A los veinte años es un peligro mortal porque por esa puerta falsa, o no tanto, se pueden colar nuestros peores enemigos. A mi edad -y soy aun tan joven-, a mi edad verdadera, esa que transcurre por dentro y que por fuera también está francamente bien, ya no hay riesgos. Bueno, apenas, lo cual ya de por sí es una fiesta para los sentidos amén de los órganos al uso. Divago. Sí. ¿Y qué? Se pasa estupendamente divagando, que no es otra cosa que juguetear con las palabras y soltarle la brida al pensamiento. Mi nostalgia es, hoy, este añejo cantamañanas en el mejor sentido de los sentidos. O sea, en el lírico. Un placer acercármelo al café sentándolo en mi sobremesa. Un placer recordar su voz atronando la madruga de una discoteca. Cuánta rabia. Cuánta desbordada pasión. Pero a finales de los sesenta quién no se dejaba raptar por este tío de voz de león acatarrado... Teníamos tanta hambre de sangre y furia, tantas ganas de movernos solos en medio de una pista abarrotada de individualidades. Era como una metáfora de la libertad que soñábamos sin saberlo. El cuerpo, ya se sabe, reclama como el mar sus espacios. Y luego, qué narices, que es que con el Cocker empezamos a descubrirnos entre el humo y -luego lo supimos los más inocentes- otras cosillas nada etéreas aunque al final llevaran al éter. Todo pasó. Nos quedan estas difuminadas y melancólicas alegrías. Menos es nada.




martes, 10 de enero de 2017





Un día desagradable. O poco amable. Espantable en todo caso. La lluvia -yo quería ver llover, y con qué ganas- ha llegado, pero esta agua horizontal que el viento nos empuja no tiene nada de apetecible. No es mi lluvia. A mí me gusta mansa, vertical, apenas un roce en la tela del paraguas. Un susurro en los oídos. Esto no. Esto es una gamberrada de lo cielos.

(Voy 'plegando'. Recojo libros y cacharros. Con cuidado porque he tenido manicura. Pero soy tan torpe... Seguro que me hago un desconchado.)

De este poemario de Seferis extraigo los versos que van a servir de colofón a la jornada. Algo hermoso contra este horror de día:






Flores de la roca

Flores de la roca frente al verde mar, 
vetas que me evocan otros amores, 
bruñidas por la lentitud de la llovizna, 
flores de la roca, semblantes 
que llegaron cuando nadie hablaba y que me hablaron
cuando me dejaron tocarlas después del silencio 
entre los pinos, las adelfas y los plátanos.

(De "Poesía completa")