martes, 24 de marzo de 2015



Accidente en Los Alpes de un Airbus que volaba de Barcelona a Düsseldorf

Entre las 150 personas que viajaban en el avión siniestrado, 45 tienen apellido español


http://politica.elpais.com/politica/2015/03/24/actualidad/1427193661_204978.html





lunes, 9 de marzo de 2015

Esta mañana he tenido un agradabilísimo encuentro con José Luis Insausti Urigoitia. Debo decir que es él quien me ha reconocido inmediatamente al entrar en el Bar Juli, puesto que yo, entre el despiste genético que me conforma y el desajuste geográfico de doce años que acarreo, no suelo andar muy fina con las figuras de mis paisajes anteriores. Un café y una larga charla sobre mis circunstancias y las suyas, las personales y las que durante años nos han reunido como colaboradores de la Oarso, nos ha dejado perfectamente al día. 

¿Y quién es José Luis Insausti Urigoitia? Pues, al margen de su popularidad absoluta en Errenteria -y considerable en otros lugares interesados por nuestra cultura- hecho este que reconoce fundamentalmente su labor en el campo de la cultura, es ante todo y sobre todo uno de esos seres que nacen para amar profundamente cuanto les rodea. Mientras me hablaba de su trabajo a lo largo de los años, yo observaba disimuladamente el chispear de sus ojos y la emoción que le afloraba en el rostro. Es un hombre que vive entregado a su pueblo, y se lo hace saber minuto a minuto. Como tantos y tantos renterianos, le he seguido en su afán de arrebatarle al olvido el tesoro de nuestra reciente historia tan repleta de historias de las que nuestros abuelos y padres y nosotros mismos fuimos los protagonistas. Lo que tuvimos en aquel tiempo -que hoy recordamos en blanco y negro, porque la fotografía aún iban a tardar en colorearnos la vida- es un patrimonio que nunca debería perderse. Sé que él no lo permitirá mientras aliente. 

Pudiera parecer que un hombre dedicado al buceo en el pasado se halla tocado por la nostalgia. Nada más lejos de la realidad. No hay rastro alguno de nostalgia en sus escritos, al menos yo no lo percibo; en cambio, siento en esta su ininterrumpida reanimación de lo vivido el orgullo de haber habitado una época en que todo era más difícil, más arduo; una época en que las heridas de una guerra que, si bien no nos alcanzó a los niños, sí pudimos intuir en la mirada de nuestros mayores, permanecían abiertas, imperecederas. De eso se trata precisamente en sus artículos y en sus libros. De no olvidar lo que fuimos ni las cosas que nos hicieron lo que somos.

Nuestra cultura puede estarle muy agradecida a este hombre que hoy, además, se está volcando, junto con un grupo de personas tan esforzadas y valientes como él, en otra gran empresa: la rehabilitación y conservación de la Basílica de la Magdalena. O lo que es lo mismo, la vida después de una agonía inexplicable. "Y es basílica, no ermita", me ha recordado José Luis ya a punto de despedirnos en la esquina de la Viteri txiki. 

Cuando volvía para mi nueva casa, no dejaba de pensar en la conversación que había mantenido con este hombre admirable. Al llegar a la esquina que en mi infancia se llamó 'Callejón Morronguilleta', algo en mi interior se ha conmovido, porque me he recordado en aquella angostura húmeda e impracticable, corriendo junto a otros niños y niñas, gritando y riendo, riendo como únicamente pueden reírse los inocentes, feliz sin saber por qué, feliz porque sí. En ese momento he comprendido todavía mejor a mi amigo José Luis Insausti Urigoitia. 



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Documentación:

http://www.errenteria.net/es/ficheros/40_14955es.pdf
http://www.errenteria.net/es/ficheros/40_17080es.pdf


miércoles, 18 de febrero de 2015

Petite Tristesse ( Andre Gagnon ) A 24







    CONTRA JAIME GIL DE BIEDMA

¿De qué sirve, quisiera yo saber, cambiar de piso,
dejar atrás un sótano más negro
que mi reputación —y ya es decir—,
poner visillos blancos
y tomar criada,
renunciar a la vida de bohemio,
si vienes luego tú, pelmazo,
embarazoso huésped, memo vestido con mis trajes,
zángano de colmena, inútil, cacaseno,
con tus manos lavadas,
a comer en mi plato y a ensuciar la casa?

