jueves, 28 de agosto de 2014




Es la guerra santa, idiotas

Pinchos morunos y cerveza. A la sombra de la antigua muralla de Melilla, mi interlocutor -treinta años de cómplice amistad- se recuesta en la silla y sonríe, amargo. «No se dan cuenta, esos idiotas -dice-. Es una guerra, y estamos metidos en ella. Es la tercera guerra mundial, y no se dan cuenta». Mi amigo sabe de qué habla, pues desde hace mucho es soldado en esa guerra. Soldado anónimo, sin uniforme. De los que a menudo tuvieron que dormir con una pistola debajo de la almohada. «Es una guerra -insiste metiendo el bigote en la espuma de la cerveza-. Y la estamos perdiendo por nuestra estupidez. Sonriendo al enemigo».
Mientras escucho, pienso en el enemigo. Y no necesito forzar la imaginación, pues durante parte de mi vida habité ese territorio. Costumbres, métodos, manera de ejercer la violencia. Todo me es familiar. Todo se repite, como se repite la Historia desde los tiempos de los turcos, Constantinopla y las Cruzadas. Incluso desde las Termópilas. Como se repitió en aquel Irán, donde los incautos de allí y los imbéciles de aquí aplaudían la caída del Sha y la llegada del libertador Jomeini y sus ayatollás. Como se repitió en el babeo indiscriminado ante las diversas primaveras árabes, que al final -sorpresa para los idiotas profesionales- resultaron ser preludios de muy negros inviernos. Inviernos que son de esperar, por otra parte, cuando las palabras libertad y democracia, conceptos occidentales que nuestra ignorancia nos hace creer exportables en frío, por las buenas, fiadas a la bondad del corazón humano, acaban siendo administradas por curas, imanes, sacerdotes o como queramos llamarlos, fanáticos con turbante o sin él, que tarde o temprano hacen verdad de nuevo, entre sus también fanáticos feligreses, lo que escribió el barón Holbach en el siglo XVIII: «Cuando los hombres creen no temer más que a su dios, no se detienen en general ante nada».
Porque es la Yihad, idiotas. Es la guerra santa. Lo sabe mi amigo en Melilla, lo sé yo en mi pequeña parcela de experiencia personal, lo sabe el que haya estado allí. Lo sabe quien haya leído Historia, o sea capaz de encarar los periódicos y la tele con lucidez. Lo sabe quien busque en Internet los miles de vídeos y fotografías de ejecuciones, de cabezas cortadas, de críos mostrando sonrientes a los degollados por sus padres, de mujeres y niños violados por infieles al Islam, de adúlteras lapidadas -cómo callan en eso las ultrafeministas, tan sensibles para otras chorradas-, de criminales cortando cuellos en vivo mientras gritan «Alá Ajbar» y docenas de espectadores lo graban con sus putos teléfonos móviles. Lo sabe quien lea las pancartas que un niño musulmán -no en Iraq, sino en Australia- exhibe con el texto: «Degollad a quien insulte al Profeta». Lo sabe quien vea la pancarta exhibida por un joven estudiante musulmán -no en Damasco, sino en Londres- donde advierte: «Usaremos vuestra democracia para destruir vuestra democracia».
A Occidente, a Europa, le costó siglos de sufrimiento alcanzar la libertad de la que hoy goza. Poder ser adúltera sin que te lapiden, o blasfemar sin que te quemen o que te cuelguen de una grúa. Ponerte falda corta sin que te llamen puta. Gozamos las ventajas de esa lucha, ganada tras muchos combates contra nuestros propios fanatismos, en la que demasiada gente buena perdió la vida: combates que Occidente libró cuando era joven y aún tenía fe. Pero ahora los jóvenes son otros: el niño de la pancarta, el cortador de cabezas, el fanático dispuesto a llevarse por delante a treinta infieles e ir al Paraíso. En términos históricos, ellos son los nuevos bárbaros. Europa, donde nació la libertad, es vieja, demagoga y cobarde; mientras que el Islam radical es joven, valiente, y tiene hambre, desesperación, y los cojones, ellos y ellas, muy puestos en su sitio. Dar mala imagen en Youtube les importa un rábano: al contrario, es otra arma en su guerra. Trabajan con su dios en una mano y el terror en la otra, para su propia clientela. Para un Islam que podría ser pacífico y liberal, que a menudo lo desea, pero que nunca puede lograrlo del todo, atrapado en sus propias contradicciones socioteológicas. Creer que eso se soluciona negociando o mirando a otra parte, es mucho más que una inmensa gilipollez. Es un suicidio. Vean Internet, insisto, y díganme qué diablos vamos a negociar. Y con quién. Es una guerra, y no hay otra que afrontarla. Asumirla sin complejos. Porque el frente de combate no está sólo allí, al otro lado del televisor, sino también aquí. En el corazón mismo de Roma. Porque -creo que lo escribí hace tiempo, aunque igual no fui yo- es contradictorio, peligroso, y hasta imposible, disfrutar de las ventajas de ser romano y al mismo tiempo aplaudir a los bárbaros.

