lunes, 23 de mayo de 2016









Divagaciones VIII


    Avanzo a pasitos lentos y torpes por este camino raro que ha engullido al otro. Ahora todo es nuevo, no existen referencias fiables respecto de lo que antes era mi cotidiano devenir. Debe de ser que miro desde unos ojos también distintos. Desde el amanecer hasta que me disuelvo en mis sueños, siento que nada ha sido mío, que las cosas que han rozado mis dedos estaban frías y se alejaban de mí en cuanto las tocaba. Todavía no  me he acostumbrado a ser otra, por eso no acabo de entender que me pertenecen porque son mi bagaje vital. Tendrá que pasar un cierto tiempo antes de que asuma mi nueva identidad. Eso ocurrirá cuando esta soledad que se me ha abrazado a la espalda deje de susurrarme vacíos y me revele que soy irrepetible.
    Mirarse en el espejo cada día es duro. Me observo y no me reconozco; ya hace tiempo que lo he descubierto, y aunque sé que no he desaparecido del todo, duele enterarse de que otro ser ha desbancado a tu ser. Mi exterior también se ha modificado, y así, cuando me escruto el rostro observo con preocupación esa pátina sobrevenida. Es como una segunda piel distorsionando mis facciones hasta el punto de conseguir que una extraña me devuelva la mirada. Me inquieta y me duele. ¡Pero me dicen que no he cambiado! Naturalmente, sus ojos tampoco y por eso continúan enganchados de aquella otra; puede ser que esperasen una transformación dramática y que, al no producirse, la antigua imagen prevalezca en su mirada. Pero ya lo creo que he cambiado: nada en mí tiene que ver con la mujer que fui por fuera y por dentro.
    Toda la noche ha estado lloviendo con intensidad. Empezó ayer a media tarde tras un día sofocante; el viento del sur se encargó de propagar los rayos del sol como si fueran lenguas de fuego, y deambular por las calles resultaba francamente agotador. Por eso mismo tuve un pequeño susto, una de esas alarmas de las cuales ya me había prevenido y que, afortunadamente, no tuvo consecuencias. De todos modos, procuré ser sensata el resto del día. 
    Ahora toca descansar otro día más. Por si acaso. Aprovecharé para hacer lo que siempre he hecho: contabilidad. Esta vez, la que tiene que ver con mis asuntos más íntimos. Hay épocas en la vida que nos imponen un balance de situación si no queremos perdernos en el floclore de las impresiones. Hay que ordenarse en partidas estrictamente lógicas, que analicen estados y arrojen saldos creíbles. 
    Frida Khalo me servirá de modelo:


No reniego de mi naturaleza,
no reniego de mis elecciones,
de todos modos he sido afortunada.
Muchas veces en el dolor se encuentran los placeres más profundos,
la felicidad más certera.
Tan absurdo y fugaz es nuestro paso por el mundo,
que solo me deja tranquila el saber que he sido auténtica,
que he logrado ser lo más parecido a mí misma
que he podido.





miércoles, 11 de mayo de 2016










Divagaciones VII


Cansancio. Cena frugal. Pienso en una cama de buen colchón y frescas sábanas que me está llamando a gritos desde el fondo del pasillo, en la que empezaré a leer (una vez más) esa rara novela de la Woolf. He dicho novela, debí decir poema. O, más precisamente, largo y magnífico poema en prosa. Su belleza y su tristeza son insondables; y creo, como todos sus críticos, que 'Las olas' debió ser la última de sus obras y no la póstuma 'Between the Acts', porque en ella se hallan todas y cada una de las razones que muy bien pudieran explicar el trágico final de esta autora.

En este premonitorio fragmento habla Rhoda, es decir, Virginia Woolf:

"Abajo se extienden las luces de las barcas de pesca. Las rocas se desvanecen. Innumerables y pequeñas olas grises se extienden delante de nosotros. Ya no toco nada; no veo nada. Podríamos caer y reposar sobre las olas. El mar golpeará en mis oídos. Los pétalos blancos se obscurecerán al contacto del agua marina. Flotarán por un instante y después se hundirán. Seré arrollada por una ola. Otra me llevará sobre sus hombros. Todo se derrumba en una catarata gigantesca en la que me siento disolver."




sábado, 7 de mayo de 2016






"L´élève Hamlet: Bien, monsieur. (Il conjugue:) | Je suis ou je ne suis pas | Tu es ou tu n'es pas | Il est ou il n'est pas | Nous sommes ou nous ne sommes pas..." (L'Accent grave. JACQUES PRÉVERT)








Divagaciones
VI


Hace calor. La luz está subiendo de tono y todo lo tiñe de oro. Me gustan estos avances del verano, le vienen bien a mi cuerpo debilitado. No me duele nada, si acaso esta forzada lentitud que hoy caracteriza mis movimientos. Y el cansancio. También me duele este cansancio que, aunque no demasiado pronunciado, me obliga a detenerme en medio de cualquier actividad por floja que esta sea. 

