sábado, 25 de junio de 2016








Divagaciones XII


Días de vino adelgazado y desmejoradas rosas. Días que el aire disuelve en el espacio sin que a penas haya tenido tiempo de recorrerlos. Días extraños. Extrañeza. La extrañeza de despertarme cada madrugada en la isla desierta de Pascal, en donde nada me es familiar, ni de la que veo forma alguna de huir. 
Podría decir que no son muchos estos días, y mentiría de plano porque son todos los días desde hace meses. En estas condiciones es fácil perder la paciencia. Asaltar el cielo (como aconseja por ahí una emergente e indocumentada coleta) es la tentación, pero sé que no es posible, porque los dioses no tienen cara física que romper. No existe la sede social de las alturas, por lo tanto no tendré mi revolución ya que son inencontrables las puertas a derribar.

Así pues, quejarse es inútil. Llorar, un despilfarro porque, como dice la sentencia oriental, es inútil llorar donde las lágrimas están prohibidas.


(Nota al margen: No hablo de política, hablo de otra enemiga más feroz.)




miércoles, 22 de junio de 2016


"Para que yo me llame Ángel González, | para que mi ser pese sobre el suelo, | fue necesario un ancho espacio | y un largo tiempo: | hombres de todo mar y toda tierra, | fértiles vientres de mujeres, y cuerpos | y más cuerpos fundiéndose incesantes | en otro cuerpo nuevo." (Para que yo me llame... ÁNGEL GONZÁLEZ) 









Divagaciones XI


Me hubiera gustado ver esto a eso de la seis de la mañana, pero me separa un telón de tejados empenachados de antenas de la telefonía móvil y una cierta hondonada. (Mataró... où en es-tu ?) La hondonada, de toda la vida geológica, es Rentería. Pero hubo un tiempo en que no existía el barrio de Iztieta, la mayor de las hondonadas porque se la comía el río cada dos por tres llevándose por delante sus huertas y sus animales, y entonces el monte Jaizquíbel estaba a nuestro alcance, oíamos su nemoroso latido, y oíamos al mar clamando detrás de él, oscuro e invisible, golpeándolo incesantemente. Tampoco existía el superarmario de la Avenida de Navarra, un inmueble gris, y goteante de humedad al poco de ser inaugurado, que ocupó toda la manzana y se ocupó sobre todo de cerrar para siempre los ojos de las casas que miraban al río y al monte sin más trabas que sus visillos. Al llegar a este punto, dos recuerdos poderosos surgen en mi cabeza. Se suceden el uno al otro secuencialmente. El de mi amada tía Paula, cosiendo en el dormitorio mientras un joven sol de primavera atraviesa sin reservas los impolutos cristales, se detiene largamente en su rostro, lo exalta, y luego se derrama por la sábana que está bordando; detrás de la figura, las sombras se animan cuando esta se mueve o sacude delicadamente la tela que trabaja. Y el del famoso cuadro de Johannes Vermeer, La lechera, que hubiera hecho de mi tía, de haber vivido en su casa, otra modelo apetecible para su observación de lo cotidiano.

Apuro mi primer café. Mi primer placer pues me tengo reservado alguno más. Dentro de un par de horas tengo examen de árbol genealógico (no, no es este el otro placer), que será, espero, muy breve puesto que las ramas lo son. Las raíces, en cambio, no; las raíces conectan con todas las demás raíces que desde hace entre 80 000 y 40 000 años nos definen como hombre. MI familia, pues, es extensa y, si hay suerte, seguirá expandiéndose. Con estos mimbres, el aprobado lo tengo seguro.






sábado, 4 de junio de 2016



"Y tiene razón Carlos Barral al afirmar que la obra de Costafreda quedaba conclusa con Suicidios y otras muertes, ya que si en este libro asistimos al suicidio del sujeto poético es porque nada más le quedaba por decir, o simplemente porque no era ya capaz de decirlo." ("Alfonso Costafreda: hacia una poética del fracaso". Patricia A. Arnaiz Pérez)