Arturo Pérez-Reverte
Sitio: http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/arturo-perez-reverte/20140831/guerra-santa-idiotas-7566.html


viernes, 25 de julio de 2014




TARDE DE JUNIO CON MUY ESCASA LUZ


La tormenta lejana me ha descendido el cielo
hasta un nivel fraterno;
siento los labios secos, húmeda la memoria,
                                                                        penetrante
el abombado eco del recuerdo, casi como esa puerta
que golpea la tarde,
que sirve de compás a una naciente angustia desperezada en gris.
Y porque llegas tú me agito y me incorporo
cercano a Henri Rousseau,
                                            hay un espejo que no quiero mirar, donde reluce
toda mi hipocresia.
Me acerco a la ventana donde tiemblan las hojas dulciamargas de los tilos,
crujientes de belleza
y de malignidad,
y aquí estás,
                     aquí estás...
apenas me arriesgo a darme vuelta;
resuenan las primeras falanges de la lluvia, me vuelvo a ti,
                                                                                               me vuelvo
con un dolor terrible,
y no me dices nada, pero veo
tus pupilas de cobre, y la boca entreabierta y las pequeñas grietas
(diminutas heridas abiertas por mis besos,
por el diente
profanador y cruel),
y el nido de tus pechos que me llama, me cerca, me pide que recline la cabeza,
la voluntad,
el miedo,
la cabeza apoyada en los calientes frutos de tu carne.
La tormenta descuelga sus pinturas,
rasga el cielo harapiento
y hace girar la médula quejosa de los goznes;
no puedo más y grito: ¡no quiero que te vayas...!
y te rodeo, entera, con mis brazos.
Pero tú no eres nada, solamente vacío;
abro la palma ansiosa, sólo queda
el polvo pegajoso de los desvanes ya deshabitados.
¿Qué me empuja a gritar,
y qué me obliga a resguardarme el rostro entre las manos...?
Un calambre de luz sacude el cielo frío,
suena un reloj,
                         el Sur,
las lóbregas tarimas.
Y el trueno en una inmensa, poderosa y rugiente carcajada.


De Largo regreso a Ítaca y otros poemas







jorge g. aranguren








miércoles, 23 de julio de 2014





Leí este ensayo hace unos meses y me gustó tanto que decidí darle otra lectura, si fuera posible más pausada, más biológica. Deseaba interiorizar pasajes esenciales, escenarios en los que yo misma me había movido y que ahora tenía más o menos olvidados. Cuando se vive lo que mi generación ha vivido, resulta muy conveniente no perder el hilo de la historia. Fuimos medio idiotas hasta bien entrada la juventud y nos despertó el escalofriante estertor de un régimen que agonizaba a toda velocidad. A toda velocidad nos incorporamos a un mundo que se venía abajo. A toda velocidad, teníamos una prisa feroz y casi cualquier cosa nos servía con tal de aplastar a la bestia que poco antes ni siquiera conocíamos. No sé si lo hicimos bien o lo hicimos mal, supongo que nuestro analfabetismo político tuvo mucho que ver en los caminos que elegimos para ser libres, y no esgrimo como escusa este hecho probado, al contrario, expongo una realidad que tal vez hoy explique muchas de las lacras que estamos padeciendo. 

