jueves, 18 de junio de 2015



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       Tarde de junio con muy escasa luz




La tormenta lejana me ha descendido el cielo
hasta un nivel fraterno;
siento los labios secos, húmeda la memoria,
                                                                      penetrante
el abombado eco del recuerdo, casi como esa puerta
que golpea la tarde,
que sirve de compás a una naciente angustia desperezada en gris.
Y porque llegas tú me agito y me incorporo
cercano a Henry Rousseau,
                                           hay un espejo que no quiero mirar, donde reluce
toda mi hipocresía.
Me acerco a la ventana donde tiemblan las hojas dulciamargas de los tilos,
crujientes de belleza
y de malignidad,
y aquí estás,
                    aquí estás...
apenas me arriesgo a darme vuelta;
resuenan las primeras falanges de la lluvia, me vuelvo a ti,
                                                                                            me vuelvo
con un dolor terrible,
y no me dices nada, pero veo
tus pupilas de cobre, y la boca entreabierta y las pequeñas grietas
(diminutas heridas abiertas por mis besos,
por el diente
profanador y cruel),
y el nido de tus pechos que me llama, me cerca, me pide
que recline la cabeza,
la voluntad,
el miedo,
la cabeza apoyada en los calientes frutos de tu carne.
La tormenta descuelga sus pinturas,
rasga el cielo harapiento
y hace girar la médula quejosa de los goznes;
no puedo más y grito: ¡no quiero que te vayas...!
y te rodeo, entera, con mis brazos.
Pero tú no eres nada, solamente vacío;
abro la palma ansiosa, sólo queda
el polvo pegajoso de los desvanes ya deshabitados.
¿Qué me empuja a gritar,
y qué me obliga a resguardarme el rostro entre las manos...?
Un calambre de luz sacude el cielo frío,
suena un reloj,
                        el Sur,
las lóbregas tarimas.
Y el trueno en una inmensa, poderosa y rugiente carcajada.




De: Largo regreso a Ítaca y otros poemas

jorge g. aranguren







jueves, 11 de junio de 2015







Y luego, afuera,
en el diáfano suceder de las cosas apagadas,
camino sin pensar en el camino,
sólo el paso cansino de las sombras
me traslada. Voy
por un espacio que regresa
del bullicio de todas las miradas. Voy
a ciegas, oscilando entre la noche
y la invisible playa.

En silencio.
      En soledad.
             Despaciosamente.

Me detengo a contemplar el ojo sucio de la luna.
Me oigo recordar.
No.
Noy soy yo, es el mar.


martes, 24 de marzo de 2015



Accidente en Los Alpes de un Airbus que volaba de Barcelona a Düsseldorf

Entre las 150 personas que viajaban en el avión siniestrado, 45 tienen apellido español


http://politica.elpais.com/politica/2015/03/24/actualidad/1427193661_204978.html





lunes, 9 de marzo de 2015

Esta mañana he tenido un agradabilísimo encuentro con José Luis Insausti Urigoitia. Debo decir que es él quien me ha reconocido inmediatamente al entrar en el Bar Juli, puesto que yo, entre el despiste genético que me conforma y el desajuste geográfico de doce años que acarreo, no suelo andar muy fina con las figuras de mis paisajes anteriores. Un café y una larga charla sobre mis circunstancias y las suyas, las personales y las que durante años nos han reunido como colaboradores de la Oarso, nos ha dejado perfectamente al día. 

¿Y quién es José Luis Insausti Urigoitia? Pues, al margen de su popularidad absoluta en Errenteria -y considerable en otros lugares interesados por nuestra cultura- hecho este que reconoce fundamentalmente su labor en el campo de la cultura, es ante todo y sobre todo uno de esos seres que nacen para amar profundamente cuanto les rodea. Mientras me hablaba de su trabajo a lo largo de los años, yo observaba disimuladamente el chispear de sus ojos y la emoción que le afloraba en el rostro. Es un hombre que vive entregado a su pueblo, y se lo hace saber minuto a minuto. Como tantos y tantos renterianos, le he seguido en su afán de arrebatarle al olvido el tesoro de nuestra reciente historia tan repleta de historias de las que nuestros abuelos y padres y nosotros mismos fuimos los protagonistas. Lo que tuvimos en aquel tiempo -que hoy recordamos en blanco y negro, porque la fotografía aún iban a tardar en colorearnos la vida- es un patrimonio que nunca debería perderse. Sé que él no lo permitirá mientras aliente. 

Pudiera parecer que un hombre dedicado al buceo en el pasado se halla tocado por la nostalgia. Nada más lejos de la realidad. No hay rastro alguno de nostalgia en sus escritos, al menos yo no lo percibo; en cambio, siento en esta su ininterrumpida reanimación de lo vivido el orgullo de haber habitado una época en que todo era más difícil, más arduo; una época en que las heridas de una guerra que, si bien no nos alcanzó a los niños, sí pudimos intuir en la mirada de nuestros mayores, permanecían abiertas, imperecederas. De eso se trata precisamente en sus artículos y en sus libros. De no olvidar lo que fuimos ni las cosas que nos hicieron lo que somos.

Nuestra cultura puede estarle muy agradecida a este hombre que hoy, además, se está volcando, junto con un grupo de personas tan esforzadas y valientes como él, en otra gran empresa: la rehabilitación y conservación de la Basílica de la Magdalena. O lo que es lo mismo, la vida después de una agonía inexplicable. "Y es basílica, no ermita", me ha recordado José Luis ya a punto de despedirnos en la esquina de la Viteri txiki. 

Cuando volvía para mi nueva casa, no dejaba de pensar en la conversación que había mantenido con este hombre admirable. Al llegar a la esquina que en mi infancia se llamó 'Callejón Morronguilleta', algo en mi interior se ha conmovido, porque me he recordado en aquella angostura húmeda e impracticable, corriendo junto a otros niños y niñas, gritando y riendo, riendo como únicamente pueden reírse los inocentes, feliz sin saber por qué, feliz porque sí. En ese momento he comprendido todavía mejor a mi amigo José Luis Insausti Urigoitia. 



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Documentación:

http://www.errenteria.net/es/ficheros/40_14955es.pdf
http://www.errenteria.net/es/ficheros/40_17080es.pdf