Te acompañan las barras de los bares
últimos de la noche, los chulos, las floristas,
las calles muertas de la madrugada
y los ascensores de luz amarilla
cuando llegas, borracho,
y te paras a verte en el espejo
la cara destruida,
con ojos todavía violentos
que no quieres cerrar. Y si te increpo,
te ríes, me recuerdas el pasado
y dices que envejezco.

Podría recordarte que ya no tienes gracia.
Que tu estilo casual y que tu desenfado
resultan truculentos
cuando se tienen más de treinta años,
y que tu encantadora
sonrisa de muchacho soñoliento
—seguro de gustar— es un resto penoso,
un intento patético.
Mientras que tú me miras con tus ojos
de verdadero huérfano, y me lloras
y me prometes ya no hacerlo.

¡Si no fueses tan puta!
Y si yo supiese, hace ya tiempo,
que tú eres fuerte cuando yo soy débil
y que eres débil cuando me enfurezco...
De tus regresos guardo una impresión confusa
de pánico, de pena y descontento,
y la desesperanza
y la impaciencia y el resentimiento
de volver a sufrir, otra vez más,
la humillación imperdonable
de la excesiva intimidad.

A duras penas te llevaré a la cama,
como quien va al infierno
para dormir contigo.
Muriendo a cada paso de impotencia,
tropezando con muebles
a tientas, cruzaremos el piso
torpemente abrazados, vacilando
de alcohol y de sollozos reprimidos.
¡Oh innoble servidumbre de amar seres humanos,
y la más innoble
que es amarse a sí mismo!




sábado, 7 de febrero de 2015

Paseo por mi pueblo y voy descubriéndome poco a poco en las cosas y en las gentes. Sé que se acerca el momento en que esa broma que solía gastarme ya desde finales de octubre -broma que, como casi todas las mías, suele ser el preludio de una verdad ineluctable- se haga realidad: que me parecerá no haberme ido nunca. Con esto no quiero decir que se borren de mi cabeza esos doce años y medio que viví en el sol, pegadita a ese amigo azul que, en los atardeceres del verano,  se volvía de un rosa nacarado; rara vez perdía la sonrisa y supo transmitirme la paz perfecta en que viven los que se entienden solamente con la mirada. Hubo mucha soledad, mucha, toda la que puede caber en el alma cuando el alma está anegada en ausencias; sin embargo siempre me resultó muy fácil de ahuyentar el vacío: me bastaba con acercarme a él y acompasar su respiración  a la mía. Sí, sí, exactamente así. Apoderarme amorosamente de él, como un hijo se apodera de sus padres. Y ya está. Eso era todo. Nada menos. Hacerle entrar y que me permitiera sentir el culebreo de su pequeñas olas por mi piel. En esos años bajé casi todos los días a la playa. Me gustaba hacerlo en las primeras horas del día, jamás como en esos momentos podíamos entendernos mejor, los dos enteros, sin que nada nos hubiera tocado aún, limpios de miradas ajenas, puros y todavía con ese rocío de la madrugada haciendo centellear nuestras pupilas. (La tuya delicada y espléndida, inmensa y profunda; la mía tan mínima y humilde, tan desprotegida en medio de la creación. Tú eras grande y hermoso; yo, la criatura errática y triste que te buscaba para perderme en ti.)