Divagaciones X


    No es tan malo como parecía, al menos de momento, y ya van siete 'momentos' con el de esta mañana. Ha llovido mucho cuando me dirigía a mi cita semanal, y después, hasta bien entrada la tarde, chaparrones alternándose con grandes claros. Un maldito día de chubasquero y paraguas. Un día para quedarse en casa. Tal vez un día -esto me lo he recomendado en el autobús-, lo que me quede al regreso, para tener el valor, y las fuerzas, de releer a Costafreda.
   Costafreda... Costafreda el Olvidado...
  No puedo entender qué ocurrió con este hombre. Me resulta incomprensible que sus propios amigos lo vendieran así. He leído razones y más razones aducidas por ellos, y todas me parecen a cual más infames. Ya sabemos que la literatura suele ser un negocio pero, aquí, fue pura venganza (en el caso de Gil de Biedma) y olvido inexplicablemente construido por sus antiguos compañeros de letras. Un golpe mortal a la figura poética que, en Costafreda, es lo mismo que decir humana puesto que su poesía rebasaba el papel para inundar su personalidad, fue la no inclusión en "Veinte años de poesía española, 1939-1959", la antología que en 1961 publicó José María Castellet, uno de sus contertulios de Barcelona. Esta obra tuvo como asesores a Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma y José Agustín Goytisolo; también hubo un cuarto al que no he podido localizar. Ya he mencionado al 'felón', sólo me resta decir que Barral y Goytisolo defendieron, incluso con violencia, la inclusión de Costafreda en la antología.  Fue imposible, y ni siquiera en su segunda edición ampliada, "Un cuarto de siglo de poesía española (1939-1964)" el poeta tuvo su más que merecido lugar. 
   Alfonso Costafreda fue uno de los poetas más deslumbrantes de su generación. Su obra, breve, densa y auténtica, no resultaba muy en consonancia con los gustos de la época, y tal vez en ese asunto radique la explicación -¡si es que puede haberla!- de que haya sido marginado. Tan solo produjo cuatro obras: "Nuestra elegía" (1949), "8 poemas" (1951), "Compañera de hoy" (1966) y la póstuma "Suicidios y otras muertes), aparecida en 1974. Ninguna de ellas se puede hallar en las bibliotecas o universidades, ni siquiera en Cataluña. Es gracias a la lealtad de su gran amigo Jaime Ferrán con su estudio-antología "Alfonso Costafreda". Madrid, Júcar, 1981, que se ha intentado llenar este vergonzoso vacío.
   Hay una frase rodando por ahí que dice vive deprisa, muere joven y deja un bello cadáver, Pues, bien, tal vez sea lo que mejor define a este atormentado poeta, que se suicidó un 4 de abril de 1974 pero que, en realidad, murió de melancolía. 
 Desearía acabar este artículo citando los cuatro poemas, para mí más representativos de su personalidad.


De: "Nuestra elegía"

Yo pregunto

Ha muerto mi padre.
Se repite su ausencia cada día
en el hogar vacío.
Yo pregunto,
y además de la ausencia y además
de perder los caminos de esta tierra,
¿qué es la muerte?

Yo te pregunto, padre, ¿qué es la muerte?
¿Has hallado la paz que merecías?
¿Encontraste cobijo en nueva casa
o vas errante, y sufres bajo el frío
del invierno más grande, del total
desamor?

Yo te pregunto, padre, si son algo
los muertos, o si la muerte es sólo
una inmensa palabra que comprende
todo lo que no existe.



De: 8 poemas

Ya todas las melancolías

Ya todas las melancolías
muy tercamente la memoria
sobre mi corazón las abalanza.
Nada tendré.
De todo lo soñado
sólo nos queda el ansia.

Sólo hay algo que es cierto, cierto:
los sueños han perdido la batalla.


De: Compañera de hoy

Pienso en mis límites

Pienso en mis límites,
límites que separan
el poema que hago
del que no puedo hacer,
el poema que escribo
del que nunca podré escribir.
Límites también, en consecuencia,
de lo que amo
y de lo que nunca podré amar.

Límites de lo que quisiera decir
o ver o tener.
Palabras que daría
para descubir, palabras para ayudar.
Límites del amor, palabras
insuficientemente valiosas
en un desierto inacabable.


De: Suicidios y otras muertes

El reino de mi hija

El reino de mi hija
se adentra hacia mis sueños;
el reino de mis sueños
impera ya en mi hija;
y las figuras que
en su naturaleza
nacieron años ya
cuando impuso la madre
en la mente infantil
del terror y la sombra
las raíces feroces.


    Tengo mucho material recopilado. Creo que podré con él, porque los poetas malditos son mi debilidad. No puedo evitarlo. Dicen cosas que nadie ha dicho y nadie se atreverá a decir y, lo mejor de todo, porque su vida siempre es una copia exacta de su personaje poético. En el caso de Costafreda no me cabe ninguna duda de que fue absorbido por él, una vez que la vida lo dejó listo para ser su presa. La prueba es que murieron juntos.