Me despierto como de costumbre, muy temprano, mucho antes de que cualquier atisbo de luz se haya dibujado en el cielo. A veces salgo a la ventana y lo escruto recordando aquel otro mediterráneo que se encendía mucho antes que yo, porque siempre me tomó la delantera. Hacia las seis, ya tenía rubores en su piel, y el mar, debajo, era otra piel sobre la que llovían las chispas de su color naciente. Amanecía y yo estaba allí. 

Ahora estoy aquí, en mi casa, o eso creo. (El verbo creer en su sentido dubitativo.) 'To be or not to be'... De pronto me acuerdo de mi gran amigo Prévert, de su poema 'L'accent grave', cuyo protagonista, el excesivo (en todo) Hamlet, experimentaba los mismos problemas que tengo yo ahora para conjugar el verbo estar. 





miércoles, 4 de mayo de 2016


EL INFINITO
Canto XII

Amé siempre esta colina,
y el cerco que me impide ver
más allá del horizonte.
Mirando a lo lejos los espacios ilimitados,
los sobrehumanos silencios y su profunda quietud,
me encuentro con mis pensamientos,
y mi corazón no se asusta.
Escucho los silbidos del viento sobre los campos,
y en medio del infinito silencio tanteo mi voz;
me subyuga lo eterno, las estaciones muertas,
la realidad presente y todos sus sonidos
Así, a través de esta inmensidad se ahoga mi pensamiento,
y naufrago dulcemente en este mar.

GIACOMO LEOPARDI








Divagaciones



A veces yo también tanteo mi voz. Me sopeso en el espacio, pero apenas me reconozco. De todas formas, a estas alturas de la vida pienso que este pequeño asunto de no saber a quién pertenecen los apagados sonidos que salen de mi boca tampoco es tan importante. Hay que entenderlo. Puede que me haya mimetizado tanto con el silente paisaje que ya resulte imposible arrancarle ningún eco. ¿A qué esforzarse en desbaratar la realidad? Si en mi entorno todo calla, ¿quién soy yo para rasgar el silencio? Me dejo llevar, es decir, naufrago a mi manera entre las cosas. No soy Leopardi. 

Leopardi en su 'Infinito' es un ser extraordinario emergido de su mísera condición humana, que entiende plenamente el misterio de la vida hasta el punto de reunirse consigo mismo en la inmensidad. A mí todo eso me intimida y hasta me da pereza. Prefiero el naufragio por otras causas. Por ejemplo, la bovina aceptación de la realidad. Más allá del horizonte no me tienta nada; la curiosidad se me murió hace unos meses y ahora solo pienso que no debo pensar. Para no saber, para no sufrir.

La contemplación de la eternidad se me antoja un trabajo durísimo en estos momentos.













jueves, 28 de abril de 2016


"Alzo la voz. El aire es su destino. | (También se quedará la voz en nada.) | Recuerdos del tamaño del rocío... | Olvidadas memorias de mañana... | Buceo en el instante removido | y mis manos se llenan de palabras." (Poeta. MANUEL ALCÁNTARA)





Divagaciones
IV

Nunca pensé que un tiempo tan silencioso podría llegar a tocarme. Las cosas que me rodean callan, ni siquiera el viento tiene voz. Si acaso, a veces me parece escuchar el susurro del mar, allí, a lo lejos, pero tal vez es una ilusión; seguramente un eco de la nada; un fantasma en mi cerebro, como tantos otros.
Vivo derrotando fantasmas. A manotazos los espanto de mi lado, y luego disimulo y miro para otro lado: me escapo a toda prisa del engaño que yo misma creo para quitarle importancia a tanta ausencia.
He comenzado a soñar con todos los veranos de mi infancia. Vienen juntos, estrechadas sus manos, dorados y sonrientes trepan por mi almohada y se me acomodan como gatitos ronroneantes entre los brazos. Entonces siento las manos de mi madre en mis cabellos, su aliento en mi rostro, su corazón aplacando este soslayado dolor en que me he convertido.
Hace unos días escribí un corto poema. Soy malísima, porque no consigo someterme a la dictadura de ritmos y medidas. Luego lo desbaraté, convirtiéndolo en lo mío, en prosa poética, todo a mi aire, todo en el aire, todo volandero y libre. Pero tampoco me gustó, así que recurrí al genio de Manuel Alcántara. Él me ha prestado un tema para hoy y en aras de su 'Poeta' he comenzado a desgranar estas Divagaciones. (Aunque sé que"También se quedará mi voz en nada.")