Antonio Muñoz Molina hace una exposición certera de todos los acontecimientos que tras el confortable fallecimiento en la cama de la dictadura franquista nos han llevado a un deterioro masivo en todos los órdenes sociales. Creimos acabar con la corrupción y no hemos hecho otra cosa que acrecentarla. ¿El sistema ha fagocitado nuestras ilusiones? No lo creo. Los sistemas son todos iguales. Un sistema funciona con dinero, cualquier sistema, ése no es el problema, lo venimos constatando siglo tras siglo. El problema somos nosotros. Una y otra vez nosotros. El último párrafo del ensayo me gusta especialmente porque en él se atisba una esperanza nada incorpórea. Una esperanza de salir adelante siempre y cuando dejemos en la cuneta a los que nos han metido en este negro agujero y a los alevines de viejas-nuevas dictaduras de variopinto corte. 

Ha terminado el simulacro. Que la clase política española quiera seguir viviendo en él es una estafa que ya no podemos permitirles, que no podemos permitirnos. Tenemos un país a medias desarrollado y a medias devastado, sumido en el hábito de la discordia, cargado de deudas, con una administración hipertrofiada y politizada, sin el pulso cívico necesario para emprender grandes proyectos comunes. También tenemos infinitamente más personas capaces  y más y mejores medios de los que teníamos hace veinte o treinta años. Hemos mirado con demasiada tolerancia o demasiado distraídamente la incompetencia y la corrupción. Pero también nos hemos dotado, aquí y allá, de logros extraordinarios, escuelas y hospitales muchas veces magníficos, empresas que en medio de la crisis siguen creando trabajo y riqueza, instituciones científicas y culturales que han salido adelante a pesar de todos los pesares y ahora de pronto están en peligro. Hay que fijarse en lo que se ha hecho bien y en quienes lo han hecho bien para tomar ejemplo. No tendremos disculpa si hacemos todos lo poco o lo mucho que está en nuestras manos, en las de cada uno, para que no se pierda lo que tanto ha costado construir, para asegurar a nuestros hijos un porvenir habitable, si no los alentamos y los adiestramos para que lo defiendas. Ya no nos queda más remedio que empeñarnos en ver las cosas tal como son, a la sobria luz de lo real. Después de tantas alucinaciones, quizás sólo ahora hemos llegado o deberíamos haber llegado a la edad de la razón.





viernes, 11 de julio de 2014




Madrugar te recuerda qué eres en realidad, a qué estás conectada y cómo vas a moverte por "este gran dormitorio", como llama un texto taoísta al universo, en donde, según Cioran, "la única forma de lucidez es la pesadilla". Te gustará más o menos, incluso podrías rechazar de plano uno de esos conceptos, los dos incluso, y, sin embargo, cuando te escuchas por dentro, comprendes inmediatamente que las cosas no descansan aunque duerman, únicamente sueñan enfebrecidas hasta que un día cualquiera, sin haber resuelto el gran misterio de su llegada, ni entender cómo han sobrevivido a tanta incertidumbre, otro sueño, no por esperado menos sorprendente, las devuelve a su estado primitivo. Tú serás de nuevo mónada vagando indefinidamente, inextensa e indivisible; sin asiento, sin descanso, volverás a la materia espiritual que no se percibe como tal, al logo analfabeto, al logo inútil. Y en el aire sin estrenar de la mañana te preguntas, con un poso de amargura, de qué te habrá servido tener ojos y boca. Sabes que en una bruma fría algo cristalizó de pronto y nació tu conciencia refleja. Sabes que durará tan poco, que será tan efímero el fogonazo, que apenas tendrás tiempo de sentir agradecimiento o rabia. 

Todo amanecer es una comunión con el universo. Es el único momento del día en que la vida te abraza y te consuela.





miércoles, 4 de junio de 2014





Elle était si belle que personne, ni femmes ni hommes, résistait à son glamour. Elle était aussi la femme de Jonny Holliday. Elle l'avait tout et, néanmoins... La voilà maintenant. Aujourd´hui, elle reste belle, elle continue à chanter comme les anges et je l'écoute de temps en temps, du moins chaque fois que la nostalgie ne m'attrape.