jueves, 7 de julio de 2016







Divagaciones 

XIV



Despiertas. Como todos los días, son las seis de la mañana más o menos. Y menos es más si se aprovecha el arraigado madrugón, pero eso está por ver, de momento, ni te mueves, permaneces hundida en ese hueco que tu cuerpo ha horadado en el colchón. Sientes en tu piel, como un rocío amable, el frescor de la madrugada. Cierras los ojos a la escasa luz que empieza a filtrarse por las rendijas de la persiana. Pasan los minutos. Detrás de la persiana ha tomado cuerpo algo poderoso, deslumbrante, irresistible. Crees oír el crujido dolorido de la madera cuando unos dedos de fuego la atraviesan para chocar contra la pared de enfrente, por cuya superficie se dispersan en un chisporroteo que ilumina violentamente la penumbra. Te hiere el resplandor y, en un momento, ya estás en condiciones de ver con claridad. Miras atentamente, ejerces tu derecho a saberlo todo sobre el cuarto que tu cuerpo inconsciente ha ocupado, y te asombra hallarlo tal y como lo dejaste antes de partir. No es posible, te dices, que al final del viaje las cosas que quedaron atrás no hayan sufrido el menor cambio. Las cosas y tu cuerpo, y con este pensamiento te tocas con súbita preocupación el rostro.

¿Cuánto tiempo ha pasado desde que partiste? Te parece que toda tu vida.

Has regresado extraordinariamente cansada y con sabor a veneno en la boca. Si has estado donde sospechas, es casi inevitable que el despistado Puck te haya dedicado una de sus gracias. O tal vez el vengativo Oberón. De pronto recuerdas un bosque ("¿Cuánto tiempo pensáis permanecer en este bosque?"), tu cuarto se llena de delicados murmullos, de batir de alas, de intangibles presencias...

No cabe duda: has tenido el típico sueño de una noche de verano.






martes, 5 de julio de 2016







Divagaciones 

XIII



Me viene bien el aire húmedo, el cielo en gris marengo, la líquida promesa abrazando piadosamente mi piel. Presiento la paz muy cerca. Me estiro y bostezo de indolencia sabiendo ya que el día será como ese amigo que nos mira de lejos, que vigila nuestros pasos, que nos guarda y que nos guía. Este relax de los sentidos, que solamente una meteorología así puede procurarnos a algunos, es como una tregua. La guerra se para ("Oiga... ¿es el enemigo? Miren que necesito cuarto y mitad de alto el fuego..."), y entonces se pone a llover despaciosamente sobre las calles y en el interior de los recintos habitados por tristezas sin nombre. Todo brilla y está limpio, el mar ha regresado sobre la tierra, la tierra nos recupera y nos bendice. Qué bien. Hay que ver con qué simples cosas llegamos a conformarnos e, incluso, a ser felices como perdices. A este respecto, el buenazo de Sócrates -que nunca escribió nada y únicamente a través de sus exegetas nos hizo llegar su pensamiento- dicen que dijo que la felicidad no era otra cosa que ausencia de dolor. Dio en el clavo.

Así pues, desde dentro de la lluvia le digo a mi querida enemiga, jamás mi amiga, que me ha procurado el inapreciable descubrimiento de mi fuerza cuando alargo mi brazo y la toco y tiembla y se achanta y gime. 









sábado, 25 de junio de 2016



"...j'entre en effroi, comme un homme qu'on aurait porté endormi dans une île déserte et effroyable et qui s'éveillerait sans connaître où il est, et sans moyen d'en sortir." (Pensées. BLAISE PASCALE)








Divagaciones 

XII

Días de vino adelgazado y desmejoradas rosas. Días que el aire disuelve en el espacio sin que a penas haya tenido tiempo de recorrerlos. Días extraños. Extrañeza. La extrañeza de despertarme cada madrugada en la isla desierta de Pascal, en donde nada me es familiar, ni de la que veo forma alguna de huir. 
Podría decir que no son muchos estos días, y mentiría de plano porque son todos los días desde hace meses. En estas condiciones es fácil perder la paciencia. Asaltar el cielo (como aconseja por ahí una emergente e indocumentada coleta) es la tentación, pero sé que no es posible, porque los dioses no tienen cara física que romper. No existe la sede social de las alturas, por lo tanto no tendré mi revolución ya que son inencontrables las puertas a derribar.