martes, 24 de mayo de 2016









 Divagaciones IX


De nuevo agotadora mañana. Mis ojos se han dado un atracón de azules, rosas y blancos que iban y venían por la sala con la grácil solicitud de las libélulas. Parloteos ahogados de mis vecinos. Los observo disimuladamente: rostros apagados, rostros animados, rostros resignados, rostros de toda expresión, y toda expresión maquillada más o menos sagazmente para engañar. Una mancha de mora con otra mancha de mora se quita. El café que me he tomado afuera también era mentira, pero me lo he tomado como vengo tomándome otras cosas: apagadamente, animadamente, resignadamente. Menos mal que me ha tocado un asiento con vistas: tú, al otro lado de la cristalera eras la verdad.
Te he mirado muchas veces a lo largo de la mañana; incluso cuando cerraba los ojos, seguías en mi retina. Te he mirado con ese fervor de siempre, desde hace un tiempo contaminado de tristeza. Llevo mirándote así desde hace seis meses y tres días.
(En la radio de Clásica habían comenzado a sonar los primeros compases del cadencioso 'Canon' de Pachelbel. Un contrabajo contra tres altos violines.)
Es extraño cómo he cambiado. Antes de la guerra que libro, yo te hubiera mirado con rencor, como al enemigo más odiado y te hubiera repudiado para siempre. Mi soberbia no hubiera entendido tu resentimiento, pero hoy lo asumo plenamente. Llevo haciéndolo desde hace seis meses y tres días.
(En la radio de Clásica el 'Canon' se agota. Oigo la voz del contrabajo, 8 notas machaconas bajo los 3 violines que, también ellos, tocan idéntica melodía y no a la vez, lo hacen de forma separada a lo largo de todas las variaciones.)
Te miro por última vez mientras me pongo la chaqueta. Oigo que una libélula dice a mi espalda: "Nuestra Donostia se hace querer, ¿eh?". Los violines y el contrabajo se dan la vuelta para responderle: "Inmensa y tristemente...".




lunes, 23 de mayo de 2016


"La soledad no te enseña a estar solo, sino a ser único."
('El ocaso del pensamiento'. ÉMILE-MICHEL CIORAN)









Divagaciones VIII


    Avanzo a pasitos lentos y torpes por este camino raro que ha engullido al otro. Ahora todo es nuevo, no existen referencias fiables respecto de lo que antes era mi cotidiano devenir. Debe de ser que miro desde unos ojos también distintos. Desde el amanecer hasta que me disuelvo en mis sueños, siento que nada ha sido mío, que las cosas que han rozado mis dedos estaban frías y se alejaban de mí en cuanto las tocaba. Todavía no  me he acostumbrado a ser otra, por eso no acabo de entender que me pertenecen porque son mi bagaje vital. Tendrá que pasar un cierto tiempo antes de que asuma mi nueva identidad. Eso ocurrirá cuando esta soledad que se me ha abrazado a la espalda deje de susurrarme vacíos y me revele que soy irrepetible.
    Mirarse en el espejo cada día es duro. Me observo y no me reconozco; ya hace tiempo que lo he descubierto, y aunque sé que no he desaparecido del todo, duele enterarse de que otro ser ha desbancado a tu ser. Mi exterior también se ha modificado, y así, cuando me escruto el rostro observo con preocupación esa pátina sobrevenida. Es como una segunda piel distorsionando mis facciones hasta el punto de conseguir que una extraña me devuelva la mirada. Me inquieta y me duele. ¡Pero me dicen que no he cambiado! Naturalmente, sus ojos tampoco y por eso continúan enganchados de aquella otra; puede ser que esperasen una transformación dramática y que, al no producirse, la antigua imagen prevalezca en su mirada. Pero ya lo creo que he cambiado: nada en mí tiene que ver con la mujer que fui por fuera y por dentro.
    Toda la noche ha estado lloviendo con intensidad. Empezó ayer a media tarde tras un día sofocante; el viento del sur se encargó de propagar los rayos del sol como si fueran lenguas de fuego, y deambular por las calles resultaba francamente agotador. Por eso mismo tuve un pequeño susto, una de esas alarmas de las cuales ya me había prevenido y que, afortunadamente, no tuvo consecuencias. De todos modos, procuré ser sensata el resto del día. 
    Ahora toca descansar otro día más. Por si acaso. Aprovecharé para hacer lo que siempre he hecho: contabilidad. Esta vez, la que tiene que ver con mis asuntos más íntimos. Hay épocas en la vida que nos imponen un balance de situación si no queremos perdernos en el floclore de las impresiones. Hay que ordenarse en partidas estrictamente lógicas, que analicen estados y arrojen saldos creíbles. 
    Frida Khalo me servirá de modelo:


No reniego de mi naturaleza,
no reniego de mis elecciones,
de todos modos he sido afortunada.
Muchas veces en el dolor se encuentran los placeres más profundos,
la felicidad más certera.
Tan absurdo y fugaz es nuestro paso por el mundo,
que solo me deja tranquila el saber que he sido auténtica,
que he logrado ser lo más parecido a mí misma
que he podido.