jueves, 28 de abril de 2016




Divagaciones
IV

Nunca pensé que un tiempo tan silencioso podría llegar a tocarme. Las cosas que me rodean callan, ni siquiera el viento tiene voz. Si acaso, a veces me parece escuchar el susurro del mar, allí, a lo lejos, pero tal vez es una ilusión; seguramente un eco de la nada; un fantasma en mi cerebro, como tantos otros.
Vivo derrotando fantasmas. A manotazos los espanto de mi lado, y luego disimulo y miro para otro lado: me escapo a toda prisa del engaño que yo misma creo para quitarle importancia a tanta ausencia.
He comenzado a soñar con todos los veranos de mi infancia. Vienen juntos, estrechadas sus manos, dorados y sonrientes trepan por mi almohada y se me acomodan como gatitos ronroneantes entre los brazos. Entonces siento las manos de mi madre en mis cabellos, su aliento en mi rostro, su corazón aplacando este soslayado dolor en que me he convertido.
Hace unos días escribí un corto poema. Soy malísima, porque no consigo someterme a la dictadura de ritmos y medidas. Luego lo desbaraté, convirtiéndolo en lo mío, en prosa poética, todo a mi aire, todo en el aire, todo volandero y libre. Pero tampoco me gustó, así que recurrí al genio de Manuel Alcántara. Él me ha prestado un tema para hoy y en aras de su 'Poeta' he comenzado a desgranar estas Divagaciones. (Aunque sé que"También se quedará mi voz en nada.")



martes, 26 de abril de 2016




"Para que la conciencia alcance una cierta intensidad, es necesario que el organismo sufra y que incluso se disgregue: la conciencia, en sus principios, es conciencia de los órganos. Sanos, los ignoramos; es la enfermedad quien los revela, nos hace comprender su importancia y su fragilidad y nuestra dependencia." ('La caída en el tiempo'. E. M. CIORAN)






Divagaciones 
III



Muy nublado y algo frío, el día me ha recibido sin cambios sensibles a pesar de su difícil fisonomía. Ayer como hoy, hoy como siempre, el aspecto de las cosas no ha variado para mí, son las mismas aunque yo haya cambiado sigilosamente por dentro; las miro como a viejas amigas que me sé de memoria y que por eso mismo quiero y respeto. Tal vez soy de ellas más amiga que ellas de mí porque, en cierta manera, me han abandonado y no las culpo. Ya he dicho que las quiero.

Miro el reloj y son las seis.

Me miro disimuladamente en ese espejo íntimo, tan sincero: continúo flotando a la deriva en un mar quieto y descolorido, en donde soy un pecio que nadie va a disputarse porque no contiene nada que se pueda vender, o trocar por otra cosa. Pero estoy llena de sosiego y de palabras. Me queda ese premio de consolación que agradezco (¡me he vuelto tan conformista!).

Miro el reloj y ha pasado una eternidad entre las seis y las seis y cinco. Me miro de nuevo en el espejo: sigo en el mismo punto, balanceándome pasivamente bajo un cielo que nada tiene que decirme. Debe de ser que tampoco le interesa esta resquebrajada madera. 

Miro el reloj que ya no se molesta en dar y diez. La eternidad lo ha convencido de lo inútil que resulta medir el olvido. 

Mi madera sigue viva y a flote. No entiendo por qué esa indiferencia del destino si ella, aunque abierta y empapada, vive y no se deja sumergir; no entiendo por qué no se oye su voz que brota de la onda que la mece y alcanza el horizonte que la limita. ¿Por qué?, ¿por qué?, ¿por qué ni una sola gaviota ni el alto albatros se detienen a escrutar su alma en pie sobre la rugosa cubierta? Sería tan amable por su parte... 











Sitio de la imagen: https://www.google.es/search?hl=es&site=imghp&tbm=isch&source=hp&biw=1366&bih=667&q=una+madera+flotando+en+el+mar&oq=una+madera+flotando+en+el+mar&gs_l=img.3...832.4965.0.5249.29.6.0.20.20.0.352.1240.1j3j0j2.6.0....0...1ac.1.64.img..3.7.1243.UQ4EKi3Wkxs#imgrc=ymLuH_KWrDh70M%3A








sábado, 23 de abril de 2016



"Del otro lado de mí, allá por detrás de donde yazgo, el silencio de la casa toca al infinito. Oigo caer el tiempo, gota a gota, y ninguna gota que cae se oye caer. [...] Paso tiempos, paso silencios, mundos sin forma pasan por mí." ('El libro del desasosiego'. FERNANDO PESSOA)









Divagaciones
II


Ya están aquí. Son esos días que se presienten a lo largo de los años, incluídos los años de la juventud porque su mirada tropieza una y otra vez con figuras vencidas deambulando por los caminos, y es así que comienza a entender, de una manera vaga y no por eso menos dolorosa, que el futuro es insoslayable. Ahora la crónica se impone. Se toma buena nota de lo que nos acontece: a tal efecto hemos inaugurado un cuaderno de campo en donde reseñamos con detalle todas las incidencias de nuestra maltratada realidad. ¿Morbosidad? ¿Flagelación? No. No en mi caso. En mi caso es como una epidérmica necesidad de banalizar la situación. Siempre he creído que la mirada ladeada desvirtuaba el destino o, al menos, lo retrasaba. Mi naturaleza tiene sus exigencias, son demasiados años quitándole importancia a los acontecimientos y la misma vida en su conjunto tampoco me ha satisfecho en demasía. En el fondo, todo me ha sido tan ajeno como un regalo que se recibe equivocadamente pero que no se está dispuesto a rechazar. 