Así pues, quejarse es inútil. Llorar, un despilfarro porque, como dice la sentencia oriental, es inútil llorar donde las lágrimas están prohibidas.


(Nota al margen: No hablo de política, hablo de otra enemiga más feroz.)




miércoles, 22 de junio de 2016


"Para que yo me llame Ángel González, | para que mi ser pese sobre el suelo, | fue necesario un ancho espacio | y un largo tiempo: | hombres de todo mar y toda tierra, | fértiles vientres de mujeres, y cuerpos | y más cuerpos fundiéndose incesantes | en otro cuerpo nuevo." (Para que yo me llame... ÁNGEL GONZÁLEZ) 









Divagaciones 

XI


Me hubiera gustado ver esto a eso de la seis de la mañana, pero me separa un telón de tejados empenachados de antenas de la telefonía móvil y una cierta hondonada. (Mataró... où en es-tu ?) La hondonada, de toda la vida geológica, es Rentería. Pero hubo un tiempo en que no existía el barrio de Iztieta, la mayor de las hondonadas porque se la comía el río cada dos por tres llevándose por delante sus huertas y sus animales, y entonces el monte Jaizquíbel estaba a nuestro alcance, oíamos su nemoroso latido, y oíamos al mar clamando detrás de él, oscuro e invisible, golpeándolo incesantemente. Tampoco existía el superarmario de la Avenida de Navarra, un inmueble gris, y goteante de humedad al poco de ser inaugurado, que ocupó toda la manzana y se ocupó sobre todo de cerrar para siempre los ojos de las casas que miraban al río y al monte sin más trabas que sus visillos. Al llegar a este punto, dos recuerdos poderosos surgen en mi cabeza. Se suceden el uno al otro secuencialmente. El de mi amada tía Paula, cosiendo en el dormitorio mientras un joven sol de primavera atraviesa sin reservas los impolutos cristales, se detiene largamente en su rostro, lo exalta, y luego se derrama por la sábana que está bordando; detrás de la figura, las sombras se animan cuando esta se mueve o sacude delicadamente la tela que trabaja. Y el del famoso cuadro de Johannes Vermeer, La lechera, que hubiera hecho de mi tía, de haber vivido en su casa, otra modelo apetecible para su observación de lo cotidiano.

Apuro mi primer café. Mi primer placer pues me tengo reservado alguno más. Dentro de un par de horas tengo examen de árbol genealógico (no, no es este el otro placer), que será, espero, muy breve puesto que las ramas lo son. Las raíces, en cambio, no; las raíces conectan con todas las demás raíces que desde hace entre 80 000 y 40 000 años nos definen como hombre. MI familia, pues, es extensa y, si hay suerte, seguirá expandiéndose. Con estos mimbres, el aprobado lo tengo seguro.






sábado, 4 de junio de 2016



"Y tiene razón Carlos Barral al afirmar que la obra de Costafreda quedaba conclusa con Suicidios y otras muertes, ya que si en este libro asistimos al suicidio del sujeto poético es porque nada más le quedaba por decir, o simplemente porque no era ya capaz de decirlo." ("Alfonso Costafreda: hacia una poética del fracaso". Patricia A. Arnaiz Pérez)