Hoy me he recorrido el Rentería más intramuros. Gran parte de lo que he visto ya no era tan nuevo cuando me fui, todo había recrecido ya entonces sobre el pasado de otras piedras; también en aquellos años previos a mi partida recuerdo haber buscado con un amago de angustia mi infancia y primera juventud, claro, ¿qué otra cosa?, todavía no eran muy caudalosas mi pérdidas, o así lo pensaba, sin encontrar sus ecos más allá de mi cabeza. Hoy me he buscado completamente. Pero con serenidad, con la mansedumbre de una ola que llega delgada y lánguida sobre la arena, sabiendo de antemano que de las que le han precedido no queda nada, ni un rumor, ni el más mínimo rastro, nada, absolutamente nada. He sido como el Hamlet de Mallarmé que lee en el libro de sí mismo mientras se pasea resignadamente por su ciudad. Es una incapacidad asumida la que llevo encima y no, ni siquiera lo intentaré -como aconsejaba Hugo-, arrancarme de mi costado. Soy la que soy y si me busco todavía es porque está en mi naturaleza, no puedo evitarlo, me resulta tan natural como respirar. Resignación ante ese muro que el tiempo me planta delante. Paseos teñidos de una cierta nostalgia. Recuerdos descoloridos. No cristalizar en ninguna circunstancia, ni pasada ni futura. Viento, dejarse acariciar por el viento es lo que cuenta, lo que da vigor a los tejidos. Las calles, las esquinas, los rostros que te miran y te sonríen son, si no son de ahora mismo, fantasmas surgidos del misterio, muertes antiguas que vuelven de la noche sempiterna; no hay que concederles otra importancia.

Me encuentro muy a gusto entre mis muertos y mis vivos. Todo está lejos y todo se acerca. Está bien así. No hay duda de que lo que queda de mí sabe cómo sacarle partido a su realidad. Porque irreales sólo son los sueños, la realidad, en cambio, es algo que hacemos a cada instante si así lo quiere esta coalición de lo desvanecido y de lo superviviente que se da en nosotros, y entonces el pasado y el futuro pasan a ser meros conceptos, ideas, vapor, nada. Cuenta lo que hacemos con el presente. Más allá de sus ventanales no hay paisaje visible. Somos libres entre cuatro paredes. La vida no tiene otra geometría. Ser o no ser es la cuadriculada cuestión. 





lunes, 12 de enero de 2015




De plaines en forêts de vallons en collines
Du printemps qui va naître à tes mortes saisons
De ce que j'ai vécu à ce que j'imagine
Je n'en finirais pas d'écrire ta chanson, ma France

Au grand soleil d'été qui courbe la Provence
Des genêts de Bretagne aux bruyères d'Ardèche
Quelque chose dans l'air a cette transparence
Et ce goût du bonheur qui rend ma lèvre sèche, ma France


Cet air de liberté au-delà des frontières
Aux peuples étrangers qui donnaient le vertige
Et don't vous usurpez aujourd'hui le prestige
Elle répond toujours du nom de Robespierre, ma France

Celle du vieil Hugo tonnant de son exil
Des enfants de cinq ans travaillant dans les mines
Celle qui construisit de ses mains vos usines
Celle don't monsieur Thiers a dit qu'on la fusille, ma France

Picasso tient le monde au bout de sa palette
Des lèvres d'Éluard s'envolent des colombes
Ils n'en finissent pas tes artistes prophètes
De dire qu'il est temps que le malheur succombe, ma France

Leurs voix se multiplient à n'en plus faire qu'une
Celle qui paie toujours vos crimes vos erreurs
En remplissant l'histoire et ses fosses communes
Que je chante à jamais celle des travailleurs, ma France

Celle qui ne possède en or que ses nuits blanches
Pour la lutte obstinée de ce temps quotidien
Du journal que l'on vend le matin d'un dimanche
A l'affiche qu'on colle au mur du lendemain, ma France

Qu'elle monte des mines descende des collines
Celle qui chante en moi la belle la rebelle
Elle tient l'avenir, serré dans ses mains fines
Celle de trente-six à soixante-huit chandelles, ma France.


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Ma France, mon pays père de ma culture et sujet de mes amours, ma France que j'admire et défendrai des barbares, ma France, mon pays à moi, je serai avec toi au-dessus de tout.