Camino despacito. Me desplazo instante a instante, lenta y sosegadamente. No pienso demasiado, se me ha olvidado pensar con intensidad, solo avanzo mientras llevo cuidadosamente la contabilidad de mi ejercicio vital. Hay una cuenta de resultados que no quiero mirar todavía, ya habrá tiempo, no me urge enterarme de pérdidas o beneficios. De momento, cada día me trae un redescubrimiento de las cosas que me complace mucho; es como si, de pronto, la metafísica se impusiera a lo palpable (con excepción de mi cuaderno de campo) hasta el punto de desvelarme los mayores misterios del universo. No estoy triste, ni amarga, ni nada de nada, estoy aquí, como siempre, estoy en pie, escuchándome por dentro, mirándome desde afuera, sintiendo esa sensación de pertenencia a un cuerpo y, a la vez, de extrañeza. 

Duermo mucho y a veces muy poco. Tengo sueños raros en los que no me reconozco; en estos casos, a la mañana siguiente debo frotarme enérgicamente los ojos para liberar a mis párpados de la ceniza que han desprendido las sombras desconocidas. Otras veces, hay un reloj camuflado en alguna parte de mi sueño, que me hace llegar su oscuro latido con alguna intención, pero no puedo descifrarla; si, al menos, supiera dónde se esconde... Debe de ser una de las muchas trampas que el sueño nos tiende aprovechando que estamos ausentes.

Afortunadamente, llega un nuevo día y soy nueva con él. Incluso estos días que ya están aquí. Y las anotaciones que sitúo puntualmente en mi cuaderno. Y mi esquiva mirada y mi alejamiento. Todo, todo será nuevo hasta la próxima madrugada.


martes, 19 de abril de 2016



«El mundo es mi representación»: esta es la verdad que vale para todo ser viviente y cognoscente, aunque solo el hombre puede llevarla a la conciencia reflexiva abstracta: y cuando lo hace realmente, surge en él la reflexión filosófica. Entonces le resulta claro y cierto que no conoce ningún sol ni ninguna tierra, sino solamente un ojo que ve el sol, una mano que siente la tierra." ('El mundo como voluntad y representación', Artur Schopenhauer.)






Divagaciones
I

Hoy más que nunca lo he sabido. Todo lo que tengo en la cabeza es mío, producto exclusivamente de mi percepción y en esta realidad vivo. Eran las diez de la mañana, tras los ventanales veía nítidamente la ciudad. Mi ciudad azul. Estaba a mis pies, con los brazos extendidos frente al mar. La ciudad que supe mantener durante trece años intacta en mí seguía intacta afuera, era mi intuición, mi sueño, mi obra. He cerrado lo ojos unos instantes para verla, sentirla. Hoy más que nunca lo he necesitado.



domingo, 17 de abril de 2016





Cuando salimos de Rente era verano, pero poco antes de llegar a Cestona comenzó el diluvio. En Zumaya, erre que erre. Menos mal que nos refugiamos una horita en casa de nuestra anfitriona, que nos dio besitos, café y unas batitas muy cálidas para que el confort del hogar fuera más completo. Luego nos fuimos a la calle, al asador de enfrente. Fritos variados, sopita de pescado, entrecot y merluza a la plancha. A los postres y el café, seguía lloviendo, ya algo más flojito, aunque los cielos permanecían intratables. Nuestra tertulia fue de lo más animada, así que una vez afuera, todavía con los agradables humores muy vivos, nos dirigimos a la ermita de San Telmo, donde hicimos fotos y más fotos de un paisaje tan primitivo que deja sin palabras y con la cabeza gacha ante la apabullante naturaleza.

En esa costa se ha venido escribiendo la historia de la tierra. La rasa mareal entre Deva y Zumaya es la más espectacular de toda la que recorre la costa vasca de Haitzandi a Haitzabal. Son ocho kilómetros conocidos con el nombre de Acantilados de Itzurun. Son los 'facies flysch', rocas de sedimentación alternante que han sido objeto de infinidad de investigaciones y que, finalmente, quedaron entre dos hipótesis: o eran 'playas fósiles', o eran producto de las corrientes de turbidez en las zonas profundas del océano. Triunfó esta última, y ahora solo queda disfrutar de esta manifestación del Paleoceno, cuyo fantasma nos contempla desde sus 65 millones de añitos de nada.

El día terminó en un viejo hotel, hoy dedicado a la talasoterapia, que se asoma a la grandiosidad de los acantilados. Más charleta, esta vez y por influencia del milenario paisaje, sobre lo divino y lo humano. Afuera, camino del coche, volvió el diluvio. Menos mal que nuestra amiga residente había tenido otro detalle impagable: suministrarnos anoraks y paraguas, por lo que en ningún momento pasamos frío y, por supuesto, tampoco nos mojamos. Ya en la carretera, el tiempo, queriendo ponerse a la altura maternal de la zumayana, nos obsequió con un maravilloso arco iris. Vimos llover entre rayos de sol y entrevimos un cielo como de aguamarina, y entonces supimos que el día no podía haber sido más generoso.