Divagaciones 

X



    No es tan malo como parecía, al menos de momento, y ya van siete 'momentos' con el de esta mañana. Ha llovido mucho cuando me dirigía a mi cita semanal, y después, hasta bien entrada la tarde, chaparrones alternándose con grandes claros. Un maldito día de chubasquero y paraguas. Un día para quedarse en casa. Tal vez un día -esto me lo he recomendado en el autobús-, lo que me quede al regreso, para tener el valor, y las fuerzas, de releer a Costafreda.
   Costafreda... Costafreda el Olvidado...
  No puedo entender qué ocurrió con este hombre. Me resulta incomprensible que sus propios amigos lo vendieran así. He leído razones y más razones aducidas por ellos, y todas me parecen a cual más infames. Ya sabemos que la literatura suele ser un negocio pero, aquí, fue pura venganza (en el caso de Gil de Biedma) y olvido inexplicablemente construido por sus antiguos compañeros de letras. Un golpe mortal a la figura poética que, en Costafreda, es lo mismo que decir humana puesto que su poesía rebasaba el papel para inundar su personalidad, fue la no inclusión en "Veinte años de poesía española, 1939-1959", la antología que en 1961 publicó José María Castellet, uno de sus contertulios de Barcelona. Esta obra tuvo como asesores a Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma y José Agustín Goytisolo; también hubo un cuarto al que no he podido localizar. Ya he mencionado al 'felón', sólo me resta decir que Barral y Goytisolo defendieron, incluso con violencia, la inclusión de Costafreda en la antología.  Fue imposible, y ni siquiera en su segunda edición ampliada, "Un cuarto de siglo de poesía española (1939-1964)" el poeta tuvo su más que merecido lugar. 
   Alfonso Costafreda fue uno de los poetas más deslumbrantes de su generación. Su obra, breve, densa y auténtica, no resultaba muy en consonancia con los gustos de la época, y tal vez en ese asunto radique la explicación -¡si es que puede haberla!- de que haya sido marginado. Tan solo produjo cuatro obras: "Nuestra elegía" (1949), "8 poemas" (1951), "Compañera de hoy" (1966) y la póstuma "Suicidios y otras muertes), aparecida en 1974. Ninguna de ellas se puede hallar en las bibliotecas o universidades, ni siquiera en Cataluña. Es gracias a la lealtad de su gran amigo Jaime Ferrán con su estudio-antología "Alfonso Costafreda". Madrid, Júcar, 1981, que se ha intentado llenar este vergonzoso vacío.
   Hay una frase rodando por ahí que dice vive deprisa, muere joven y deja un bello cadáver, Pues, bien, tal vez sea lo que mejor define a este atormentado poeta, que se suicidó un 4 de abril de 1974 pero que, en realidad, murió de melancolía. 
 Desearía acabar este artículo citando los cuatro poemas, para mí más representativos de su personalidad.


De: "Nuestra elegía"

Yo pregunto

Ha muerto mi padre.
Se repite su ausencia cada día
en el hogar vacío.
Yo pregunto,
y además de la ausencia y además
de perder los caminos de esta tierra,
¿qué es la muerte?

Yo te pregunto, padre, ¿qué es la muerte?
¿Has hallado la paz que merecías?
¿Encontraste cobijo en nueva casa
o vas errante, y sufres bajo el frío
del invierno más grande, del total
desamor?

Yo te pregunto, padre, si son algo
los muertos, o si la muerte es sólo
una inmensa palabra que comprende
todo lo que no existe.



De: 8 poemas

Ya todas las melancolías

Ya todas las melancolías
muy tercamente la memoria
sobre mi corazón las abalanza.
Nada tendré.
De todo lo soñado
sólo nos queda el ansia.

Sólo hay algo que es cierto, cierto:
los sueños han perdido la batalla.


De: Compañera de hoy

Pienso en mis límites

Pienso en mis límites,
límites que separan
el poema que hago
del que no puedo hacer,
el poema que escribo
del que nunca podré escribir.
Límites también, en consecuencia,
de lo que amo
y de lo que nunca podré amar.

Límites de lo que quisiera decir
o ver o tener.
Palabras que daría
para descubir, palabras para ayudar.
Límites del amor, palabras
insuficientemente valiosas
en un desierto inacabable.


De: Suicidios y otras muertes

El reino de mi hija

El reino de mi hija
se adentra hacia mis sueños;
el reino de mis sueños
impera ya en mi hija;
y las figuras que
en su naturaleza
nacieron años ya
cuando impuso la madre
en la mente infantil
del terror y la sombra
las raíces feroces.


    Tengo mucho material recopilado. Creo que podré con él, porque los poetas malditos son mi debilidad. No puedo evitarlo. Dicen cosas que nadie ha dicho y nadie se atreverá a decir y, lo mejor de todo, porque su vida siempre es una copia exacta de su personaje poético. En el caso de Costafreda no me cabe ninguna duda de que fue absorbido por él, una vez que la vida lo dejó listo para ser su presa. La prueba es que murieron juntos.